domingo 24 de mayo de 2009 - 10:00 AM

Los rostros... felices de El Santuario de Virolín

Aún no suenan las campanas de la iglesia Nuestra Señora de Monguí en Charalá, cuando a las 4:30 de la mañana de un sábado, estamos en un pequeño mercado en el que venden papa, arroz, carne, cajas con chocolate para preparar, queso, huevos, naranjas, limones y guayabas que empacan en sacos de fique.

Empiezan a llegar jóvenes entre los 11 y 19 años de edad, con bolsos a reventar y vestidos con jeans, camisetas y tenis.

Son las 5:00 de la mañana y la profesora Noemí Cancino indica con tono fuerte, 'todos se suben'. Los jóvenes mayores entran al camión y los más pequeños y las mujeres a un bus grande.

Me siento junto a Mercedes Silva, la rectora del colegio El Santuario.

El conductor enciende el radio y las tradicionales canciones de Juan Gabriel amenizan el ambiente. Entonces cuento diez paradas del bus que recoge jóvenes de 36 veredas de la zona, o de Encimo y Coromoro, municipios cercanos.

-Buenas días.

Sube al bus Ángel Julián Higuera, estudiante de 11 años que cursa sexto de bachillerato. Sus ojos verdes y su sonrisa muestran el entusiasmo por ir a estudiar, sin reproches, llanto, tristeza o cansancio.

Ángel dice que tiene 14 hermanos pero vive con cuatro de ellos y con sus padres; uno de sus hermanos también va al colegio.

A las 3:00 de la mañana su mamá se levanta y les prepara el desayuno. 'El caldito, ‘aguapanela’ y el pan', me expresa. Luego se baña, alista una muda de ropa y el uniforme.

'Mi hermano y yo salimos de la vereda Monte Frío a las 4:30 de la mañana y caminamos una hora por las montañas hasta la carretera donde pasa el bus'.

A la vía destapada le falta un trozo de tierra. Los fuertes aguaceros se lo llevaron. Alcanzo a ver por la ventana que el bus pasa a menos de diez centímetros de un abismo.

'Llegamos'

En medio del paisaje aparece el colegio El Santuario, ubicado en el corregimiento de Virolín, a 26 kilómetros del municipio de Charalá, en Santander.
Son las 7:00 de la mañana. 'Llegamos', se alegra Mercedes y en un solo vistazo puedo ver todo el colegio: seis salones, una caseta y la intención de lo que sería una cancha que es un cuadrado de cemento con dos arcos pequeños construidos en metal.

Entro a un cuarto y las niñas se ponen una falda color verde con negro y rojo que llega a la rodilla, una camisa, medias blancas y zapatos negros embetunados. Quedan 15 minutos para que suene el timbre y empiece la primera hora de clase.

Los 174 estudiantes de bachillerato se desplazan a sus salones. Dos son en ladrillo sin pintar, viejos y con pupitres rotos, los otros cuatro son más amplios. Fueron construidos en 2008.

'Necesitamos pupitres, alimentación, material deportivo, baterías sanitarias, libros, laboratorios y camas', me indica Adelaida Ríos, la profesora que lleva más tiempo en el colegio; está desde el 2002.

Adelaida dicta la clase de ecoturismo y medio ambiente, el énfasis del colegio. 'Sabemos que la zona tiene lugares maravillosos por conocer y ellos que viven en el campo son los indicados para ofrecer paquetes turísticos', asegura.

Preparan la comida

Me acerco a la cocina. Teresa y Martha preparan en ollas grandes arroz con verduras, maduro dulce, sopa de plátano y jugo de guayaba. Martha Rosales, profesora de informática, las guía.

Suena el timbre y todos salen a un descanso de 20 minutos. La profesora Claudia Gaitán, ‘la Profe’, como le dicen los estudiantes, abre la caseta, mientras una de las pocas pobladoras de Virolín llega a ofrecer empanadas.  

Voy a donde uno de los líderes del colegio, Ariosto Murillo, el personero, y mientras habló con él, las estudiantes de los grados décimo y undécimo se ponen el uniforme de educación física para empezar un partido de fútbol. Los más pequeños juegan con un balón en un terreno pequeño entre la caseta y los salones.
'Todos los estudiantes de El Santuario trabajamos entre semana, ya sea en el campo o en algún municipio', afirma el personero con un tono de voz firme.

Él, es otro de los estudiantes que se levanta los sábados a las 3:00 de la mañana para poder ir al colegio. Me explica, que con linterna baja desde la vereda Nemizaque.

De lunes a viernes se levanta a las 6:00 de la mañana para trabajar en alguna finca, recoge café o labra en tierras del municipio El Páramo.

Para llegar hasta allá, primero camina 40 minutos hasta el sitio conocido como El Cedro, luego espera un transporte que lo lleva directo a El Páramo.
Gana $12.000 al día y $9.000 los gasta en transporte. 'A veces trabajo en algo adicional y logró ganar al mes $200 mil', aclara.

A las 10:05 de la mañana vuelven a clase.

Aprovecho y visito la sala de informática que tiene 16 computadores con los que pueden desarrollar tareas sencillas en Word. En otro salón tienen un televisor y un DVD. Cada vez que sonaba un cambio de clase los estudiantes corrían a tomar la primera silla para ver la película Ratatouille, ‘lujo’ que aprovechan en el colegio.

Hora del almuerzo

Algunos estudiantes sirven los jugos y las sopas que ubican en mesas de madera marrón oscuro.

Por el camino me encuentro con dos estudiantes del grado séptimo que comen apartadas de los demás. Llevan lo que ellas llaman el ‘sustento’, es decir, el almuerzo que se simplifica en una arepa de maíz y jugo.

'Comemos todo de sal o todo de dulce, la mezcla de las dos hace daño al organismo', me dice Denisse Sanabria, una de las niñas de la comunidad Tao. Además, no consumen químicos ni alimentos preparados por otros. 'La comida se puede contaminar si se utilizan ollas para cocinar carnes, somos vegetarianas', enfatizan.

Sigo mi recorrido por los salones y veo en los tableros números, frases en español, otras en inglés. Los siete profesores comparten ideas, no hay indisciplina, solo chistes, buenos aportes y uno que otro estudiante al que ‘hay que jalarle las orejas’ porque no le va muy bien.

'Los estudiantes del campo son especiales, pues a diferencia de los que estudian en la ciudad, estos no tienen vicios y sí muy buena disposición para aprender', dice Mireya Valbuena, quien fue profesora por varios años en un colegio de Bucaramanga.

Fernando Ayala, estudiante de Física en la Universidad Industrial de Santander, UIS, me dice que la docencia en El Santuario le cambia la vida a cualquiera. 'Viajar desde Bucaramanga todos los viernes es un gran sacrificio, pero la mayor recompensa es que aquí me reconforto', subraya.

Se encienden las luces


Quedan dos horas de clase. Mientras unos estudiantes comen, otros realizan el aseo en salones y pasillos.

Los truenos auguran la lluvia y un apagón. Ante la situación, Mercedes me muestra la planta de energía que pudieron obtener.

El único servicio público que tienen es la energía eléctrica. El gas es de pipeta, no hay alcantarillado y el agua, aunque no falta, proviene de los ríos.
Con la llegada de la noche el ambiente cambia. Ni los profesores ni los estudiantes muestran rostros de agotamiento; al contrario, ensayan coplas y poemas que declaman de 7:30 a 8:45 de la noche, tiempo en el que realizan clases artísticas, literarias y deportivas.

Me encuentro a Ángel con un saco verde. Hace frío. Le  pregunto si está cansado, si extraña a su familia, debido a que se quedan a dormir ahí.
Sin pensarlo, responde.

-¿Cansado? ¡Noooo! Estoy acostumbrado a dormir sólo desde los tres años.

A las 9:00 de la noche se acuestan dos estudiantes por cada cama y en varios camarotes de barrotes rojos con cobijas de lana. Se oyen los murmullos de chistes hasta que poco a poco la lluvia y la tranquilidad del lugar los arrulla.

¡Kikiriki!

A las 3:00 de la mañana del domingo empiezan las filas de mujeres y hombres, cada grupo en dos duchas para bañarse.

A las 5:45 de la mañana comienzan las clases; desayunamos una hora después.

Cada profesor recoge con lista en mano el aporte económico que ofrecen algunos estudiantes, $2.000 por transporte y $4.000 por la comida de los dos días.

'Recibimos un aporte para comida y transporte de entidades, pero no da abasto, resultamos pagando el déficit por el alimento y el viaje de los chicos', explica Mercedes.

Regreso a casa

La jornada termina ese domingo a las 2:30 de la tarde. Si hay lunes festivo se quedan otro día de clase.

Alistan la maleta.

Muchos van a encontrarse con sus padres o abuelos. Otros como Juan Pablo Mesa, 'bueno en matemáticas', según los docentes, regresa a Charalá, donde vive solo.

Con algo de preocupación pero con la esperanza firme, Juan se acerca y me dice: 'Me quedé sin trabajo, ya no voy a repartir la correspondencia en Charalá'. Pese a la situación, a sus escasos 17 años actúa como un adulto y está feliz. 'Trabajaré en lo que sea, necesito pagar el cuarto y los gastos del colegio', agrega con determinación.

Entonces retornamos por el mismo camino enlodado, con el paisaje infinito de montañas y los rostros felices, ninguno cansado. 'Y es que', me resume Adelaida, 'para los estudiantes y nosotros, es un gran esfuerzo venir a estudiar y trabajar los fines de semana, pero cuando llegamos, la jornada se convierte en una aventura'. 

 

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