martes 21 de octubre de 2008 - 7:49 AM

Lisboa, amor y nostalgia

El encanto de Lisboa es tan evidente que desde el mismo momento en que se avista desde el avión, el visitante tiene la seguridad de que se enamorará de ella. A mí sucedió: me declaro enamorada de la capital portuguesa.

Desde el aire se ven los tejados rojos de la ciudad antigua regocijarse con el sol. El río Tajo desemboca en el mar y se adivina el eterno enamoramiento entre la vieja ciudad y el océano, el cual fue su estrella y su perdición.

El siglo XVI fue su época de oro, pues tras haber sido ocupada por fenicios, griegos, cartaginenses, romanos y árabes, y recuperada para el cristianismo en el medioevo, la era de los descubrimientos le trajo la posibilidad de convertirse en Imperio: Lisboa se erigió como el punto de comercio entre Europa y el lejano oriente, y sus arcas se llenaban del oro proveniente del Brasil.

Un buen comienzo

Es necesario iniciar el recorrido por el centro histórico, en el que convergen los barrios Alto, Baixa Pombalina y Alfama. Este último es el orgullo del patrimonio lisboeta, pues tras el terremoto de 1755, que acabó con casi el 90% de la ciudad, Alfama se mantuvo en pie para ser testigo de la presencia de los árabes.

Caminar las calles de este sector es perderse en un laberinto de historias, retocadas por los azulejos tradicionales de Portugal, que aparecen constantemente en los muros de la ciudad para contarnos pasajes de su larga crónica.

En la parte superior de Alfama, que se recuesta sobre una colina, está el Castillo de San Jorge. En su interior, la plaza de armas y el palacio real  son algunos de los sitios más impactantes.

En los alrededores y en el interior del Castillo existen cafés, restaurantes y tiendas de souvenir, en donde se escuchan todos los idiomas del mundo.

El centro de la historia

Abajo, en medio del centro histórico, otros lugares que se destacan son las Plazas del Rocío y los Restauradores, en el barrio La Baixa, considerado el corazón de la ciudad.  

En esta zona también se encuentra la Plaza del Comercio, con la estatua ecuestre de José I, y un inmenso arco del triunfo que da paso a la Rúa Augusta, un alegre pasaje peatonal repleto de restaurantes y kioskos. Más allá, el elevador vertical de Santa Justa, que unía los barrios de la Baixa Pombalina y el Barrio Alto.

Este último es un conjunto inigualable de calles laberínticas y ambiente animado, donde se encuentran lugares destacados como la Iglesia do Carmo, el Museo de Historia Natural y el Museo de la Ciencia.

En la noche, el Barrio Alto se llena de jóvenes que buscan diversión en los bares donde se confunden ritmos como la samba y el rock, mientras que en Alfama, en las tradicionales tascas, comienza a sonar el Fado, ese inigualable patrimonio portugués que cuenta melancólicas historias de marineros que salieron en busca de mejores vidas y dejaron a sus amores con los ojos llenos de lágrimas en el puerto.

La 'saudade', la nostalgia portuguesa, es un rasgo que no se percibe sólo en la música, sino en la mirada y el hablar pausado de los nacidos en estas tierras.

Belén, insignia lisboeta

Aunque moverse en metro en la capital portuguesa es muy sencillo, para llegar a Belén también hay otras opciones: tomar un barco desde la Plaza de Comercio, un autobús, o el tranvía, que nos deja justo en frente de la centenaria fábrica de los Pasteles de Belén.

Encontrar filas de gente esperando por su turno para tomar una mesa y deleitarse con un pastel caliente, es normal en cualquier época del año.

Belén es un sector para recorrer a pie. Desde allí partían los viajes de descubrimientos que dieron la gloria a Portugal.

Sobresalen dos monumentos: el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belén, considerados los máximos exponentes del arte Manuelino y ambas declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

El primero fue construido en el siglo XVI para conmemorar el afortunado regreso de la India de Vasco da Gama, cuyos restos mortales descansan en el interior del templo. Así mismo se encuentran allí los mausoleos de los famosos escritores Fernando Pessoa y Luís de Camoes.

Y la Torre, que se yergue frente al río, es todo un espectáculo de contraluz al atardecer.

A pocos metros de ésta se encuentra el Monumento a los Descubrimientos, en memoria de las proezas marineras de la ciudad.

Ciudad cultural

Lisboa ha sido y es una de las ciudades más requeridas como sede de eventos culturales. Su historia, su aire y su patrimonio material e inmaterial la convierten en sitio preferido de artistas, escritores y gestores culturales. Y para recordarlo eternamente, en el café La Brasilera se erigió la estatua de Fernando Pessoa sentado en la silla que siempre quiso ocupar para inspirarse e inspirar al mundo.

En 1994 la ciudad fue Capital Europea de la Cultura y en 1998 realizó la Exposición Internacional Expolisboa 98, que en aquella oportunidad sobre el tema de los mares, evento que modernizó la ciudad y dio origen a varios lugares de visita obligada, entre ellos el Parque de las Naciones.

Rincón gastronómico

Pero si hablamos de cultura es necesario hablar de gastronomía, y en este aspecto Lisboa tiene mucho que decir. Además de sus ya renombrados Pasteles de Belén, la ciudad es el sitio perfecto para degustar el Bacalao en todas sus formas de preparación. Y rodeada de río y mar, en la dieta lisboeta no podían faltar opciones como las sardinas, lulas (calamares) y mariscos.

Pero no todo es comida de mar: existen entradas famosas como el caldo de grelos (sopa de verduras), o canja de gallina (caldo de gallina con arroz).

Entre los platos fuertes hechos con carnes se destacan el bife con patatas (filete), tripas (callos), frango (pollo), coteletas (costillas) o la chanfana, un guiso de cordero cocido con vino.

Entre las bebidas, la más famosa en la ginjinha (aguardiente de guindas), y son reconocidos también los vinos verdes y de Porto.

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