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Domingo 22 de agosto de 2010 - 10:00 AM

Severos recorridos los que le tocó vivir

'Yo soy el negro cocinero de la fécula extrafina del maíiiz; / salí a mirarlos / y ya me vuelvo / para la cociiina.' Era la molienda diaria de la radio durante los 15 días de la Vuelta a Colombia en bicicleta a finales de la década de los años sesentas.

Publicado por: CÉSAR AUGUSTO ALMEIDA R. calmeida@vanguardia.com

Su melodía lenta y la voz estentórea del ‘negro’ nos recrea la memoria sobre el interés de Colombia para maravillarse, en la época, con sus héroes deportivos, tanto, que hasta el cocinero ‘salía a mirarlos’ sin importarle que se le quemaran las arepas.Severo refugiado Escribo este preámbulo sobre la vieja real fantasía de la radio porque muchísimos colombianos empezamos a oír sobre Severo Hernández y su generación de pajaritos, tigrillos y leones, por intermedio de las voces ya mitológicas del argentino Julio Arrastía Bricca ‘El viejo requetemacanudo’, Alberto  Piedrahita Pacheco y Carlos Arturo Rueda ‘Cé’. Además, porque los niños en 1967 cuando oíamos sobre una ‘escapada’, creíamos que aquel astuto se había lanzado por una trocha para tomar ventaja y que la Vuelta a Colombia en bicicleta era una circunvalación por todos los límites geográficos con el vecindario; nos imaginábamos a Evaristo Fino Fino pedaleando sobre las arenas y las olas de Bahía Solano en el límite occidental, el Océano Pacífico.Y Severo cuando tenía sus nueve años en 1949, no caía en ingenuidades porque la primera vuelta comenzó dos años después y él y su familia, ya estaban en La Pedregosa refugiándose de la carnicería fratricida que comenzó con la muerte de Gaitán.Otra generación más de desplazados masivos llegó desde Guaca, Potrero Grande y La Loma, finca donde nació él un 9 de noviembre de 1940. Tuvo que dejar su paraíso celestial de tardes nebulosas, sus sorbetes de curubas con leche de vacas generosas nacidas en esas tierras de verdes inmensos desde donde veían los poblados de Málaga y San Andrés.Una noche salieron desde allí bajo la protección de los arbustos de grandes hojas y una luna semidormida. Llegaron a Pescadero y luego hasta donde el señor Suescún, un paisano bondadoso de su vereda que los acogió junto con diez familias más en el sector de La Pedregosa, que en aquel 1949 era una zona rural de Bucaramanga donde había caneyes y mucho campo. Allí dormían.Se pegó sus primeros severos porrazos aprendiendo a montar en bicicleta prestada en la cancha La Mesita, mientras estudiaba en la escuela Roso Cala y se interesaba por los triunfos del ‘Zipa’ Forero en la primera vuelta y veía al santandereano ‘Chivito’ Clausen y escuchaba las sirenas de la camioneta que lo acompañaba con un botellón gigante de la cerveza Chivo, negra, espesa y brava.Fue mensajero de Alfonso Riascos, entregaba pedidos de drogas, traía la comida a los perros y azotaba las calles de la vieja Bucaramanga con su bicicleta de dos parrillas, ancha y pesada como su nueva vida.Su padre le compró una de 60 pesos para que no caminara tanto ni llegara tan tarde desde Jesús Obrero, donde estudiaba de noche, hasta San Alonso. Pasó por una ‘cachona’ de la Monark y llegó hasta una Benotto francesa con 400 pesos que le facilitó doña Alicia que trabajaba en El Roble y 'que está ahí presente'  y me la señala con sus dedos toscos de tanto apretujar manubrios. Doña Alicia, una de sus hermanas – la otra es Socorro pero tal vez Carlos Arturo Rueda le puso ‘Lola’- se asoma por la puerta de la cocina, nos sonríe con sus ojos pequeños y deja ver el fulgor de su bondad en el instante de lo que dura un relámpago.Severo, que es un hombre del que parece que su vida fuera un eterno jolgorio, se ríe ampliamente, se carcajea con modulaciones y notas musicales porque puede empezar en un fa mayor y terminar en un si bemol.

Me muestra la cicatriz de su reciente operación de tres discos lumbares, se levanta la camiseta con textos en inglés y alcanzo a ver en el bajo de su espalda el trazo feroz del escalpelo que le llega hasta otra raya más o menos impúdica.

Primeras y últimas vueltasPara recorrer trece países en representación de Colombia primero se apuntó en una 'doble a Piedecuesta' y para su sorpresa se la ganó. Empiezan ahora sí las alegrías y las lágrimas. En su primera vuelta a Colombia en 1962 ocupó el puesto 22. 'Hubiéramos podido hacer más si hubiera venido un tipo capacitado a enseñarnos' nos dice mientras mira con nostalgia agradecida por el espejo retrovisor de sus gratas jornadas. Estuvo en México en 1967 en la Vuelta de la Juventud donde ganó la última etapa entre Zitácuaro y Ciudad de México donde el campeón fue Álvaro Pachón Morales ‘El Cóndor’. Recuerda que entrando al autódromo Magdaleno Michuca, Julio Arrastía que retransmitía oyendo emisoras locales – con la tecnología picapedrera de la época—gritaba: '¡Ahí viene el número 26, el 26 es un colombiano...! ¡Llegó el filipino Severo Hernández!'Le dijo filipino por sus ojos rasgados y pequeños, 'pero para lo que hay que ver para qué más ojos' y riéndose se  despeluca ese pelo pertinazmente  tieso.En 1968 en los Olímpicos de México estuvo con Cochise Rodríguez, Luis Carlos Saldarriaga y Mario ‘Papaya’ Vanegas integrando el equipo de 4 mil metros persecución, porque además de rutero era corredor de pista.En las vueltas a Colombia lloraba subiendo Valparaíso pues no habían construido la variante de Supía a La Pintada que ahora pasa por las orillas del río Cauca, y entonces llorando y llorando se bajó de la bicicleta y se decía: ¿Por qué me metí en esto en vez de estar tranquilito allá en San Alonso tomándome un jugo?Esas cuestas eran un reto a la gravedad, un desafío para arañas peludas, un resbaladero de cangrejos. En los tiempos de Roberto ‘Pajarito’ Buitrago, ‘El tigrillo de Pereira’ y ‘El león del Tolima’ las vías no eran la alfombra roja de las etapas de ahora; había que atravesar puentes colgantes de madera,- donde había puentes- y también había pasos sólo para culebras nadadoras; de modo que el corredor no iba montado en su bicicleta sino que, cambiando las cargas, era la bicicleta la que iba montada sobre el corredor. Pues sí, señor: tocaba echársela al hombro. Al final de ese vía crucis únicamente faltaba que al ganador de la competencia no le pusieran una corona de laurel sino una de espinas.Me cuenta Severo que apenas se estaban empezando a construir hoteles en los pueblos y en Anserma, por ejemplo, se hospedaban en casas de familia y los ciclistas no eran los consentidos de ahora que los secan con una toalla y los suben en buses climatizados para llevarlos al hotel que queda a una cuadra de la meta.Las bicicletas no eran livianas, ni los cascos tan cómodos ni tan protectores, las telas de los uniformes eran burdas, las zapatillas primitivas y las aguas para la deshidratación no eran un 'Oasis'.Pero la satisfacción era que la gente recordaba con cariño, muchos años después, los nombres de los luchadores así no se llevaran ningún honor, ninguna flor, ningún beso perfumado de las modelos de relojes Pierce, de Ferretería Reina, de Wrangler Caribú o de Cauchosol.Ahora son muy escasos los colombianos que saben el nombre del último ganador de la Vuelta a Colombia del 2010. La del 2009 me tocó buscarlo y supe que fue el venezolano se me olvidó. Creo que es un Rujano.El almacén, la casa donada y la granjaSevero que fue sexto en la Vuelta de 1968 consiguió una casa en Terrazas, regalada en parte por tantas satisfacciones entregadas a los santandereanos, con una inicial de $19 mil logrados en un espectáculo que no tiene nada que ver con bielas, calapiés, ni galápagos: un partido de fútbol entre Junior y Atlético Bucaramanga. Su amado almacén de bicicletas y repuestos para motocicletas que inauguró hace 40 años en la calle 23 con 14, hoy lo maneja su hijo Mauricio: Bodegas Mauricio Hernández. Lo inauguró con bendición del cura Angarita, el pediatra Norberto Morales Ballesteros que llevó champaña y pasabocas y el motociclista Orlando Prieto,‘Patabrava’.Y su segundo paraíso sobre esta tierra dulce y amarga está en Lebrija. Se llama El Lebrel. Un día, Crespo Ita, entrenador de ciclismo español escribió en El Espectador que Severo tenía ‘el clásico pedaleo del lebrel.’ Severo buscó en el diccionario y encontró que el lebrel es un animal de un caminado muy rápido, propio de las montañas españolas, parecido a la liebre. De ‘El Lebrel’ vendió, muy a su pesar, la mitad de su corazón con su lago y sus estrellas.¿Usted es muy severo? es mi última pregunta. Se rasca su abdomen que hace parte de sus 80 kilos y se burla: 'Ahora con severo dolor de cabeza y severa fractura me toman el pelo mis amigos hasta con Severo Copete.'Me despido del campeón, de sus hermanas, de su pared verde, de la sagrada Biblia y salgo a la carrera 22.Veo dos metros más allá un automóvil rojo arterial con entreverados blancos, largo como una limusina y pesado como tonelada y media de metales diversos y le pregunto a otro amigo que salió a la puerta: -¿Es de él? 'Pues sí' -¿Y gasta mucha gasolina? 'No', me responde a punto de reírse. 'Apenas cuando arranca no más, que desocupa el tanque.' Severo carro.Anécdotas sobre ruedasEn un campeonato del mundo en Uruguay, Miguel Samacá, el famoso ‘Don Coraje’ campeón colombiano en los años 72 y 74 llegó con la 'gorra así terciada – y empieza Severo a remedarlo y a hacer morontoñas y gesticulaciones- y me dice casi llorando, porque llegó casi de último en la competencia: ‘¡Ay, ¿por qué no me haría mi Dios homosexual en vez de haberme hecho ciclista?’'. Más carcajadas en la sala.Cuando llegaron a Chicago  para una temporada en el velódromo local después de haber competido en los juegos de Winnipeg, Canadá, en el hotel había camas que masajeaban durante tres minutos cuando le echaban una moneda de un cuarto de dólar en una ranura depositaria. Su compadre Martín Emilio ‘Cochise’ – él es padrino de su hija Marta Lucía que también nació un 9 de noviembre- y que leía hasta tarde en la noche echó una moneda en la cama de Severo mientras éste dormía profundo a la una de la mañana. ¡San Emilio, San Emilio..!' invocaba Severo, buscando la puerta mientras el compadre Emilio Rodríguez, con sus carcajadas paisas, en su cama y con su libro, invocaba al patrono de los bromistas.En 1965 en Santiago de Chile, los argentinos miraban a Severo y a sus compañeros de equipo, pero más que todo a sus bicicletas. Y con esa sorna pérfida que se triplica con los arrogantes, musitaban: 'Pero ché, ¿qué irán a hacer esos colombianos con esas bicicletas de repartir pan?' Y con las repartidoras de pan, les repartieron sopa, seco y postre en todas las carreras. Severas risas.

Publicado por: CÉSAR AUGUSTO ALMEIDA R. calmeida@vanguardia.com

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