domingo 18 de octubre de 2009 - 10:00 AM

La sed de los ‘patiamarillos’

'Usted no sabe el trabajo que era eso. Cargar a lomo, como una mula, una vara atravesada en los hombros para echarle el peso que uno más pudiera aguantar. A lado y lado, pimpinas atestadas de agua que se utilizaba para comer, bañarse y hasta para echarle a las labranzas de tabaco y frijol de la época'.

Sentada en un sofá puesto en el patio central de su casa en Barichara, doña Delia Cadena de Angarita hacía memoria de su época de infancia, cuando realizaba tres viajes al día hasta los aljibes de Las Chorreras, en inmediaciones de la vía al municipio de San Gil, para llevar agua a su casa. La mujer de 75 años fija su mirada en las aves enjauladas que revolotean por cuenta de una temperatura de casi 30 grados centígrados y que de vez en cuando beben el preciado líquido arrebatado a este pueblo de 134 kilómetros cuadrados durante cuatro días a la semana, entre las 8:00 de la noche y las 4:00 de la mañana.

Una realidad que si bien es padecida desde hace seis meses por los ‘patiamarillos’ –como se les dice cariñosamente a sus naturales-, es casi imperceptible para los casi 150.000 turistas que llegan cada año a esta población famosa en Colombia y en el mundo por sus casas en tapia pisada, por su arquitectura colonial y sus calles organizadas en cuadrículas que componen las lajas de piedra que las recubren.

Bien dice el sociólogo Álvaro Torres Ramírez, que la mayoría de turistas que llega a Barichara lo hace para pararse frente al atrio del templo ‘La Inmaculada Concepción’ a tomarse una fotografía, para  caminar unas cuantas cuadras y probar la exquisitez de algún arequipe, desplazarse hacia los miradores que dan al cañón del río Suárez, comprar una artesanía tallada en piedra y terminar el día con la impresión de haber conocido el que fue considerado en 1985 por la Dirección Nacional de Turismo, como el 'Pueblito más lindo de Colombia'.

Pero los 13.500 habitantes que allí residen, incluidos los emigrantes nacionales y extranjeros que se han radicado en Barichara, ya sea para disfrutar de la tranquilidad o para estar al frente de refinados hoteles y restaurantes, son a quienes preocupa que el pueblo propuesto alguna vez por uno de sus hijos, el ex presidente Aquileo Parra, para que fuera capital de la República, 'simplemente desaparezca por falta de agua', tal y como lo sentenció hace unos días su actual alcalde, Israel Agón Pérez.

Sin querer ser 'ave de mal agüero', el propio gerente del acueducto regional Acuascoop, Manuel Mejía Plata, señala que aunque es muy difícil pronosticar qué puede pasar en los próximos meses, de no caer un fuerte aguacero el agua existente en la represa que suple de agua a los baricharas, sólo alcanzará para máximo tres meses… 'eso sí, de manera racionada'.

Claro que los problemas de escasez de agua no son para nada nuevos. Nohora María Angarita dice que la problemática actual le trae recuerdos de su niñez, cuando era levantada a las 5:00 de la mañana para ir a hacer fila a la fuente esbelta y de tazones primorosamente labrados que está en el centro del parque principal, a donde cantidad de personas acudían con ollitas de barro, chuchos y calabazos para tomar parte del agua que provenía del aljibe Calicanto.

'A mi casa llevaban tripa para intercambiar por agua'. La interrupción de doña Delia Cadena de Angarita parece entonces un cuento de fantasía, si se tiene en cuenta que hoy el metro cúbico de agua tiene un costo para los usuarios del casco urbano de $504 pesos, según cifras entregadas por el gerente de la Unidad de Servicios Públicos, Pablo Figueroa López.

Pero dice el propio gerente de Acuascoop, que los nacimientos de agua fueron abandonados y la mayoría de aljibes tapados, cuando llegó el acueducto al pueblo.


Un planta obsoleta

Claro que el verano no es él único culpable de la sequía de los ‘patiamarillos’. También lo es la poca capacidad de la actual planta de tratamiento de Barichara, la cual resulta insuficiente para atender a los 150.000 visitantes que cada época vacacional se suman a los 13.500 habitantes de esa población guanentina.

La primera alarma se dio en enero de 2008, cuando el mandatario de Barichara, Israel Alonso Agón Pérez, decretó en plena época vacacional la emergencia sanitaria en un municipio en donde  personajes de la talla del ex presidente Belisario Betancur y el artista David Manzur, tienen sus residencias establecidas.

En este sentido, el gerente de la unidad de servicios, Pablo Figueroa López, es claro en que si bien la demanda de líquido en un periodo 'normal' es de 16.000 metros cúbicos, para mediados y final de cada año la misma demanda se triplica. Una cifra que traspasa de lejos la capacidad que actualmente tiene la planta de tratamiento de ese municipio, la cual apenas llega a los 28.000 metros cúbicos.

A lo anterior se suman las pérdidas económicas en que incurre el municipio por cuenta de la precariedad de las redes y tanques, así como por las innumerables conexiones piratas que se encuentran en los 40 kilómetros de tubería que hay desde ‘El Común’, el acueducto construido en 1986.

Los gerentes de Acuascoop y la Unidad de Servicios coinciden en que las pérdidas superan el 50%, si se tiene en cuenta que mensualmente Barichara compra al ‘Común’ 40.000 metros cúbicos de agua al mes, pero al final solo son facturados 18.000 metros cúbicos.

¿Por qué? Simplemente porque el resto del agua se pierde 'en el camino' y por cuenta de los procesos de tratamiento necesarios para potabilizar un líquido que llega con excesiva cantidad de sedimentos.

Hoy, a los $5 millones que cancela Barichara mensualmente por comprarle agua en bloque a ‘El Común’, se deben sumar $2 millones mensuales por concepto de insumos para su tratamiento. Una situación que el propio alcalde Agón Pérez espera llegue a su fin, gracias al proyecto para la construcción de una nueva planta de tratamiento que ya fue aprobado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Rural, y el cual demandará una inversión de $597 millones.


El Común

Fue la puesta en funcionamiento de la represa y el acueducto 'El Común' en 1986, el hecho que partió en dos la historia del agua en Barichara. De las filas frente a la fuente del parque y del trueque de mercado por el líquido, se pasó a la construcción de un proyecto que abastecería no sólo a Barichara, sino a los municipios de Cabrera y Villanueva.

'Fue la mejor solución que en su época se pudo hacer', dice Manuel Mejía, si se tiene en cuenta que el caudal de la quebrada La Laja, la cual abastecería a la represa, era suficiente.

Bajo el liderazgo del Secretariado Diocesano de Pastoral Social, Sepas, liderado por el sacerdote Ramón González, la comunidad en general y la Gobernación unieron esfuerzos para construir un proyecto que beneficiaría a 22.000 habitantes, tras una inversión de $550 millones.

Para su administración, el 23 de julio de 1986 se conformó el Acueducto regional cooperativo del común, Acuascoop Ltda.

Pero para Manuel Mejía, fueron los cambios climáticos y el calentamiento global los que generaron que el caudal de la Laja se fuera extinguiendo. De hecho, el poco volumen de agua obligó en el 2006 a la construcción de una represa alterna en ese lugar, para la conducción de las aguas hacia ‘El Común’.

'A la fecha como no ha llovido, la represa se encuentra cinco metros por debajo de su nivel normal, situación que se solucionaría si caen fuertes aguaceros en las próximas semanas… pero sin duda, es necesaria una salida de fondo, buscando cuanto antes otro caudal que surta al acueducto', explica Manuel Mejía Plata.


Las soluciones

En palabras del sociólogo Álvaro Torres, de no encontrarse una pronta solución por parte del Estado, además de una toma de conciencia real por parte de los habitantes de Barichara, terminará por matarse a 'la gallina de los huevos de oro'.

Por un lado, personas como Manuel Mejía Plata aseguran que el problema más crítico de esta situación no es la represa ni la planta de tratamiento. Es la falta de cultura para hacer buen uso del agua.

La situación se refleja en que hasta las piscinas de los lujosos hoteles y casas de verano de solventes empresarios y pensionados, se mantienen llenas, pese incluso a que el presidente Álvaro Uribe alertó sobre la necesidad de hacer buen uso del agua.

Es que son varios los lugareños que coinciden en que su municipio no tiene problemas de escasez de agua. Una propietaria de un restaurante de comida típica en Barichara, dijo que 'es un problema que muchos no sienten' porque como ella, la mayoría tiene hasta dos tanques elevados en su casa. De ahí que 'si quitan el agua, nosotros ni nos damos cuenta'.

No obstante, a nivel de la administración central las soluciones deben ser más de fondo. El Mandatario local asegura que la única solución para evitar que su pueblo se muera de sed, es sacar adelante el proyecto para la construcción de un nuevo acueducto desde la quebrada Chibirití, en el municipio de Galán, situación que según él, ya conoce el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial.

Y si bien el proyecto en mención demanda una inversión de $30 mil millones, ya los alcaldes de Barichara, Cabrera y Villanueva han manifestado su intención de aportar en total $10.000 millones a través del denominado Plan Departamental de Aguas.

No obstante, en el otro lado del ring hay quienes luchan para que el proyecto que acabe los problemas de escasez de agua en Barichara y la región sea un acueducto desde el río Mogoticos, con un costo similar al anterior, y en el cual se beneficiaría además de los tres municipios anteriores, a San Gil, la capital turística de Santander.

'Si se aprueba ese proyecto, no resultaríamos beneficiados en nada porque igual seríamos los últimos a quienes les llegaría el agua, ya que el primero en esa conexión sería San Gil', dice Figueroa López.

Acudiendo a su prudencia y con la sinceridad que lo caracteriza, el Gobernador de Santander, Horacio Serpa Uribe, dijo al respecto que serán los estudios técnicos los que señalen la mejor opción.

Entre tanto, la única solución que tiene este municipio que el 30 de julio de 1985 fue elevado a la categoría de 'Monumento histórico y patrimonial de los colombianos', es resignarse al desfile diario que durante los últimos seis meses realizan los carrotanques del cuerpo de bomberos del municipio de San Gil.

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