domingo 11 de enero de 2009 - 10:00 AM

Escapando a un silencioso y envolvente operativo

'La primera vez que nos vimos obligados a desmontar apresuradamente un gran campamento qued ó grabada en mi memoria en sus más nimios detalles.

Las fuerzas del Ejército habían puesto en marcha una gran operación contra el campamento central y nosotros nos percatamos cuando la acción estaba en una fase bastante avanzada.

El Ejército acantonado en Tarazá, Antioquia, con avanzados equipos para rastrear comunicaciones, había descubierto que en algún lugar de la región existía un centro de comunicaciones que recibía y emitía un impresionante volumen de mensajes.

La conclusión era simple: un importante puesto de mando debía de estar cerca. Se dieron a la tarea de ubicar el lugar de las comunicaciones y muy rápido lo lograron. Se percataron también -no se sabe cómo- de que el punto exacto donde estaba el equipo de comunicaciones no coincidía con aquel donde estaba instalado el mando.

Antonio García había tenido la precaución de colocar el centro de las comunicaciones en un cerro un poco distante del campamento central. Allí se recibían los mensajes que todos los frentes guerrilleros y estructuras urbanas enviaban a través de radios de onda corta.

Desde ese punto se retransmitía al campamento del Comando Central mediante pequeños radios de FM cuyas ondas eran más difíciles de interceptar desde la distancia. Fue eso, quizás, lo que nos salvó. Porque el Ejército al percibir que debía atacar dos objetivos de manera simultánea tuvo que dispersar sus fuerzas y agrandar el cerco convocando incluso a unidades de Segovia y Remedios.

Nos dimos cuenta del silencioso y envolvente operativo que se estaba desarrollando por un campesino que llegó hasta una de las comisiones que orientaba Marta (su compañera) para informar que la tropa estaba entrando sigilosamente en el área. La alerta rápida permitió que las demás comisiones del grupo de apoyo y los frentes guerrilleros cercanos reaccionaran. En pocas horas se confirmó que en efecto avanzaba un enorme dispositivo militar en toda la región.

La aproximación del Ejército hacia nuestro campamento tardó ocho días después de la voz de alerta. En esa época el esfuerzo del Ejército se hacía por tierra, en jornadas de fatiga, afrontando hostigamientos permanentes.

Gabino se puso al frente del desmonte del campamento y del repliegue de toda la fuerza. Pero el Cura Pérez no perdía ni un detalle de lo que estaba ocurriendo y a pesar de ser el responsable político dedicaba el mayor tiempo a apoyar a Gabino en nuestra defensa. Pude ver en acción a dos expertos guerrilleros. Pude saber de la gran experiencia que habían acumulado en los primeros años de guerrilla cuando las estructuras eran más frágiles y vulnerables.

En dos días tenían un mapa completo de todas las unidades del Ejército y de los lugares por donde avanzaban. Fue entonces cuando ordenaron el desmonte completo del campamento. Al mismo tiempo dispusieron un plan de emboscadas para hostigar al Ejército.

Lo debían ejecutar pequeñas unidades: tres o cuatro combatientes de nuestro grupo o de los frentes cercanos. Se atrevieron a calcular que en seis días las primeras fuerzas del Ejército estarían en nuestro campamento. Actuaban con una sangre fría y una racionalidad envidiables. Sabían que debíamos abandonar el campamento en el día quinto y tenían en su cabeza las tareas a realizar hasta la última hora de ese día.

Cada noche reunían al grupo y desplegaban el mapa que tenían dibujado en grandes hojas de papelógrafo y señalaban con alfileres los avances o retrocesos de cada unidad del Ejército. Asimismo analizaban la efectividad de nuestros combatientes.

A los tres días, después de haber establecido con precisión el mapa de la presencia de la fuerza enemiga, se presentaron los primeros hostigamientos y combates. Las unidades del ELN habían entrado en acción. En la reunión de la noche, Gabino hizo un recuento de la jornada. Se habían presentado siete encuentros entre la guerrilla y el Ejército. En estas acciones murieron tres soldados y cinco resultaron heridos. En la guerrilla hubo tres heridos. Las fuerzas militares continuaban con todo el ímpetu y la retirada se hacía inminente.

En medio de la explicación que daba Gabino se produjo una pregunta de Marta que aún hoy, veinte años después, divierte a este jefe guerrillero. Me la recordó en la conversación de finales de noviembre de 2007.

Gabino había pintado con lujo de detalles lo sucedido durante ese día de combates, había hecho un gran esfuerzo para que viéramos como en una película el movimiento de las tropas enemigas y la disposición de nuestras propias fuerzas y estaba a punto de cerrar la sesión totalmente satisfecho con la descripción de la situación en que nos encontrábamos, cuando Marta levantó la mano y dijo que la explicación estaba muy bien, pero ella quería saber si eso significaba mejor o peor que el día anterior.

La risa general no se hizo esperar y al menos esa noche la dura tensión del día se esfumó por un momento.
En realidad estábamos en las mismas condiciones del día en que recibimos la primera noticia del cerco. Debíamos dejar muy pronto el campamento y empezar a buscar una ruta para alejarnos de la acción enemiga.

Habíamos silenciado las comunicaciones con las estructuras del país y echado al suelo las instalaciones desde donde se hacían. Habíamos desarmado la mayoría de las casetas y trasladado los objetos más pesados a unas caletas cercanas al campamento construidas con anticipación. Solo faltaba minar los lugares clave de la zona y trazar con exactitud la ruta que tomaríamos una vez arrancara la marcha.

Se distribuyeron las raciones de comida que cada uno debía llevar en su morral, así como las tareas que cada combatiente debía asumir. Nadie permanecía quieto por más de quince minutos. Entre tanto manteníamos comunicación con los mandos de los frentes de la región y con las comisiones del grupo de apoyo y ordenábamos nuevas acciones de hostigamiento.

Yo estaba francamente fascinado con la precisión, la rapidez y la serenidad con que se preparaba la retirada. Podía ver que Gabino y el Cura habían repetido esta tarea muchas veces en el curso de su vida guerrillera. Podía sentir el peso de su experiencia, que transmitía en esos momentos tranquilidad. Vine a perder un poco la calma la tarde en que salimos del campamento. Creía que habíamos esperado demasiado para iniciar la marcha.

En la mañana de ese día ya estábamos listos para salir, sin embargo Gabino indicó que debíamos partir después del almuerzo. No entendí por qué. Me confundí más al comienzo de la noche, cuando empezamos a oír las explosiones de las minas dejadas en el campamento y frenamos en seco la marcha para mirar lo que acontecía en el lugar que habíamos dejado apenas unas horas antes.

Me perturbó saber lo cerca que aún estábamos. Apenas habíamos podido alcanzar un pequeño cerro que quedaba a no más de dos kilómetros de distancia. No sólo oíamos las explosiones sino que nos resultaba fácil ver el fulgor de su acción. Después me explicarían que a primera hora del día se había presentado una confusión acerca de la dirección por la que venía la avanzada del Ejército y la determinación había sido esperar hasta aclarar más la ruta del enemigo para no ir a chocar con él en la retirada.

Supe, además, que una distancia de dos mil metros en una montaña no se parecía en nada al mismo trecho en campo abierto. Estábamos lejos de ser alcanzados y seguimos alejándonos en la noche y en la mañana siguiente, caminando despacio pero seguido, pensando en las bajas que quizás les habíamos hecho a las fuerzas militares a la llegada al campamento, añorando la calma que durante muchos meses habíamos tenido en aquel lugar, sintiendo que tal vez había empezado un tiempo de zozobra y de confrontaciones sin fin.

Las marchas guerrilleras son tediosas porque se camina a un ritmo lento. Aún más, si en el grupo hay gente con limitaciones físicas o con una carga de años que le pesan al andar.

Era el caso de la guerrilla del Comando Central, que tenía en su seno a muchas personas mayores y a gente dedicada a labores intelectuales, no necesariamente resistentes físicamente. Quizás por esto a Marta le parecía que en la guerrilla el tiempo era distinto al de la ciudad. Me decía a cada rato: mira que tediosa lentitud. Esa parsimonia exasperante se intensifica en las marchas, que son una camisa de fuerza.

En ellas quienes caminan más lento marcan el paso. Nadie puede escapar a esto. En el campamento o en el trabajo en las veredas hay un poco más libertad para forjar un ritmo propio de vida. A mi me importaba un poco menos la lentitud externa porque fácilmente me enfrascaba en pensamientos que me llevaban a otros mundos'.

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