El escritor santandereano Joaquín Bretón Fajardo cumplirá el próximo 13 de febrero su promesa de escribir cincuenta cuentos, después de noventa días de trabajo ininterrumpido, frente a las miradas de quienes transitan por allí pagando impuestos o disfrutando del arte y la cultura que se encuentran en La Casa del Libro Total.

Publicado por: Puno Ardila Amaya
Su propósito inicial era huir de los problemas que le generó el trabajo de escribir una novela, hace unos años, encerrado en la habitación de su hotel, durante 1112 noches, hasta las seis de la mañana. La obra se llama ‘Derrota victoriosa’, que lo dejó “feo, maloliente, desnudo… hasta que pude terminar. No me gustó la experiencia, ni el libro les gustó a los lectores”. Luego, Joaquín hizo un alto y pudo salir del problema que le trajo la ingestión de sustancias para evitar el sueño.
Como en los hoteles se dan muchas posibilidades de criaturas que, por sí solas o con ayuda de la imaginación, son perfectamente seres extravagantes, apropiados para convertirse en personajes de cuentos, años después de la novela, hablando con su mamá, una mujer de noventa años, pudo encontrar y perfeccionar muchas historias que empezaron a almacenarse en su cabeza, y lo motivaron nuevamente a escribir, pero temía enfrentarse nuevamente con el problema aquel de la ingestión nocturna para combatir el sueño, y, además, pensar en sentarse a escribir era pensar también en que si se ponía a escribir de día, tendría que enfrentarse con una serie interminable de interrupciones: “Don Joaco, que se acabó el papel higiénico… Don Joaco, que el tipo de la habitación aquella no tiene cómo pagar…”. Buscó entonces a Daniel Navas para que le acondicionara un rinconcito donde escribir en horario de oficina, pero Daniel le respondió que no lo permitiría en la clandestinidad, que lo hicieran como debía ser, y –dice Joaquín– “me dejé llevar por la vanidad (risas), y le dije que sí”.
Acondicionaron el lugar, ubicaron una pantalla de televisión y se pusieron unos contadores para registrar el número de días. La meta era treinta cuentos. “Al principio fue muy difícil para mí porque había muchas interrupciones: el murmullo, el arrastrar de los pies, y gente que me abordaba creyéndome un empleado más. Como una señora que se paró con el dedo erguido: “Oiga, muchacho, ¿dónde pongo el dedo? Señora, a mí me parece que en su esposo. No sea grosero; le pregunto que dónde está la almohadilla”.
“Los primeros días sentí calambres, porque hacía mucho tiempo que no estaba sentado durante tantas horas continuas, pero luego me aclimaté, y las cosas comenzar más fácil; tan fácil fluyeron que el día 54 terminé los 30 cuentos prometidos, y como faltaban 36 días para los 90, decidí intentar 20 más para llegar a 50, y en eso voy. Llevo 40 cuentos bastante extravagantes, surrealistas, ficticios. Yo cojo un personaje un poco salido de los cánones de urbanidad y comportamientos sanos, pero suficientemente raros como para escribir sobre ellos, y les agrego detalles que los vuelven más apropiados para una narración increíble”.
“El próximo 13 de febrero, Joaquín Bretón Fajardo habrá completado noventa días al frente de sus hojas electrónicas, en las que escribe constantemente desde el 21 de octubre de 2011”.
Sobre esos personajes…
“Cuando tenía ocho años, que venían circos a Bucaramanga, llegó uno con figuras extravagantes: un tipo con veinticuatro dedos, una mujer barbuda, enanos y una elefanta con su ‘pequeño’ hijo, en cuyos lomos, por ese barro que mantienen para protegerse, nacían flores de maní forrajero perenne, y después de toda una aventura para acomodar al pequeño elefante, y de llevarle cerveza ‘Chivo Clausen’ con cola Hipinto, hasta dejarla ‘a medio palo’, los cirqueros quedaron tan agradecidos, que terminaron dejando recuerdos, extravagantes también, a los empleados del hotel: las uñas del tipo de los 24 dedos para fulano, la barba rasurada de la mujer barbuda para zutano… Todos los empleados del circo les regalaron a todos los empleados del hotel algún objeto de recuerdo; hasta el hijo del domador me regaló una pistola de agua que su papá usaba con los animales. Pero a la dueña del hotel, que se esforzó para cuidar al elefantico, y hasta tuvo que derrumbar el muro para permitirle el paso, no le regalaron nada, no le dejaron ningún recuerdo, y salió entonces ella a insultarlos cuando se iban: que desagradecidos, que sin corazón. Y cuando se devolvió a su oficina, encontró un jarroncito con todas esas flores amarillas diminutas, que efectivamente se cultivan en el lomo de los elefantes, y que le había dejado el dueño del circo como recuerdo del animal que tanto cuidó con cariño en su hotel, y del que ella se había enamorado”.
“Después de una pausa de unos quince días, se dedicará a escribir con su hija un librito con anécdotas de lo ocurrido en estos días en La Casa del Libro Total”.
Día a día…
El escritor Bretón viste con overol, sin camisa, como ha sido siempre su costumbre. Eventualmente revisa el buzón que ‘La Casa’ habilitó para que los observadores le escriban comentarios. La gente se planta a observarlo, tal vez con la idea de verlo digitar, y cuando él se queda largo rato absolutamente quieto, quizá buscando en su mente algún adjetivo, los curiosos se aburren y se van. Sin embargo, él se ofrece para terminar un cuento y que puedan leerlo, y terminan haciéndole preguntas, que casi siempre se refieren a la inspiración. “Yo les digo que no creo en ella; que la inspiración no aparece por tomar vino rosado, poner música romántica y bañarse en agua de rosas: la excusa de las poetisas del té canasta. La inspiración es puro sudor, mano, y produce callos; la inspiración es una joda espontánea y momentánea y súbita, que aparece cuando se camina o se contempla un árbol”.













