El hecho causó extrañeza no sólo al escritor, sino que los lectores en general y los ámbitos intelectuales en particular quedaron estupefactos: "¿Cómo? ¿En serio? ¡Por fin se hizo justicia!" - escuché decir a algún entusiasta que batalló en la polifonía de La guerra del fin del mundo; "¿De verdad? ¿Y eso? Desde que escribe sólo por encargo editorial no ha publicado nada bueno" - sentenció de maner

Publicado por: Juan Sebastián Cruz Camacho / Profesional en Estudios Literarios
Es probable que tanto los seguidores como los detractores del escritor peruano, enfrascados en sus filias y fobias, hayan olvidado que Vargas Llosa ha hecho toda su carrera literaria a punta de sorpresas: en 1962, cuando el autor tenía sólo 26 años, La ciudad y los perros irrumpió sin ningún aviso para reclamar premio y lugar en las letras hispanoamericanas; cuando creíamos que el teatro había sido una mera afición juvenil, el ya consagrado novelista escribió tres dramas durante la década de los ochenta; cuando estábamos convencidos de que su vida había estado consagrada a la escritura de ficción, nos encontramos con sus ensayos de crítica literaria sobre Flaubert, García Márquez, Arguedas y Onetti, entre otros, que son lectura obligatoria desde la Sorbona hasta la Universidad de Buenos Aires. Así, el Nobel de Vargas Llosa no debería sorprendernos tanto como la versatilidad de su pluma o, quizás, podríamos considerarlo como una nueva muestra de su capacidad para asombrarnos.
En 1960, un destacado estudiante nacido en Arequipa, de aspecto recio y perfecto dominio del francés, llegó al inverno de París en busca de una beca doctoral. Pronto supo que le había sido negada, y sin más fortuna que un matrimonio en crisis y un paquete de cigarrillos Gauloises, supo que no le quedaba otra opción que vivir de escribir. Por fortuna, en casi la misma situación y lugar se encontraban otros tres personajes que habían tomado conciencia del mismo destino: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Estos cuatro amigos, que se reunían para hablar sobre sus obsesiones literarias hasta que se acabaran las botellas, no sabían que de sus plumas iban a nacer los mundos de ficción que le darían identidad verbal a América Latina. A partir de Vargas Llosa, Lima dejó de ser la nostálgica capital virreinal para convertirse en un laberinto de búsquedas estéticas; la capital peruana no invocó más las pasadas cortes, sino que enfrentó sus temores contemporáneos entrecruzando voces hasta lograr una cartografía existencial y social completa.
No considero exagerado asegurar que de todos los escritores asociados al boom de literatura latinoamericana, Vargas Llosa es el que posee la formación intelectual más sólida (tal vez sólo Fuentes puede comparársele). El peruano ha sido un lector infatigable y certero, uno de aquellos que puede moverse con plena libertad y conocimiento a lo largo de la inmensa tradición de la literatura occidental. Basta leer Cartas a un joven novelista para constatar que el escritor peruano es uno de los mayores conocedores de las técnicas literarias. Sin ninguna intención pretenciosa ni pedante, su prosa crítica se despliega para enseñarnos que las obras de ficción no son arrebatos de inspiración, ni citas de la inefable musa, sino un ejercicio riguroso que convierte a la disciplina en arte. Vargas Llosa no necesita del premio Nobel para consagrarse, pero, sin duda, se trata de un reconocimiento al juicioso oficio de la creación verbal, que no inventa mentiras, sino que construye las verdades simbólicas que nos fundan.
Hace pocas semanas, uno de los académicos europeos más notables de la actualidad estuvo en nuestro país dando una serie de conferencias. Al iniciar cada una de sus intervenciones, como si se tratara de un ritual, el profesor exponía su gratitud y sorpresa por el hecho de que su obra tuviera tanta acogida en nuestro continente (teniendo en cuenta que aún no ha sido traducida al español). El público, de manera casi unánime, se congraciaba ante la "elogiosa" intención del académico. Sin embargo, debo confesar que esas declaraciones me causaban gracia y, entre sonrisas, no dejaba de pensar en el prejuicio según el cual, para algunos europeos, los latinoamericanos hace apenas unos años nos bajamos de los árboles. Recordé esta anécdota tan pronto supe la noticia del Nobel concedido a Vargas Llosa, porque, con seguridad, su obra monumental (así sea con altibajos) le ha enseñado al mundo que del lado de acá también nos hemos dado a la tarea de pensar y crear. En ese sentido, los aplausos que a final de este año se oirán en el palacio de Estocolmo no serán solo para el autor de La fiesta del Chivo, sino también para todos los que, en esta parte del mundo, participamos de la fiesta de las letras.













