jueves 16 de mayo de 2019 - 4:11 PM

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Ha pasado 23 años desde que los Afanador Montañez fueron golpeados por la violencia que por allá en los 90 arreciaba de manera cruel no solo en Santander, sino en el país. Hoy, con ‘berraquera’, una madre campesina y cuatro de sus hijos que quedaron con vida, intentan salir adelante con un nuevo proyecto productivo que emprendieron en su tierra, esa en la que no solo el clima es caluroso, sino también su gente: Sabana de Torres.
Escuchar este artículo

La desgracia que vivió la familia Afanador Montañez parece de película: seis hijos que no alcanzaron a conocer el mundo, la muerte de otros dos en manos de criminales, un padre que sufrió por enfermedades y una esposa que, aunque quiso entregarlo todo para darles lo mejor a los cuatro hijos que le quedaron, sufrió las mayores consecuencias del dolor de la guerra.

Irene Montañez Martínez, hoy con 80 años, vive un nuevo comienzo. No solo logró recuperar la finca de la que tuvo que huir por la violencia en 1996, hace unos días, de la mano de su hijo Samuel -el único de los varones que le quedó-, iniciaron su propio proyecto productivo.

Allí, en la finca Los Cocos, en Sabana de Torres, intentarán sacar la mejor sonrisa y llenar cada rincón de color, para olvidar los malos momentos que empañaron la felicidad de esta familia.

Su propósito ahora es uno: sacarle el mejor provecho a 15 búfalos que les entregó la Unidad de Restitución de Tierras, URT.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

El día que comenzó la tragedia

El 14 de marzo de 1996, pasadas las 6:00 de la tarde, llegó la peor desgracia que podría vivir una familia... Los Afanador Montañez fueron los dolientes.

Aquel día, recuerda Irene, estaba con sus hijos Daniel, de 29 años; Pedro, de 25 y Samuel de 22. El mayor escuchaba música en una grabadora, mientras que los otros dos miraban televisión.

De repente, cuenta Irene, llegaron varios hombres vestidos de negro y con pasamontañas. Apagaron toda la luz de la finca y en seguida mataron a Daniel con tiros de fusil. Tras los disparos, Irene cogió a Pedro y a Samuel para intentar huir. Los llevó por delante para cubrir sus espaldas, pero esto no fue impedimento para que algo les pasara.

Lea también: La conmovedora historia de la familia campesina a la que le restituyeron su finca en Santander

Con sus propios ojos, esta madre campesina vio cómo le quitaron la vida a Pedro. A Samuel, por fortuna, lo dejaron ir.

“Le dijeron a Samuel: corra pa’ matarlo. Su respuesta fue: si me van a matar háganlo de frente. Él pudo defenderse, salir corriendo y escapar sin que le hicieran daño”, dijo Irene.

Samuel corrió y corrió, quién sabe cuántos kilómetros, hasta que entró en razón.

Irene, por su parte, sintió una voz que decía “escapa por tu vida, escapa por tu vida”, y así lo hizo. Salió en pura y se lanzó a un barranco lleno de agua que había en la finca. Allí logró esconderse.

“Recuerdo que había un árbol en todo el barranco y eso me ayudó también a ocultarme. No se me olvida que los hombres que llegaron, en medio de la búsqueda, me alumbraban con linternas pero no alcanzaban a verme. Un hombre dijo: déjenla, ya le mataron los hijos. En ese momento me di cuenta que habían muerto de verdad”, relata.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Allí, bajo el agua, con arbustos encima, y solo con la punta de su nariz afuera para poder respirar, permaneció Irene hasta el siguiente día.

Su hijo Samuel, aunque pidió ayuda a algunos vecinos para volver y rescatar a su madre, no pudo hacerlo. A esa hora, en la oscuridad, y después de lo sucedido podía ser peligroso regresar. Por eso siguió su camino hasta que pudo avisarle a algunos familiares, sus cuatro hermanas que se encontraban en Bucaramanga y Cúcuta, a la Policía de Sabana de Torres y a un pastor de la iglesia.

“Todo el mundo decía que me habían desaparecido, pero el pastor no lo creía. Para él, yo estaba viva. Por eso al otro día, sobre las 8:00 de la mañana me buscaron en la finca. Con unos palos empezaron a tocar el barranco y se dieron cuenta que yo estaba ahí”, menciona Irene.

Ella, indefensa y con un dolor profundo en su alma, pudo salir de ahí en brazos de Samuel. Lo más trágico, cuenta, fue ver a Daniel tirado en el suelo, muerto, con sus brazos y sus ojos abiertos. “Cuando vi eso me desmayé”.

Sola le tocó enfrentar la crueldad, pues su esposo Aníbal no pudo hacer mayor cosa. Estaba enfermo de la próstata e internado en un hospital de Floridablanca.

“Solo recuerdo que cada vez que me despertaba gritaba que me habían matado a mis hijos, y de repente sentía que me pinchaban el brazo”, detalla esta mujer.

Tres meses duró Irene en un puesto de salud, medicada, tratando de asimilar los hechos. Sin embargo, las cosas no mostraban mejoría.

Además de perder a sus dos hijos, los hombres que entraron en la finca Los Cocos la dejaron vacía. Se robaron todas sus pertenencias, entre esas: oro, cadenas, relojes, ganado, y cuanto objeto de valor había.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Destruida y abandonada, así quedó Los Cocos.

Samuel pensó que volverían para proteger la finca. Lo cierto es que nadie iba a permitir que regresaran para que tuvieran el mismo destino de Daniel y Pedro: la muerte.

El calvario continuó: Irene en un hospital psiquiátrico

Irene, desesperada porque la vida le había quitado dos hijos de esta manera, enfermó. Tanto, que terminó en el Hospital Psiquiátrico San Camilo, en Bucaramanga.

Allí, recuerda con tristeza, “deseaba morirme. Estar en ese lugar fue terrible para mí a pesar de que me visitaban y recibía atención. Me daban droga y me acostaban para quedarme dormida. Así la pasaba casi todos los días”.

Este dolor también se acumuló con otros recuerdos. Antes de los hechos tuvo cinco hijos más de quienes también tuvo que enfrentar sus pérdidas. Unos murieron por enfermedades y otros ni alcanzaron a nacer.

Allí, en el hospital, Irene solo tuvo una opción: llenarse de valor para salir adelante. “Me daban dos pastillas y las últimas veces decidí tomarme solo una, la otra la metía debajo de la lengua sin que la enfermera se diera cuenta y luego la tiraba a un sifón”.

Luego de 20 días en aquel lugar, salió y enfrentó su realidad. Tuvo que rehacer su vida y mirar la manera de sobrevivir en una ciudad. Un sitio en el que nunca imaginó vivir, lejos de su amado ambiente campesino.

Una vida diferente en la ciudad

Tras los hechos de violencia que se vivieron en 1996, Irene y su hijo huyeron a Bucaramanga.

“Nos radicamos en Real de Minas. Allí vivimos dos años pero luego tocó hipotecar la casa porque preciso nos robaron el carro y aparte de todo nos extorsionaban. Una vez nos dijeron que si no pagaba 3 millones de pesos, iban a matar a Samuel”, detalla Irene.

Le puede interesar: El Lago: el parque que marcó la niñez de los santandereanos

Luego tomó la decisión de irse a vivir sola cerca de la Plaza Satélite, en Floridablanca. Samuel ya comenzaba a formar su propio hogar.

En aquel tiempo, “como ya no tenía plata para sostenerme, me fui a una pieza y empecé a vender ayacos, rellenas, tamales, y cuanta cosa pudiera. Me levantaba a las 2:30 de la mañana y salía a las 5:00 a las calles. Me iba para la carrera 33 con calle 9 y me hacía en una esquina”.

Su esposo, Aníbal, no pudo compartir más momentos junto a Irene. La enfermedad y los años lo obligaron a estar con alguien que pudiera atenderlo y estar más pendiente de su salud. Por eso, tuvo que vivir sus últimos años en casa de Omaira, una de sus hijas.

“A él también le dio cáncer y aunque Dios lo sanó, siguió enfermándose. En 2011 le dio una gripa que le dañó los bronquios. El 14 de agosto de ese año murió”, relata esta mujer quien aún lo recuerda como su mejor compañero de vida.

Se reencontraron con su tierra

Un día cualquiera, recuerda Samuel, se enteró por televisión de la existencia de la Unidad de Restitución de Tierras, URT. Sin pensarlo, intentó convencer a su madre de pasar los documentos necesarios para que la entidad les ayudara y les devolviera su tierra que fue invadida luego de huir por la violencia.

Sin embargo, Irene siempre se opuso a esta idea de regresar. Sabía que los recuerdos llegarían a su mente, y consigo, el miedo.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

“Mi mamá decía que por ningún motivo íbamos a volver, hasta me amenazó y dijo que me iba a dar palo. Yo lo único que le dije es que me fuera dando porque sí íbamos a regresar”, narra Samuel entre risas.

Tras la negación de mamá, el hijo logró que ella le diera un poder del predio para pasar la documentación a la URT.

Aunque los Afanador Montañez recibieron la vivienda de Real de Minas y 87 millones de pesos por parte de las personas que llegaron a la finca a ocuparla, el proceso de restitución fue exitoso.

Exactamente el 18 de diciembre de 2017 pudieron reencontrarse con el predio ‘Los Cocos’. Hubo sentimientos encontrados. Fue como retroceder la ‘película’ y volver al momento de los hechos, sumado a que tuvieron que ver el dolor de otras personas que fueron desalojadas de la finca de la que hace 23 años huyeron.

“Fue terrible... Tuvo que hacer presencia la Policía, el Ejército, en fin. Sentí miedo”, detalla Irene.

Pese a que volvieron al predio, decidió no vivir más allí, sin embargo, se desplaza frecuentemente entre Bucaramanga y Sabana de Torres para visitar el nuevo hogar de su hijo Samuel, esposa y nietos.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Un nuevo comienzo

Uno de los objetivos de la Unidad de Restitución de Tierras, URT, además de devolver los predios, es ayudar a estas familias campesinas para iniciar un proyecto productivo y se puedan sostener en el campo.

Dos años después de vivir en esta parcela de 87 hectáreas, los Afanador recibieron 15 búfalos para dedicarse a la producción de leche, principalmente.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

“Nuestro sueño es seguir en la lucha y producir. Que el día de mañana mis nietos y los de mis hijos les quede algo para sobrevivir. Quiero que produzcan leche y crías”, manifiesta Irene con una sonrisa que hoy nadie se la quita.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Así van los siete años de la URT

De acuerdo con Andrés Castro Forero, director general de la URT, durante los siete años que ha funcionado la entidad, “se han restituido alrededor de 340.000 hectáreas y se han beneficiado 45.000 personas en el país”.

En el Magdalena Medio, señaló, se ha restituido 4.600 hectáreas a 87 familias, a través de 192 sentencias.

“Las inversiones en proyectos productivos ascienden a más de 1.500 millones de pesos que favorecen a 58 familias” actualmente.

Vea también: Esta serpiente es única en el mundo y fue hallada en Santander

Tanto los Afanador Montañez, como el resto de familias que se benefician con la restitución, cuentan con el acompañamiento de profesionales, durante dos años, para que los proyectos que deciden emprender se consoliden y más adelante les permita una estabilización económica”.

La familia santandereana a la que la violencia no logró derrotar

Datos

• Luego de la tragedia que vivió Irene, acostumbró a amarrar en cada rodilla dos retazos de tela. Sin ellos, dice, siente dolor en sus piernas.

• En total, Irene y su esposo Aníbal tuvieron 12 hijos, ocho hombres y cinco mujeres. De ellos, solo cuatro están vivos.

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí.
Lea también
Publicidad
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad