lunes 22 de junio de 2009 - 10:00 AM

La mano abierta de un pueblo en dos imágenes (1)

Dedico esta lectura a mi admirado amigo y colega el Maestro Doctor Alfonso Gómez Gómez, manantial de sabiduría, pedagogía de honestidad, cátedra de patriotismo. Y a los familiares de Jaime Barrera Parra y de Tomás Vargas Osorio.

Las voces innumerables
Distinguidas personalidades:


He aquí una página excelsa que me habría gustado escribir y que, en esta circunstancia, hago mía con placer y con orgullo, como preámbulo para agradecer a la docta y prestigiosa Academia de Historia el honor que me discierne; a su presidente, el doctor Miguel José Pinilla y al profesor Antonio Cacua Prada, la generosidad de sus palabras. Resuena en esta mansión señorial, todavía y con cadencias inmarcesibles, resuena en sus patios y en sus salas la voz de José Simón de la Trinidad Bolívar y Palacios. Y aquí mismo y muy cerca, la voz de su imaginativo asistente, el galicado Louis Perú de Lacroix, autor del indiscreto y delicioso 'Diario de Bucaramanga'; resuenan las voces innumerables de los grandes santandereanos; y resuena, en fin, con su sabiduría y su colorido, el conocimiento vivencial que a esta Casa llega desde siempre de la provincia gloriosa de Santander.

La sonrisa de una gran tierra.

La página vibrante que suscribiría como si fuera mía, es la siguiente:

Señores:

En vuestra presencia yo percibo emocionado la sonrisa de una gran tierra, la mano abierta de una gran raza. Esa raza y esa tierra han sido como una música para mi corazón de hombre, han dado fisonomía a mi pequeño universo literario, mucha más fragancia a las cosas y a los hombres de Santander, que a las emanaciones de librerías y bibliotecas.

Así pensaba y escribía en los años treinta del siglo XX, mi personaje inolvidable Jaime Barrera Parra, en una de las páginas más hermosas y más certeras que se recuerden sobre el sentir físico y metafísico de Santander y de su gente; uno de los lienzos pintados con colores más exactos, pincel tenue, brocha abierta y espátula escueta, que hubieran envidiado Oscar Rodríguez Naranjo para sus gráciles ninfas del Club del Comercio de Bucaramanga, o Saturnino Ramírez para sus billaristas de París, Socorro o Barichara.

El puente


Nacido en San Gil en 1890, en el hogar paradigmático del doctor Antonio Barrera Forero y doña María Parra Lizarralde, (ella de pensamiento liberal, él de pensamiento y acción conservadores, lo que determinó un ambiente doméstico de admirables debates tolerantes), el mayor de doce hermanos -entre ellos el magistrado embajador y ministro conservador Manuel-, el liberal Jaime Barrera Parra fue antes que nada un escritor de metáforas '-el sol tiraba monedas de oro sobre los campos'; 'el sol ha sido el protagonista central de la vida santandereana...'-, al estilo de los simbolistas como Mallarmé, o al aire de los parnasianos como Heredia, o a la manera de los primeros surrealistas como Bretón, Lautreamont o Lenormand; o, en fin, como los modernistas de la generación española del 98, que recibió los destellos del nicaragüense Rubén Darío, porque de todos ellos bebió Jaime conocimiento, metáforas e imágenes, hasta convertirse -lo dice Alejandro Galvis Galvis en el hermoso libro sobre su vida, un carácter-, en uno de los más grandes cronistas de su tiempo.
 
El peregrino del ideal

La mente suramericana ávida y los ojos colombianos perspicaces de Jaime, asimilaban movimientos y corrientes que se proyectarían en 1912, en la revista 'Vivencias' que fundaría y dirigiría con Luis Ardila Gómez, mientras ayudaba a su madre en la hermosa casa de acogedores espacios en Bucaramanga; y a su padre en su oficina de comercio exterior.

Se casaría seis años después, en 1918, con doña María Luisa Mutis, con quien tendría tres hijos, Luis, Carmenza y Carlos.
Más adelante fundaría la revista 'Motivos', con el inquieto y docto Ardila Gómez, quien haría la mejor descripción del espíritu elevado, de la elegancia de pensamiento y de la donosura de acción de Jaime, así: '...No fue solamente un escritor, apuntaba. Fue, por encima de todo, un hombre bueno, en el sentido noble y anacrónico de esta palabra. El asistió a la vida como quien concurre a un banquete: dentro de la aristocracia de frac y con una displicencia risueña que dejaba florecer de la galantería... Se dio el lujo supremo de tener un gran corazón que nunca lo puso en ridículo. Más que un gran hombre, Barrera Parra hubiera querido ser un arroyo caudaloso de aguas claras en el cual pudieran abrevar su sed de infinito todos los peregrinos del ideal'.

Los precursores

Sí, Barrera Parra descubrió la política, pero no la política electoral sino la suprapolítica que había aprendido en 'La Ilustración' de Hobbes, Hume y Stuart Mili o Jeremías Bentham en Inglaterra; bebido en Kant y Hegel, en Alemania; sorbido en Francia con los enciclopedistas D’Alambert, Diderot, Voltaire y Rousseau; e incorporado en España con los ilustrados Feijoó y Jovellanos, maestros de don José Celestino Mutis, inspirador, creador y director de la Real Expedición Botánica, semillero de las ideas ilustradas que levantaban la primacía de la razón sobre la piel del sentimiento; y constituirían primero la generación de los Comuneros, ocho años antes de la revolución francesa de 1789; y más tarde formarían la generación de la independencia.

La Expedición Botánica y Mutis, fueron precursores de los precursores, pues influyeron en los Comuneros que marcharon desde Socorro, San Gil y pueblos aledaños, hasta el Puente del Común en Chía y Zipaquirá, donde depusieron las armas y firmaron Las Capitulaciones, -primera Constitución de Colombia-, hasta ser traicionados por el Arzobispo -Virrey Caballero y Góngora-.

La alondra azul

Alto y desgarbado, brillante aunque sin mayores atractivos físicos, así era Jaime Barrera Parra. Empero, qué elegancia, qué flema la suya, qué sutil ironía, al tiempo qué generosidad y cuánta ternura en el actuar, en el escribir y en el discurrir.
En reflexiones de cada semana cuando escribiera 'Notas del weekend' ('Lecturas Dominicales') que dirigiría en 1928 en 'El Tiempo' de Bogotá -donde moriría entonces su esposa María Luisa-, se vertía su conocimiento profundo de la cultura europea de los cafés y las catedrales y los caminos que enaltece George Steiner en 'La idea de Europa', y se filtraba el torrente caudaloso y bullicioso de las metáforas, cual si en su mente tórrida irrumpieran al unísono las luces de bengala de los surrealistas, los dadaístas, los creacionistas, al estilo de los congéneres que vendrían después, tales André Bretón, Apollinaire, Huidobro, Borges y Neruda. O como si se estableciera una competencia automovilística cultural en el corcel mecánico, parsimonioso y bohemio 'La Alondra', contradictorio automóvil azul que Alberto Lleras conducía con timones precoces por las gélidas madrugadas ebrias de Bogotá, con el combo exultante de los colegas, Barrera Parra entre ellos.

El domador de potros

A Barrera Parra lo delataban aquella adicción por el periodismo y aquella prosa fascinante cuajada de imágenes inesperadas como raudas libélulas; o detenidas en su brillantez para describir la quietud subversiva del Mogotes comunero de sus mayores. Sabía que no escribía para la élite, sino para el lector común. Con todo, del leopardo Augusto Ramírez Moreno anotaba que 'tiene un suave olor de pergamino y huele a Enciclopedia Británica'. Después del suicidio de Ricardo Rendón, escribía que 'su obra está viva y móvil: muerde como una aldaba'. Y del trópico: 'Esta zona tórrida que cantara Bello en estrofas exhuberantes, es un inmenso aspaviento musical...'.

Hablé atrás de su adicción al periodismo en el que fue columnista crítico, escéptico, denunciante, pero que amaba, sobretodo a la hora de la media noche, 'cuando el chiste picante -según decía- abejorrea sobre la tertulia y se ha olvidado ya la última sesión de la cámara y se ha perdido la noción del cosmos político... En ese momento y espacio privilegiado, los hombres aparecen en su dimensión exacta. Dejan de ser ministros, dejan de ser su excelencia, el general pierde su aspecto Lidendorff, el cacique abandona su gesto de domador de potros. Todos son entonces carne de las butacas de cuero, relatan historias, se desabotonan el chaleco. Si un micrófono recogiese en estas horas de intimidad las confesiones de todo ese estado mayor, el país volaría como un barril de dinamita'.

La transmutación

Esa prosa es una muestra breve y leve de la escritura sobresaliente de Barrera Parra, que deslumbró desde los balbuceos incipientes del Colegio San Pedro Claver de la mano del Padre Puentes, hasta las primeras publicaciones en 'Vanguardia' (semillero de excelencias); en las revistas inaugurales con Ardila Gómez, y en las vivencias y experiencias del Caribe, pero sobretodo en las preciosas y desenfadadas 'Notas del week-end', en buena hora publicadas por esta Academia de Historia.

Las cuales eran leídas, desde luego, por mentes ansiosas de toda Colombia, especialmente de Antioquia, y allí, por jóvenes pertenecientes a las vanguardias liberales. No se olvide que Barrera Parra, con Baldomero Sanín Cano y Zalamea, entre otros, fungían como importadores, traductores de los últimos estallidos intelectuales de Europa. Eran los tiempos de 'Los 13 Panidas' capitaneados en Medellín por León de Greiff; y de los 'Centenaristas' y 'Los Nuevos' en Bogotá, representados por los Santos, los Lleras, los Zalameas y los Canos, entre otros. El puente estaba tendido.

Esta tarde estoy pagando, en parte exigua, la deuda que Antioquia contrajo con Jaime Barrera Parra; quien, -como se dijera en el número 10 de las Páginas de la cultura santandereana editadas por la Universidad Industrial de Santander bajo la rectoría de Jorge Gómez Duarte-, 'fue el último experimento de química: la transmutación de las Notas del weekend' en 'Panorama Antioqueño'.

Las escalerillas

Y en ese panorama antioqueño, la figura sutil, como escapada de un lienzo de Modigliani en el Barrio Latino en París, de la reina de los estudiantes, de Inesita Greiffestein Uribe, quien sucumbió en un santiamén a las metáforas tiernas e insólitas de Jaime. En las cartas a su Inesita querida, la hermanita mía, la más hermanita de mis hermanas, escritas en su suite del 'Hotel Europa' en Medellín, más que en las cartas capitosas a sus amigos, allí aparece el auténtico maestro del género epistolar. Oigamos una cadencia: 'Te dije: dentro de mi habitaba un hombre salvaje. Ese hombre salvaje es la prolongación de mis fornidos tatarabuelos de Mogotes, que supieron darle a la manufactura de la guayaba una intención artística. Don Eusebio Barrera amansó cien potros y cazó cien osos en las sierras de San Ignacio... Yo que soy el más completo tipo de esa dinastía rural y metropolitana, siento que dentro de mí se alborota un tiple, que mis hombros están hechos para la ruana.

Prólogo demasiado largo para decirte: soy un hombre en bruto. Y en tal virtud, cuando la vida me apalea y siento la necesidad de pasarle una cuenta de cobro, reacciono ante su ultraje, armado de malas palabras, porque se me sale el arriero que llevo dentro... En la vida del hombre concluyen mis escalerillas invisibles. Por ellas descienden el amor, la tragedia y la muerte. Por una de esas escaleras, tendida sobre mí, yo siento los pasos de una mujer, que ha de ser la obra maestra de mi pasión y el combustible decoroso de mis cuarenta años'’.

Los pasos de esa hermosa mujer se juntaron en una sola huella con los pasos de Jaime Barrera Parra. Se casaron en diciembre de 1934, en una boda que fue el gran acontecimiento social del Medellín elitista, cuya industrialización comenzaba por la llegada de pujantes empresarios a los cuales pertenecía la familia de Inesita. El 28 de enero de 1935 llevaban algo más de un mes de casados: asistían con Carmenza, hija de su primer matrimonio, a una película en el Teatro Alcázar en el sector oriental de Medellín. El techo del teatro se vino al suelo: Jaime, Inesita y Carmenza salieron ilesos a la calle. 'Cuando se devolvió a recoger el sombrero olvidado en una butaca, escribió Vesga Duarte, debía estar recordando alguna ocurrencia que había ya escrito en alguno de sus 'textos cautivos'. Una viga cayó del techo destruido y lo mató. En ese entonces estaba nombrado Cónsul en Genova'. 

 

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