miércoles 10 de junio de 2020 - 12:00 AM

Corriente Alterna: el nuevo proyecto de la escritora Isabella Portilla

La escritora Isabella Portilla regresa a la crónica con un proyecto de la Universidad Nacional Autónoma de México: Corriente Alterna.
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Después de vivir en Nueva York y La Habana, donde estuvo escribiendo ficción durante cinco años y tras viajar por Europa en busca de historias, la escritora y periodista Isabella Portilla, reconocida por su libro “Malandrines, crónicas sobre la impostura”, publicado por Editorial Planeta en 2011, regresa con un nuevo proyecto que la trae de vuelta a la crónica: Corriente Alterna, una apuesta de la Unam (Universidad Nacional Autónoma de México) para “visibilizar lo invisible a través de historias hondas, con rostro humano, alejadas de la cifra tremendista o de la vana estadística. Y por el otro: convocar a un grupo de estudiantes de la Universidad de distintas carreras con aptitudes informativas, interesados en el oficio y sus dinámicas, para contribuir de manera interdisciplinaria, cercana y entusiasta a su formación periodística”, cuenta Portilla.

$!Foto de tomada del perfil de Twitter de Corriente Alterna.
Foto de tomada del perfil de Twitter de Corriente Alterna.
¿Cómo sucedió ese regreso a la crónica?

“Podría responder que fue por azar, pero al pobre azar no lo podemos culpar de todo lo que nos pasa”, responde Portilla desde Ciudad de México, “Al cerrar ese ciclo escritural (el ciclo de escribir ficción), quise distanciarme de los dos lugares e iniciar una nueva aventura. Viajé por varios países de Europa en busca de ese vértigo, de esa novedad, y estando allá se me dio por ir a México. Cuando llegué, me dediqué a recopilar testimonios para un poemario, fue cuando me enteré del proyecto. Me interesó mucho porque combinaba el ejercicio del periodismo literario y la enseñanza. En ese momento me sentí tentada a volver a la crónica, después de haberle sido infiel durante tanto tiempo con la literatura”.

En 2013, Portilla publicó “Lectores” y es graduada de la maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. En 2010 ganó el Premio Guillermo Cano y el Premio Joven al Periodismo Colombiano.

¿Cómo se siente ese regreso?

“Escribir historias que sobrevivan al paso del tiempo siempre resulta demandante. Retomar el género en un país tan complejo política y socialmente como México ha implicado apelar a nuevas lecturas, nuevos referentes; a una comprensión histórica y sociológica. Leer el país, interpretarlo y después narrarlo supone un trabajo difícil y a la vez excitante.

A ese reto le sumas la pandemia, la imposibilidad de entrar en contacto directo con la gente, de penetrar en las atmósferas y te encuentras ante una encrucijada: no puedes salir a la calle a reportear, ya no te puedes volver atávico frente a la historia, no puedes ser un cazador a la espera de lo que puedas mirar, de lo que puedas encontrar, pero el apetito sigue siendo voraz. Es extraño. A pesar de la dificultad he encontrado mucho placer. Es apasionante volver a narrar la vida de otros”.

$!Protestas en México por el asesinato de un conductor de Uber y tres estudiantes, dos de ellos de nacionalidad colombiana. Foto: EFE/VANGUARDIA
Protestas en México por el asesinato de un conductor de Uber y tres estudiantes, dos de ellos de nacionalidad colombiana. Foto: EFE/VANGUARDIA
¿Cómo ha sido la experiencia como periodista en México?

“De México me ha asombrado la enorme concentración ciudadana frente a diferentes causas, el sentimiento de inconformismo, de indignación que sacude al pueblo y hace que termine en las calles protestando.

“Por ejemplo, el 5 de marzo miles de universitarios se manifestaron en las calles de Puebla en una marcha en repudio al asesinato de un conductor de Uber y tres estudiantes ––dos de ellos colombianos––. Al ver la manifestación me pregunté si de haber sucedido el hecho en Colombia, si llegaran a asesinar a estudiantes ––mexicanos o de cualquier otra nacionalidad–– los colombianos saldrían a marchar. La respuesta queda en la cabeza de cada quien”.

Portilla se refiere al asesinato de José Manuel N, de 28 años, originario de Puebla; los estudiantes colombianos, Ximena Quijano Hernández, de 25 años, y José Antonio Parada Cerpa, de 22 años, que se encontraban de intercambio en la facultad de medicina de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), y un tercer estudiante identificado como Francisco Javier Tirado Márquez, de 22 años, originario de Veracruz, estudiante de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

“Tres días más tarde, cubrí el 8M. Fue una manifestación multitudinaria, casi 80 mil mujeres de todo el país congregadas en el centro de la Ciudad de México gritaban que las estaban matando, quemaban palos, protagonizaban un aquelarre, demandaban la atención urgente del gobierno de López Obrador. En el tema de género, la situación en México es aciaga: mueren 10 mujeres al día por feminicidio. Con el confinamiento, la cifra va a en aumento y a AMLO parece no importarle el tema. Y si bien Colombia no alcanza las cifras de México, las estadísticas siguen siendo alarmantes: el año pasado se denunciaron en el país 796 feminicidios y se estima que más de 23 mil mujeres estén en riesgo extremo.

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“En Colombia, a pesar de la organización de colectivos feministas no hay una visibilización contundente del problema, pero eso no es lo peor. Lo terrible es que las políticas públicas no estén siendo lo suficientemente útiles en ninguno de los dos países ni en toda América Latina para frenar esa problemática.

“Yo llegué a este país en noviembre del año pasado, y en ese día que los medios bautizaron como 21N mi mayor asombro fue ver a un centenar de colombianos frente al Ángel de la Independencia con cacerolas en mano protestando en contra del gobierno de Duque. Las cacerolas las había visto en España, Argentina, en Chile ––países con tradición emancipatoria después de haber sido signados por cruentas dictaduras militares–– entonces al llegar al Ángel lo primero que pensé era que los colombianos residentes en México habían adaptado la cacerola como forma de protesta de alguien más. Pero me llevé una grata sorpresa cuando vi los videos virales en internet: señoras, señores, niños, adolescentes del Chicó, al norte de Bogotá, y los del San Vicente, uno de los barrios más pobres de Quibdó, estaban unidos por una misma causa: apoyaban el paro en contra de la pésima gestión de Iván Duque, estaban indignados por sus reformas y a favor del acuerdo de paz firmado con las Farc, y su forma de expresarlo era la misma: todos tenían en la mano una cacerola a la que golpeaban.

“A Colombia le urge batallar unida, ‘caceroliar’ mucho más, gritar, combatir con un espíritu insurrecto. Ya es hora de dejar atrás el trauma de un conflicto armado de 60 años, debemos dejar en el pasado ese adolescente eterno que hemos sido como nación y empecinarnos por llegar a una adultez que entienda el significado de la lucha colectiva. Hay que salir a las calles, protestar, manifestarnos ante la exigencia de nuestros derechos. En eso México nos da ejemplo”.

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