domingo 04 de enero de 2009 - 10:00 AM

Testigos de la historia

LA EJECUCIÓN DE LUIS xvi
'Camino a la eternidad'


El 20 de enero de 1793, la Asamblea Nacional francesa condenó a muerte a Luis XVI. Su ejecución fue prevista para el día siguiente. Luis se despertó a las cinco y a las ocho en punto, un ejército de 1.200 hombres a caballo escoltó al ex rey en un viaje de dos horas hasta el lugar de su ejecución. Para que lo acompañara, el rey invitó a Henry Essex Edgeworth, un sacerdote inglés que vivía en Francia, quien narró el viaje.

'El rey estaba ensimismado en su carruaje, en el cual no le podía hablar ni que me hablara. El rey mantuvo un profundo silencio. Le presenté mi Biblia, que es lo único que llevo siempre conmigo y pareció aceptar con placer los salmos que yo había escogido para su situación. Parecía ansioso, debo decirlo, pero sin embargo recitó los versos atentamente conmigo.

Los soldados, sin hablar, parecían confundidos y sorprendidos de la tranquila religiosidad de su monarca a quien sin duda, antes, no habían visto tan de cerca.

La procesión duró casi dos horas. En las calles se alineaban los ciudadanos, todos armados, algunos con palos y otros con armas de fuego y el carruaje pronto fue rodeado por un grupo de los más desesperados del país.

Como precaución se habían colocado tambores delante de los caballos para acallar cualquier murmullo a favor del rey, pero… ¿sucedería acaso? Nadie parecía querer hacerlo y en todo caso, en las puertas y ventanas, en las calles, se habría confundido (cualquier aclamación) con la cantidad de hombres desesperados que se aglutinaban al paso del rey. El carruaje continuó, por lo tanto, en silencio, hasta la Plaza de Luis XV y se detuvo en medio de un espacio destinado para la ejecución.

Parte de este espacio estaba rodeado por un camión y más allá, una multitud armada que se extendía a lo largo de lo que el ojo alcanzaba a abarcar. Tan pronto el carruaje se detuvo, el rey se volvió hacia mí y me susurró: 'llegamos, si no me equivoco'. Mi silencio respondió que habíamos llegado (…). Tan pronto como el rey bajó del carruaje un grupo de soldados se acercó a él con el fin de desnudarlo, y lo habrían hecho si el rey no los hubiera rechazado con altanería. Se desnudó a si mismo. Los guardias, que parecían desconcertados con los gestos del rey, parecieron recuperar su audacia. Se acercaron para atraparlo por las manos, pero el rey se resistió y preguntó: '¿qué están haciendo?'. 'Tenemos que obligarlo', respondió uno de los desgraciados. 'Hagan lo que tengan que hacer, pero nunca podrán obligarme a mí a nada', respondió el rey'.

LA MUERTE DE MATA HARI
'Estoy lista'


Margaretha Geertruida Zelle (Leeuwarden, Países Bajos, 7 de agosto de 1876 - 15 de octubre de 1917), fue una famosa bailarina de striptease, condenada a muerte por espionaje y ejecutada durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

La leyenda sostiene que el pelotón de fusilamiento fue vendado para no sucumbir a sus encantos. Lanzó un beso de despedida a sus ejecutores y sólo acertaron 4 disparos de los 12 hombres que conformaban el pelotón, uno de ellos en el corazón, que le causó la muerte instantánea.
Henry Gales fue un periodista británico que escribió sobre la ejecución. Empieza a narrar su historia desde el momento en que Mata Hari se levantó en la madrugada del 15 de octubre. Ella le pidió clemencia al presidente francés y este periodista narra la expectativa que la respuesta del primer mandatario desató alrededor de quienes estaban junto a Mata Hari.

'La primera respuesta que recibió a su petición fue que esta había sido negada. En ese momento ella era conducida desde su celda en la prisión de Saint-Lazare, donde un automóvil la esperaba para llevarla al cuartel donde estaba listo el pelotón de fusilamiento.

Mata Hari nunca tuvo voluntad de hierro. El padre Arbaux y dos hermanas de la caridad la acompañaban en su celda, así como el Capitán Bouchardon.  Maitre Clunet, su abogado, entró cuando ella aún estaba durmiendo, placenteramente, inalterable. Se podía observar su tranquilidad, su calma.
Las hermanas la sacudieron ligeramente para despertarla. Una de ellas le dijo: 'tu hora ha llegado'.

'¿Puedo escribir dos cartas?', fue todo lo que preguntó. El Capitán Bouchardon asintió y le trajo pluma, tinta, papel y sobres. Ella se sentó en el borde de la cama y escribió con prisa febril. Las entregó a su abogado. Se puso sus zapatos altos y los ató con cintas de seda a su pantorrilla. Un poco grotesco, dadas las circunstancias.

Se levantó y de un gancho que estaba frente a la cama tomó su largo manto de terciopelo, con pieles colgando desde el cuello hasta su espalda. Colocó su manto sobre el kimono que usaba sobre su camisón.

Su exquisito cabello negro estaba todavía enrollado en trenzas sobre su cabeza. Se puso un gran sombrero negro de alas amplias de fieltro negro y cinta. Lentamente, al parecer con indiferencia, se puso un par de guantes de seda negra. Luego dijo con calma: Estoy lista.

El carro corrió velozmente a través del corazón de la ciudad, que aún estaba dormida. Eran apenas las cinco de la mañana y el sol no había salido totalmente.
El recorrido por París finalizó una vez que el carro estuvo en la Caserne de Vincennes, antigua fortaleza invadida por los alemanes en 1870.

Las tropas ya estaban listas para la ejecución (…) Mientras el padre hablaba con la mujer condenada, un oficial se acercó, llevando una tela blanca. 'La venda', susurró.

- ¿Debo usar esto?
- Si usted lo prefiere no, señora, no hay diferencia.
Mata Hari no fue obligada, no le vendaron los ojos. Ella miraba a su verdugos mientras el padre le hablaba, hasta que el abogado y las monjas lo alejaron de ella'.  

lA CAÍDA DE WALL STREET EN 1929
'Verdadero pánico'


La Gran Depresión que empezó en 1929 y se extendió hasta 1932 fue una cadena de errores que estalló con la quiebra de la bolsa de Nueva York, el primer eslabón.

La catástrofe financiera originó un descenso de la actividad económica y de las inversiones de los EE.UU., lo que dio a la crisis un matiz mundial.
Jonathan Leonard fue un reportero que estuvo en la escena de Wall Street cuando la bolsa de valores cayó. En esta historia narra lo que sucedió después del famoso ‘Jueves Negro’.

'Ese sábado y domingo el rumor de la sorpresa corría junto con las actividades diarias de la bolsa. En los grandes edificios los empleados luchaban por mantenerse despiertos, tratando de conseguir siquiera a un único comprador que los salvara de la terrible apertura del lunes.

Horrorizados, los corredores de bolsa veían como las solicitudes de venta de las acciones se acumulaban una tras otra. No fue una inundación, fue un diluvio.
El lunes, el sistema financiero cayó derrotado, aún cuando se pensaba que todavía estaba 'en guardia' por si alguna compra de acciones se presentaba.
Si acaso sucedió esta supuesta compra, lo cual resulta muy dudoso, de cualquier manera, el mercado no le prestó atención.

Periódicamente circulaban noticias que señalaban que los bancos lograrían revertir la situación, tal como había pasado el jueves, pero no fue así. Más bien, un cierto cinismo se apoderaba de las salas de junta de las grandes compañías.

Obviamente, los grandes pulpos financieros habían abandonado el mercado a su suerte, interesados seguramente en recoger las migajas del naufragio. Un empleado cualquiera dijo: 'muy bien, yo voy a hacer lo mismo'.

Cuando el mercado cerró finalmente, 9’212.800 acciones habían sido vendidas.
La lista de accionistas mostró alarmantes pérdidas y las pocas esperanzas que aún guardaban los inversionistas, estaban en manos de los pocos especuladores que aún se animaban a nadar en medio de la tormenta.

Esa noche, Wall Street se asemejaba a la noche de Navidad. Los restaurantes, las peluquerías y los negocios ambulantes estaban abiertos y haciendo, claro, un gran negocio.

Los niños sin hogar y los mensajeros en bicicleta invadieron las calles para jugar a la pelota y para cantar a todo pulmón.
Algunos bien vestidos colegas de la bolsa se quedaron dormidos en la banca del parque donde almorzaron a medio día.

Todos los hoteles, las casas de huéspedes e incluso los moteles estaban llenos de empleados financieros que estaban acostumbrados a dormir en el Bronx.
Esa noche fue, probablemente, la peor de Wall Street. Y no sólo porque el día había sido malo, sino porque hasta el más insignificante empleado de la bolsa sabía lo que sucedería al día siguiente'.

EN un campo de concentración
'Extrañamente inofensivo'


El campo de concentración de Maidanek fue establecido por los nazis en 1941 poco después de su conquista de Polonia. El propósito principal era el exterminio rápido de los recién llegados (en su mayoría judíos) traídos desde diversos países, entre ellos Checoslovaquia, Francia, Austria y Holanda. La mayoría de las víctimas, sin embargo, eran de la propia Polonia. Se estima que 1,5 millones de personas murieron en el campamento durante sus tres años de funcionamiento.

Las tropas soviéticas entraron en el campamento en julio de 1944.  Una semana más tarde, Alexander Werth se unió a un grupo de colegas periodistas en una visita guiada a las instalaciones.

'Mi primera reacción a Maidanek fue un sentimiento de sorpresa. Me había imaginado algo terrible y siniestro, más allá de las palabras. No fue nada parecido. Era extrañamente inofensivo desde afuera. '¿Es esto?', fue lo primero que pregunté cuando vi la zona. Detrás de nosotros estaba el horizonte y se veían las torres de Lublin. Había mucho polvo en el camino y la hierba era mate, de color gris-verdoso. El campamento estaba separado de la carretera por un par de alambradas, pero no parecía siniestro. El lugar es grande; como toda una ciudad en un cuartel pintado de un agradable verde. Había muchas personas entre soldados y civiles. Un centinela polaco abrió la puerta de alambre de púas para que los automóviles pudieran atravesar la calle principal. Había soldados a ambos lados del camino. Me sorprendió ver una barraca marcada con la frase Mala und Desinfektion II. 'Esto', dijo alguien, 'fue escrito porque un gran número de los que llegaron al campamento fueron traídos para eso'.

Así que este fue el lugar a dónde fueron expulsados. ¿Alguno de ellos sospechó, mientras se duchaba después de un largo viaje, lo que sucedería unos minutos más tarde? De todos modos, después de la ducha se les pidió que entraran en la habitación de al lado. En ese momento, incluso los más inocentes debieron haber desconfiado. La 'habitación de al lado' era una serie de estructuras de hormigón que no tenían ventanas. Una vez las personas estaban desnudas fueron forzadas a entrar en estos cuartos de hormigón oscuro –de unos cinco metros cuadrados-. Cada cuarto era ocupado por 200 o 250 personas. Estaban completamente a oscuras, a excepción de una pequeña luz en el techo.

De esta manera, el proceso de gasificación comenzó. Se bombeaba aire caliente desde el techo que hacía que se derrumbaran los azulejos de los cristales de la ducha. El aire húmedo se evaporaba rápidamente. En cualquier caso, entre dos y diez minutos todo el mundo estaba muerto.

Había seis cuartos especiales -las cámaras de gas- uno al lado del otro. Cerca de dos mil personas podrían ser eliminadas aquí a un mismo tiempo, dijo uno de los guías.

Pero, ¿qué pensamientos pasaron por la mente de estas personas durante los primeros minutos mientras que los cristales estaban cayendo?, ¿acaso alguien podría creer que este humillante proceso de ser apresado en un cuarto, de pie y desnudo, frotando la espalda con otras personas, tenía algo que ver con desinfección?'. 

 

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