Cultura
Sábado 21 de mayo de 2011 - 12:00 AM

Bolívar Arellano; Me hice camino al andar

Para los ojos de quienes lo vieron emerger, cojeando y asido a sus dos cámaras fotográficas en medio de la oscuridad casi total, tras la caída de la primera de las torres gemelas, representaba la mismísima imagen de un ave fénix en sus dos concepciones mitológicas: la inmortalidad y la resurrección.

Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: MAURICIO OLAYA CORZO

De hecho, la historia de Bolívar Arellano,  un fotógrafo de origen ecuatoriano cuya vida, profesión y en sí misma relación con nuestra ciudad tiene todos los visos de un pasaje extraído de las extraordinarias narraciones de la mitología y en especial, de la historia misma del ave Fenix que traíamos a colación, pues pareciera que en el perene juego de la vida y la muerte que nos es común a todos, este hombre fuera un malabarista que estuviera más dispuesto que cualquier otro a jugarle sin temor a una u otra condición.

Mi padre, mi primer horizonte
Provoca físicas lágrimas oír en viva voz la historia de este hombre cuando se remite a su niñez en San Pedro de Alausí, un pequeño pueblo de fuerte arraigo español localizado en la provincia de Chimborazo, en Ecuador. "Siempre ha existido en mí una especie de resorte que me impulsa a tomar decisiones sin medir las consecuencias que ellas traigan. De hecho, recuerdo una mañana en la escuela cuando el profesor comenzaba a tomar una especie de lista de asistencia, nombraba al estudiante y acto seguido a sus padres. Cuando me tocó en turno, una aguja de sentimiento penetró hasta lo más hondo de mí ser: Bolívar Arellano, hijo de Clemencia Arellano y padre desconocido... Suficiente argumento. A los diez años de edad, y tras una serie de indagaciones familiares me enteré de que mi padre se llamaba Roberto Arciniegas y que vivía y trabajaba en Colombia. No había tiempo de pensarlo más: dos pantalones, dos camisas, un saco, y a iniciar un largo recorrido hasta dar con él".
De hecho, esa información era del todo correcta y remite directamente a un capítulo de la historia de Vanguardia Liberal, pues cuando se revisan las páginas de este diario a mediados de los años sesenta, aparecen los créditos de Roberto Arciniegas como autor de algunas fotografías. En efecto, 'el Pastuso', como se le conocía en el medio, hacía parte del equipo de fotógrafos que, trabajando para Foto Récord, ofertaba sus servicios a este medio.
Retomando la historia de Bolívar Arellano en búsqueda de su padre, llega todo un rosario de acontecimientos que exigirían muchas páginas para serle fiel a lo que sucedió en la vida del hijo que busca a su padre para recobrar su identidad. Horas de camino a pie, o colgado del primer camión que se descuidara, horas de trabajo lavando platos a cambio de la comida diaria en un café de Riobamba, el penoso y largo tránsito entre las ciudades de Quito, Tulcán, Ipiales, Túquerres y Pasto, el robo de unas empanadas como reacción ante la negativa de su dueño de reconocerle la debida comisión por venta, la repatriación y la correccional en Quito, el regreso a su pueblo y, en menos de dos años, el retorno a su misión de encontrar a su padre, en un periplo de casi tres años de incertidumbre, de ciudad en ciudad con una fotografía en sus manos como su único referente visual: "Busco a mi padre; se llama Roberto Arciniegas y luce así con este sombrero alón blanco".

Bucaramanga y la fotografía
A los dieciséis años, por fin se logra el propósito y se produce el tan esperado encuentro, que, como era de esperarse, traería una alta carga de desilusión, amargura y frustración, puesto que era la llegada de un ser perdido a un mundo familiar construido de manera ajena a una vida dejada atrás hace muchos años. "Mi padre me recibió con frialdad y solo la carta enviada por su madre, mi abuela, donde ratificaba mi condición, lo convenció, con la debida claridad de que yo hacía parte de un capítulo perdido en su vida que por cierto, no le interesaba retomar".
Buscando una solución a ese problema que le surgía en su vida, su padre buscó apoyo en sus colegas fotógrafos, y fue así como Carlos Eslava recibió al muchacho en su laboratorio para que aprendiera el oficio, con la sorpresa de encontrarse con una verdadera estrella que, quizá por su juventud, el mismo deseo de superación y ese resorte interno que lo impulsaba, le permitió mostrar sus habilidades al consignar para la historia regional centenares de placas de eventos de trascendencia política y social, como la marcha de los estudiantes de la UIS hacia Bogotá bajo el liderazgo de Jaime Arenas y algunas de las grandes manifestaciones del cura Camilo Torres, poco tiempo antes de dejar la sotana e ingresar a la guerrilla donde hallaría la muerte.
Bolívar, reportero gráfico
Tras un par de años de trabajo en la ciudad, tomó la decisión de retornar a su país, en donde, con su hoja de vida como fotógrafo, rápidamente se vinculó con el periódico El Telégrafo de Quito, donde, apenas con dos meses en el cargo, logró registrar un instante decisivo en la celebración de los veinticinco años de la firma del tratado de Río de Janeiro, cuando Ecuador cedió la mitad de su territorio a Brasil, y el principal protagonista de ese hecho, el presidente José Arroyo del Río, fue agredido por un manifestante que le lanzó un tarro de pintura a la cara. La noticia se volvió un hecho internacional y la foto del joven reportero gráfico no solo le dio la vuelta al mundo, sino que fue galardonada por el Círculo de Periodistas de ese país.
Importantes registros pasan por su lente desde el 12 de mayo de 197, como único fotógrafo latino en la agencia de noticias AP: la visita a New York del Duque de Winsor en compañía de su esposa Wallis Simpson, por quien había abdicado de su trono de Inglaterra; la última de las tres peleas de Muhammad Alí y Joe Frazer en Managua, enviado en su calidad de latino y las guerras civiles de Nicaragua y Salvador, entre muchos otros acontecimientos del orden mundial.

El 11 de septiembre
Un acontecimiento que no solo lo convencería de que tras sus espaldas permanece un ángel protector, sino que le permitió convertirse en el fotógrafo sobreviviente que captaría todo el drama previo a la caída de la primera de la torres, al punto que sus exclusivas imágenes dieron para producir uno de los libros que con mayor drama registra los segundos mismos en que el edificio se derrumba, con suerte para él que una extraña circunstancia lo expulsaría cientos de metros del sitio donde se hallaba y luego de permanecer sin sentido por un tiempo eterno, levantarse entre las cenizas y emerger como el ave fénix, sosteniendo entre sus manos las cámaras que llevarían el testimonio de su hazaña.

Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)

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Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
Destrucción de las torres gemelas.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
En la Zona Cero.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
En la Zona Cero.(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)
(Foto: Bolívar Arellano/VANGUARDIA LIBERAL)

Publicado por: MAURICIO OLAYA CORZO

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