sábado 09 de mayo de 2009 - 10:00 AM

A alguien se le olvidó Samuel

Samuel tenía la misma edad de los acólitos cuando comenzó a tocar el armonio en el templo de la Inmaculada Concepción . Con su incipiente voz de barítono, acompañaba las homilías del padre Guillermo Santamaría, elocuente orador, cuyas frecuentes historias de apariciones y espantos hacían crispar a sus fieles.

Samuel repartía el tiempo entre los ensayos del coro de la iglesia y las competencias de carros de balines en las que se enfrascaba  con sus amiguitos por las empinadas calles de Rionegro, en los  riscos de Santander.

Tenía a la sazón tres hijos y medio, y ante la resignada paciencia  de mamá Chepa, quien le advertía que José, el hijo mayor, estaba enfermo, él, impávido, le decía,  mientras revisaba las ruedas del carrito, que 'a ese chino sólo le falta el pe’o de la muerte'. 

Con los monaguillos, solía llevarse, sin avisarle a los dueños, los chorizos que guindaban en los tenderetes de la plaza de mercado para luego asarlos en el incensario. Hasta que el cura se percató de que los domingos los feligreses más pobres solo iban a misa a comer yuca para acompañarla con la fragancia que salía de la sacristía.

Hasta ahí llegó Samuel en Rionegro


Pero las aventuras de Samuel no pararon ahí. Un año después, cuando oficiaba de organista, con sus 20 años, en la Iglesia de San Laureano, acostumbraba, junto con el ahora Pablus Gallinazo y el 'Largo' Nieto, a emborrachar al sacristán para sonsacarle las botellas de vino de consagrar, que el campanero guardaba con mucho celo para la misa y para él. 
  
En San Laureano, Samuel no necesitaba altavoz; sólo le bastaban su garganta y el órgano de tubo para que toda la iglesia vibrara. Razón tienen los arquitectos modernos cuando han encontrado fisuras en la estructura del templo.

Samuel tuvo la culpa


En ese entonces, la carrera once era una calle de tráfico ralo, tanto que con Kekar  aprendimos a sumar en los números de las matrículas de los vehículos, porque Samuel nos escondía las partituras para que no fuéramos a ser músicos 'porque se vuelven borrachines'.

Recuerdo que eran los comienzos de 1960 cuando en nuestra casa, que era del abogado Antonio Acevedo, había un piano y un órgano, y se armaban unas orgías filarmónicas adobadas con buen anisado y bendecidas por el padre Pedro León Parada, asiduo contertulio que se escondía tembloroso debajo de las camas, cada vez que aparecía el obispo Rueda Hernández a buscarlo, después de que almas impiadosas le pasaban el chisme de que el cura estaba otra vez donde Samuelito.

En ese barrio que circunda al parque de García Rovira vivían los Acevedos, los Ardilas, los Arenas, los Arias, los Chalelas, los Corzos, los Leones, los Navas, los Nietos, casi todos amantes de la música, bohemios como ha de ser y excelentes 'rascabuches'.

Adonde Samuelito llegaban religiosamente casi todos y, entre otros, Edmundo Puentes, un organista tan flaco como una flauta; el maestro Luis María Carvajal, autor del alegre torbellino Viva la fiesta. Detrás de ellos desfilaban teclas y cuerdas de todos los pelambres, en un eterno festival.

Samuel aún tiene la enorme facultad no sólo para leer las notas del pentagrama sino todo ese crucigrama musical que entraña esa compleja notación gregoriana de cuatro líneas y daditos negros, con la que acompañaba las solemnes celebraciones litúrgicas y las lúgubres tardes de la Semana Santa.

A veces, el padre Luis Antonio Pérez se lo 'prestaba' al cura de San Pedro, cuando había muerto importante.         
   
Aparte de la música, el repentismo hace parte de su repertorio. Haciendo reminiscencia de todos estos sucesos, una tarde soleada en el Paseo de Bolivar de Barranquilla,  llevaba de la mano a mi hermano Kico, que chiquilín entonces le preguntaba que si el majestuoso edificio de la desaparecida aerolínea Panam era acaso una panadería. Samuel le contestó que sí, y ante la contrapregunta de por qué no olía a pan, Samuel, sabio, le ripostó: 'Es que la panadería queda en el último piso'. 

Hoy a los 71 años, sus nietas universitarias jugaban una sopa de letras en que debían acertarse in promptu las groserías conforme al orden alfabético; cuando le correspondíó el turno a la ‘u’, Samuel, que no estaba jugando, intervino de un sopetón: ¡Uribe!

Samuel Almeida Martínez dejó la música a los 24 para dedicarse a 'afinar' en dúo con Chepa Remolina a sus cinco criaturas, a las que subió a una octava, y que no se destemplaran como el primero, al que mataron los flatos de algún clarinete desafinado. 

 

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