lunes 02 de diciembre de 2019 - 6:42 PM

Siempre viva el tiple, siempre viva el folclor

En un rinconcito de Piedecuesta, en la casa de una familia a la que le corre la música por las venas, un museo cuenta la historia del tiple y de los instrumentos que han hecho de la música colombiana un patrimonio nacional.
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No solo el burro es flautista, su música se destaca porque hasta después de muerto, más le suena la carraca... cortamos dieciocho cañas, las amarramos con una pita, hacemos una esterilla y la tocamos frotadita... el chucho es un instrumento muy fácil de elaborar, una totuma con pepas y un pañuelo pa’ tapar...

Así, distribuidas en una de las columnas del lugar se pueden leer varias coplas alusivas a instrumentos de percusión autóctonos de Santander y Colombia.

Alrededor, perfectamente organizados, cuidados y con sus respectivas estampas, hay toda una exposición de instrumentos musicales de cuerda, viento, percusión, electrófonos y no convencionales con información histórica y específica sobre cada uno de ellos.

El museo Siempreviva El Tiple, ubicado entre una pequeña plantación de cacao y café y la calle 5 del barrio San Cristóbal de Piedecuesta, es un rincón en el que la familia Cáceres Rivera ha trabajado con mucho amor para conservar las tradiciones y no dejar que muera el folclore colombiano.

Néstor Cáceres y Blanca María Rivera, esposos y gestores del lugar, lo explican mejor a punta de copla y guabina: “Conservar las tradiciones del tiple que es colombiano y difundir por el mundo el folclor santandereano... permanecer en el tiempo, conservar las tradiciones, dejarles un buen legado a nuevas generaciones”.

A punta de folclore

Mientras realiza la visita guiada en el lugar, Blanca María cuenta que todo empezó en Vélez, su pueblo natal, la capital folclórica de Colombia.

Su mamá, cantora de guabinas y su papá, tiplista y guabinero también, les inculcaron a ella y a sus hermanos, desde muy pequeños, el amor hacia los instrumentos, hacia la música de su tierra y el respeto hacia las tradiciones.

Así que la primera parada, el punto donde inicia el recorrido, no podía ser otra cosa que un tributo a sus raíces.

“De Vélez para el mundo”, presenta Blanca esa primera exposición que consta de fotos familiares con traje típico, instrumentos de percusión utilizados en las comparsas y parrandas veleñas y demasiados recuerdos de una niñez y juventud marcadas por las notas de los tiples y requintos retumbando en cada esquina del pueblo.

“Desde el sombrero típico hasta la carraca, pasando por el chucho, el alfandoque, los quiribillos, las esterillas y la zambumbia, todos instrumentos que han acompañado, por muchas generaciones, la música santandereana, colombiana y de la región andina”, explica.

La ruta sigue por alrededor de 200 instrumentos clasificados en no convencionales, de viento, de cuerda, de percusión, de arco y un lugar muy especial para el tiple, el instrumento típico colombiano, declarado por el Congreso de la República como Patrimonio Cultural de la Nación en 2005.

Así, con “Hágame un tiple maestro” y “Por los caminos del tiple”, las personas pueden conocer el instrumento nacional desde adentro: su historia, su construcción y la importancia para los colombiano, que no es poca.

“Fue Pacho Benavides, el tiplista y compositor veleño de los años 20, quien se convirtió en uno de los ejecutantes del tiple más sobresalientes del mundo y sacó este instrumento nacional de su humilde condición de acompañante y lo puso en un sitio capaz de ser concertista, de competir con ventaja, en posibilidades y en exquisito sonido, con la tradicional guitarra y otros instrumentos considerados más académicos”, explican no solo los grandes tiplistas de Colombia, sino María Ximena Benavides, nieta del músico.

Además, en las estaciones de “Al sonar de los tambores” y “Vamos camarita”, los visitantes se acercarán al folclor de las costas y de los llanos orientales a través de la exhibición y explicación de sus instrumentos más importantes.

La idea del museo es no dejar que a los santandereanos y colombianos se les olvide de donde vienen a través de la música.

Prohibido no tocar

Néstor Cáceres y Blanca María Rivera han vivido en esa casa, en Piedecuesta, desde hace más de 30 años. Allí vieron crecer a sus dos hijas, músicas ahora; allí ensayaron muchas veces junto a Corazón Santandereano, el grupo folclórico familiar que lleva más de 50 años, para distintas presentaciones en concursos y ferias; allí, en el patio trasero plantaron árboles de cacao y café que hoy en día dan frutos que aromatizan el lugar y allí hace menos de un año empezaron a construir un sueño que sigue creciendo.

“El museo antes estaba en Fusader, allí duró 12 años, pero decidimos traerlo hasta acá y darle un nuevo aire, hacer un proyecto que acerque a todos a esto, a sus raíces, a su música, desde los niños hasta los grandes. Es un trabajo de todos conservar esta música y transmitirla de generación en generación”, asegura Néstor, quien ha sido profesor de tiple y de cuerdas toda su vida y quien llegó a la vida de Blanca y a la familia Rivera gracias a la música.

Mientras cantan una guabina, él en el requinto, ella en el tiple y el padre de Blanca, quien la llevó a amar esos instrumentos desde que pronunció palabra, en la percusión, hablan de los sueños que tienen con Museo Siempreviva El Tiple.

“Si en otros museos la ley es mire, pero no toque, aquí es al contrario. Prohibido no tocar, porque después de la visita guiada todos van para el banquillo de los que tocan. Nosotros sacamos los instrumentos y la idea es que con nuestra ayuda y acompañamiento ellos también lo hagan, con la percusión o con lo que quieran. La idea es que sientan la música”, cuentan.

Para esta familia musical, las notas y los acordes de la música folclórica pueden salvar vidas y reconectar a las personas con sus raíces, por eso más allá de ir a recorrer el lugar, conocer la historia de los instrumentos y admirar las obras artísticas alusivas al folclor, las cuales fueron pintadas por Néstor, los visitantes tienen la oportunidad de disfrutar unas onces santandereanas al ritmo de tiples y percusión.

El sueño de ambos es que el lugar se convierta en un lugar donde las personas puedan pasar un rato ameno mientras aprenden sobre tradiciones, se atreven a tocar los instrumentos, se le miden a cantar guabina y prueban delicias santandereanas.

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