domingo 14 de marzo de 2010 - 11:00 AM

De San Gil a Angola

Seis sangileños decidieron buscar su ‘sueño americano’ en un país africano donde abunda el petróleo y los diamantes. Pero no fueron tras esas riquezas. Llevan seis meses instalando redes eléctricas contratados por una empresa española. Así viven en Angola, un país que sólo hasta hace 10 años pudo poner fin a una guerra civil que se prolongó por más de un cuarto de siglo.  

Hasta ahora, lo único que unía a Bucaramanga con la lejana Angola, al suroeste de África, era quizás que uno de sus ciudadanos, el atleta Joao Ntyamba, ganó en 2006 la tercera versión del ¼ de Maratón que se realiza anualmente en la Ciudad Bonita. Esa vez, Ntyamba se impuso ante más de 17 mil competidores luego de recorrer 10,5 kilómetros en 31’02’’, y lo celebró con tanta alegría que los bumangueses aún lo recuerdan.

Pero esto lo ignoraba por completo Nelson Javier Silva, un administrador público que en esa época vivía en San Gil y que desde septiembre de 2009 pasa sus días en un campamento a 15 minutos de una ciudad angoleña llamada Sumbe, a 270 kilómetros de Luanda, la capital, más o menos la misma distancia que separa a Bucaramanga de Tunja.

'Yo de Angola no sabía nada. Absolutamente nada', dice.

Ya han pasado seis meses desde su llegada al país africano y Nelson empieza a defenderse con el portugués, el idioma oficial, a familiarizarse con el imbondeiro, un árbol tan grande como una ceiba pero con poquísimas hojas que abunda en la región, con la cuca, la cerveza nacional y hasta con el kuruduro, un baile parecido a la champeta.

También con los 30 grados de temperatura permanentes, con las más de 12 horas diarias de trabajo y con las minas antipersonal que aún están sembradas en todo el territorio angoleño, luego de que terminara una guerra civil que se prolongó por más de 25 años.


Uno entre 450

Son las 9 y 40 de la noche en Angola, seis horas más tarde que en Bucaramanga.

Nelson está sentado frente al portátil en su habitación. Duerme en un campamento construido con módulos metálicos que se arman rápidamente, compuestos cada uno por 10 habitaciones, 4  duchas y 3 baños. Por fortuna, en las habitaciones hay aire acondicionado y él comparte la suya con uno de los 160 extranjeros que también llegaron a Angola buscando el progreso tan esquivo en su tierra.

La razón puede que no se acomode al perfil de un administrador público. Pero eso poco importa. Nelson hace parte de un proyecto que lidera la empresa española Isolux Cosan, que busca llevar energía eléctrica a 120 mil habitantes en las poblaciones de Sumbe, Porto Amboim, Malange y Cabinda, que están en medio de las montañas y muy cerca del océano Atlántico.

Concretar el viaje fue una idea de Martín Almonacid, otro sangileño que sí es ingeniero eléctrico y que ya había recibido una oferta laboral en 2004 de la misma empresa española para trabajar en Siria. Pero Martín no la aceptó y siguió en Colombia como contratista en el sector energético, hasta que en 2009 las condiciones cambiaron cuando le propusieron trabajar en Angola. Él sería el director del proyecto en Sumbe y tendría a cargo la selección de gran parte del personal. De Colombia, dice Nelson, 'hay 120 personas trabajando para mejorar el servicio de energía'.

Y efectivamente, Martín es el jefe. También hay mexicanos, peruanos, argentinos, españoles, rumanos, italianos, uruguayos, brasileños y portugueses. En total, el proyecto reúne a 450 personas porque además de los extranjeros participan 290 locales de Sumbe y Porto Amboim.


Un largo viaje

Hablar con Nelson vía Chat no es fácil porque la señal se cae constantemente. Pero él se considera un afortunado porque en Angola la tecnología que ofrecen los medios de comunicación es precaria y aunque en el campamento la empresa instaló un sistema satelital propio, no todos pueden conectarse para hablar con sus familiares desde las habitaciones. 'Los que no cogen señal van a comunicarse con su familia al comedor'.

En San Gil, Nelson trabajaba consiguiendo contratos a través de políticos y tenía conocimientos en trabajos eléctricos y experiencia en ese campo. Lo mismo ocurrió con sus otros cuatro compañeros de San Gil que terminaron en Angola animados por Martín.

El proceso de selección empezó en abril de 2009 y cinco meses más tarde, los seis sangileños tocaron tierra angoleña después de un viaje de tres días que los llevó desde Bucaramanga a Bogotá, Sao Pablo, Johannesburgo, Luanda y finalmente Sumbe, donde aún pueden verse vestigios de la guerra. 'En las calles se ven vehículos y casas  destruidas', dice.

Definitivamente, el sueño para estos santandereanos no tiene nada que ver con vivir en un país industrializado. Angola vendría a ser la antítesis de Estados Unidos. Lo que los seduce, por supuesto, es el dinero.

'Las vías en Sumbe son malas, la mayoría es en tierra, el clima es muy caliente, el agua maluca y hay muy poca luz, los que medio tienen es porque poseen generadores particulares que trabajan con acpm o diesel; acá le llaman gasoil', cuenta.

El paisaje tampoco es muy amistoso. El terreno se parece mucho a las montañas santandereanas y cerca del campamento, que los locales llaman estaleiro, hay desierto.

Entre esas montañas los sangileños pasan la mayor parte del tiempo, aunque el trabajo de Nelson se concentra en el almacén del campamento, apoyado por otro de los seis, Robinson Durán García. Allí Nelson es el jefe.

'Esto está diseñado para trabajar, sólo trabajar. Nos levantamos a las 4 de la mañana y estamos acostándonos a las 11 de la noche. El ritmo de trabajo es fuerte y se maneja una presión alta por cumplimientos de obra. Nos tienen al 120 por ciento', dice Nelson.

Y a esto se suma el peligro que representan las minas antipersonal. Como sucede en Colombia, ese es uno de los grandes flagelos que ha dejado la más larga de las guerras civiles en África y que sigue mutilando a personas inocentes.

A solo 15 minutos de Sumbe, cada vez que salen a instalar las redes eléctricas, Nelson cuenta que hay un escuadrón especial de desminado que actúa como anillo de seguridad. 'Ellos van pasando por donde va la línea de energía. Lo curioso es que quienes conforman ese escuadrón fueron de los mismos que pusieron las minas durante la guerra. Ellos van con sus aparatos abriendo trocha', dice.

Por fortuna, en los últimos cinco meses no ha habido accidentes en la zona.


Marcas de la pobreza

Al parecer, para hablar de desarrollo en Angola se tendría que pensar en el futuro y no en el presente. 'Se ven muchísimas cosas que te impactan y no lo puedes creer. Entre nosotros hablamos y decimos que se necesitan por lo menos como diez generaciones para que esto esté mejor'.

Por ejemplo, el trato a la mujer es lamentable. Empezando porque son ellas las que trabajan y los hombres los que las esperan en la casa. 'Los que medio trabajan utilizan el  dinero para tomar. Hay poca gente con un grado de cultura aceptable. En Sumbe, las familias están compuestas por entre 7 y 10 personas y el grado de mortalidad infantil es altísimo'.

Nelson describe a los angoleños como personas lentas para el trabajo y con muy pocos deseos de aprender. Sin embargo, según afirma este administrador, uno de los compromisos de la empresa española con el gobierno de Angola, es emplear locales para que ellos después se  desempeñen en el mantenimiento  de las líneas de energía.

La situación de la vivienda también es alarmante. Las casas son de barro y están mal construidas. 'Hace como diez días llovió y por lo menos se cayeron entre 30 y 50 casas cerca al campamento', relata.

Y aunque la lista de dificultades es larga, los sangileños no se lamentan. Sienten que su trabajo ayuda a salir adelante a los angoleños y que les traerá bastantes beneficios cuando regresen a Colombia a finales de septiembre.

Nelson tiene 40 años, un hijo de cinco y una novia llamada Sandra Yolima con la que piensa casarse cuando regrese a San Gil. Esos son sus planes. Por eso no gasta un solo peso de su sueldo, que la empresa le consigna directamente a una cuenta en Colombia cada mes. 'El pago es bueno.  Dan unas ‘dietas’ para nuestros gastos acá y el sueldo lo consignan en nuestro país'.

Los sueldos varían según el área de trabajo. 'Más o menos US$1.500 ganamos los que estamos en el almacén. También se manejan unas bonificaciones. Se descansa los domingos pero también se trabajan de vez en cuando. Si estamos libres vamos a la ciudad, a la playa y se juega fútbol'.

Afortunadamente, todo está cerca al campamento, aunque el turismo es un asunto nuevo en un país que hasta ahora empieza a levantarse de los destrozos de la guerra.

 

Lo que sorprende

La comida. Preparan un plato que comen diariamente llamado funch, que es como el bollo limpio de la Costa colombiana. Los angoleños afirman que da mucha fortaleza. 'Para nosotros al principio fue duro, pero fuimos diciéndoles a los locales cómo preparar los alimentos y ya estamos mejorando en este aspecto', dice Nelson.

La autoridad. Se respeta muchísimo. En Sumbe hay alcalde y gobernador. 'Los de seguridad, que son la Policía, son ex combatientes o familiares de los que militaron en la guerra. En Luanda, la capital, hay escuelas de formación de policías'.

El fútbol. Aunque en Angola el baloncesto es el deporte que más se juega, también hay gran afición por el fútbol. Incluso, en enero el país fue sede de la Copa Africana de Naciones que vendría a ser como nuestra Copa América. Nelson y el resto del grupo de sangileños viajó a Benguela, una ciudad a 230 km de Sumbe, sólo para ver el partido de primera ronda entre Egipto y Nigeria. 'Quedaron 1-1 pero lo mejor fue que el gran campeón de la Copa fue Egipto'.

Vida nocturna. Los fines de semana empiezan el domingo y se sale a rumbear a las doce de la noche. Bailan un ritmo llamado kuruduro, parecido a la champeta.

Raza. El 99% de los angoleños es de raza negra, los otros son mulatos.

 

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