sábado 28 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

Cántico al infinito y más allá

Cuando éramos niños y jugábamos a aprender los números, nuestro primer referente fueron los dedos de la mano. Con ellos aprendimos a contar y llegamos a creer que por ende el límite era el diez. Luego nos chocamos  con la realidad y supimos que, además de infinitos, también había números positivos y negativos, quebrados, decimales y enteros; en fin, que la limitación de pretender abarcarlos no era cuestión de memoria o de tiempo: era un asunto de imaginarlos o de soñarlos y nada más.

Cuando recorremos la obra revivida del pintor Álvaro Salamanca Angarita se nos viene a la mente una similar analogía entre lo posible de describir y lo infinito que puede resultar el pretender tejer con letras, palabras, sílabas y párrafos lo que en esencia se descubre en la obra de un artista que muchos actores de la plástica regional quisieron cubrir con la manta del olvido y el desconocimiento, por razones que van desde la negativa de aceptar hechos como el ser un artista formado en contravía del empirismo reinante, el universo mental que le proveía su permanente migración por distintos escenarios del mundo e incluso su manifestación como homosexual.

Por fortuna, con la tarea emprendida por la Casa del Libro Total por revivir la presencia de los artistas santandereanos ya fallecidos en sus salas, resulta menos que imposible borrar de la memoria una obra que, decantada en el tiempo, corrobora la calidad de un artista cuya rúbrica soporta las más exigentes miradas y se proyecta en la dimensión de lo perenne.

Buzz Lightyear, el astronauta soñador de la película ‘Una historia de juguetes’, recordado por su grito de batalla 'al infinito y más allá', tiene una referencia propia con el artista, pues quienes estuvieron cerca de su proceso creativo en sus últimos años siempre vieron en el taller del maestro el juguete en mención, que para él representaba una especia de tótem que le permitía volver a ser niño y retomar de su memoria distintos elementos visuales que luego recreaba en sus pinceladas.


Bandas, perros y bodegones

En las paredes de la sala de exposiciones de la Casa del Libro Total está resumida la esencia del imaginario creativo del artista.  Primero, los perros, como el pulgoso gozque Tony, que aparece en varios de sus óleos, y su fiel amigo bóxer Toto, representados siempre en una actitud de escape, de juego, de instantaneidad sutil dibujada en una actitud de querer escapar de la tela, de trascender la dimensión y convertirse en parte del juego convocado por el artista.

En otra de las paredes de esta sala se aprecia la banda de músicos, una obra cuya lectura profunda denota la inmediata presencia de adjetivos como orden, templanza, organización, autoridad, en perfecto equilibrio con otros no tan sinónimos, como belleza, color y armonía. Metáfora plena de lo que constituía su universo mental donde se conjugaban la férrea disciplina, inculcada tanto en el seno de su familia como en la práctica deportiva del voleibol, con la sensibilidad de su definido universo gay.

En los bodegones que adornan plenamente la sala tres de la Casa del Libro Total se descubre fácilmente una de las grandes obsesiones del artista por el culto a la naturaleza y al paisaje, aunque en este caso sean naturalezas muertas y paisajes detenidos. La fascinación por el color y la luz relacionan de manera fabulosa, onírica y sugerente la idea de la vida. Las rosas y los anturios se desprenden de la marca tosca del maniqueísmo tradicional y se sugieren con una vida cargada de luz más allá de la bidimensionalidad del cuadro.

Por eso, el reclamo que alguna vez hiciera su hermano, el también pintor Óscar Salamanca, por la reivindicación de su memoria, hoy en esta exposición retrospectiva revive y con letras mayúsculas se posesiona en la dimensión real de lo que para Santander significó la obra de Álvaro: un canto infinito a los verbos vivir, soñar, crear y pintar.

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