Cuando terminó el bachillerato, anunció que quería estudiar pintura. Su familia, elemental como el campo que habitaba, no logró entender esa decisión alocada. ¡Pintor!, ¿y eso para qué?, se preguntó Guillermo, su hermano mayor, un verdadero roble de sombrero alón. Al principio, creyeron que se trataba de pintor de fachadas, pero después, cuando él se sentó a explicarles, entendieron menos, pero aún así lo apoyaron.
Publicado por: Alberto Sanín, Escritor, poeta y amigo de infancia
Estudió con sacrificio en la Universidad Nacional. Fueron cinco años de hambre y privaciones. Con un catre de lona, que había comprado en el Pasaje Rivas de Bogotá, y una caja de cartón, anduvo de pieza en pieza, por los barrios marginales de la capital, y cuando terminó sus estudios fue nombrado profesor de Teoría del Color en la facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Medellín, donde alternaba la cátedra con sus idas a Lovaina, la zona caliente de la ciudad, donde se dedicó a pintar sin parar. Ese fue su primer laboratorio. Se metía donde la negra Pintuco a retratar a las mujeres y sus ambientes, hasta la madrugada, para después salir a rematar con una arepa y un café negro. De allí surgió su primer trabajo, Las prostitutas, galardonado en 1972 con la Bolsa Viajera en la III Bienal de Arte Coltejer. Con ese premio viajó a Paris, donde vivió quince años.
Como símbolo de su retorno, y en homenaje a Gardel, compró una finquita en la tierra natal, a la que bautizó Volver, donde comenzó a cerrarse su ciclo vital, que había empezado en el campo, remontado las estrellas, y que ahora buscaba, de nuevo, la tierra. Una tarde de marzo, cuando terminaba de ajustar el caballete, le sobrevino un vómito de sangre, que dejó su huella en el lienzo blanco. De urgencias fue llevado al hospital, donde se sometió a toda clase de cuidados. Soportó una enfermedad fulminante con serenidad y valentía.
Un día, movido quién sabe por qué premonición, todavía convaleciente, pidió que lo llevarán a visitar a su hermano Guillermo, ese roble de sombrero alón, que fue su mecenas en los tiempos de universidad y que también se había desmadejado. Cuando tocó a la puerta del hermano enfermo, recordó que 35 años atrás, cuando partía de madrugada, a empezar la Universidad, había tocado también su ventana, para recoger el dinero que aquel le había prometido, 'para que se ayudara con medio pasaje'.
Para él, los billares y los bares representaron siempre un mundo subyugante. Así lo percibió, a los dieciséis años, en la puerta del café Rey Alfonso, de su pueblo. Allí, en el billar, estaba la fórmula anticipada para sentirse hombre y escapar de la soledad y quizás del olvido. El solo hecho de ser admitido por el garitero, beber, fumar, marcar la rocola, gritar con los amigos y salir de madrugada era suficiente para sentirse liberado y pleno. Pero todo se quedó en pura ilusión. Fueron muy pocas las veces en que pudo actuar; la falta de dinero lo relegaba a convertirse en un espectador más.
Empujado, tal vez, por ese deseo reprimido de juventud, decidió adentrarse en los billares parisinos a recuperar la vivencia perdida y a madurar la que sería su nueva temática. Se sumergió, entonces, en ese escenario metafórico, matizado de resplandores y sombras, con siluetas atrapadas por la soledad y el olvido, que afilaban sus tacos en la penumbra, a la espera de reventar su silencio, en la explosión de una carambola o incendiarlo en la fosforescencia del traganíquel, al compás de un tango perdido. Esas exploraciones lo estimularon a trabajar sin descanso hasta encontrar en esa metáfora de soledad y olvido el reconocimiento y su identidad artística. El éxito lo sorprendió en su destartalado sillón inglés, en donde se sentaba a crear o a distraer el hambre.
Hasta su cuartito azul llegó un día nadie menos que Aberbach, el propietario de la galería más prestigiosa del mundo, la Aberbach Fine Art de Nueva York. Quería conocer a ese nuevo talento que acababa de descubrir en una exposición de pintores jóvenes organizada por el Museo de Arte de París. Le extendió un contrato de exclusividad y un cheque en dólares. Lo primero que hizo Saturnino fue deshacerse del viejo sofá. Lo levantó en vilo y lo arrojó por la ventana del segundo piso. Cuando cayó, explotó en una cascada refulgente de monedas de oro, que los indigentes del sector desaparecieron en segundos. Quedó atónito, al percatarse de que los momentos más difíciles en París los había pasado sentado sobre un tesoro.
Vinieron exposiciones y distinciones: París. Nueva York. Caracas. La Habana. Alemania. Sao Paulo. Venecia, Roma y Colombia. Expuso en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo FIAC, de París, en compañía del maestro Fernando Botero. Frecuentó opulentas mesas, saboreó los mejores vinos, se codeó con la élite de la intelectualidad francesa y latinoamericana y se dedicó sin ambages a desbabar esa juventud que se había quedado congelada en la puerta del café Rey Alfonso. Sus rumbas fueron famosas en el ambiente bohemio parisino.
Después de 15 años de ausencia retornó a Colombia. De La Academie de Billard de la Place Clichy en el centro de París al café Rey Alfonso en la Plaza de Ferias del Socorro, su pueblo natal. Traía la misma maleta de fuelle que había comprado en la talabartería El Becerro, y ese caminado parroquiano que adquirió saltando surcos y trepando breñas. Lo único que dejó en los Campos Elíseos fue su timidez, y ahora se mostraba seguro dominador de situaciones, inteligente y locuaz, pero conservando la sencillez y autenticidad de sus ancestros. De la misma manera como se relacionaba con presidentes y altas personalidades, lo hacía con sus amigos de juventud: Madurito, El Cojo, Manitas, el Morado, el Pájaro y Mochito.













