martes 27 de septiembre de 2022 - 12:36 PM

El Árbol Rojo: la cinta colombiana que triunfó en Bucaramanga

Muy pocas películas colombianas de drama han logrado superar las tres semanas en taquilla, pero esto es lo que pasó con El Árbol Rojo.

La cinta narra la epopeya de Eliécer, un hombre originario de la costa, poco hablador y humilde, que un buen día recibe la noticia de que tiene una hermana treinta años menor que él. Y la niña entra en su vida.

Con el dolor de una relación extraviada con su padre, Eliécer emprende el camino a Bogotá con su hermana y un joven que se une al viaje con el deseo de ser boxeador.

Es 1999 y la película cuenta muy bien la situación que se vivía en esa época en las carreteras del país y en zonas rurales por cuenta del conflicto armado.

La cinta cautiva no solo por su música, que nos toca fibras de tonadas vallenatas conocidas, también por unas excelentes actuaciones de Carlos Vergara, Shaday Velásquez, Jhoyner Salgado, y por la profundidad de las sensaciones que transmite.

Particularmente, la cinta integra a Santander y su parte en el conflicto armado colombiano.

Vanguardia habló con Joan Gómez Endara, director de El árbol rojo y conocido por su película Mateo, sobre lo que ha significado esta cinta.

¿Cómo nace la idea de la película?

“La película tiene una génesis larga como proyecto en principio. Vengo interesado en los temas de las relaciones familiares desde mis anteriores cortos, en un corto anterior que se llama “Asunto de gallos”. De hecho, que es de un padre y un hijo galleros que tienen una relación disfuncional y se portan como gallitos. Ahora retomamos el retoma el tema en este proyecto y la idea era, en principio, abordar las relaciones familiares disfuncionales y que nunca hay familia perfecta.

Siempre se llega a un ejercicio de humanidad y eso me parece muy potente en términos de dramaturgia, del conflicto para plantear una historia.

Luego apareció la gaita, la música que además nos permitía hablar de la herencia porque la gaita se aprende de generación en generación, no se escribe, se aprende por oído, hay alguien que debe enseñar y eso nos permite hablar de la herencia en una relación de padres e hijos disfuncional”.

¿Cómo aparece Santander en la cinta?

“Fue un recorrido cuando dijimos: la película corresponde a una época concreta, que es el 99. Estábamos contando la historia del conflicto armado y apareció la carretera antigua de la Costa Caribe a Bogotá o al revés. Recuerdo que cuando viajaba al Caribe había que pasar por Bucaramanga, por el cañón (del Chicamocha), no estaba la Ruta del Sol. Y nada más lindo que el Cañón de Chicamocha. Adoro Santander, particularmente Barichara y esta zona de las montañas. Decidimos que iríamos región por región trayendo talento de cada una.

Al integrar ese talento tanto detrás de cámaras como delante apareció un componente santandereano chévere. Tenía contacto con actores locales por una película que hice hace años en Barrancabermeja, ‘Mateo’, y Carlos (Hernández), protagonista de Mateo, fue integrado en esta película”.

¿Cómo nace el concepto estético de la cinta, con estos primeros planos y silencios tensionantes?

“Una de las cosas que identificamos, junto con el director de fotografía y con el de artes, es la imagen azul en la definición del concepto. Pero digamos que en principio ocurrió algo y es que definimos que la historia era de personajes y, al ser una historia de personajes, no se la podía llevar el paisaje de carretera, transitando desde el Caribe, la sabana de Córdoba, el cañón y Cundinamarca.

Decidimos darle esa importancia a los personajes, que estuvieran siempre muy cerca de la cámara con unas lentes que nos permitieran estar muy cerca sin deformarlos, como una convivencia muy cercana del espectador con la historia.

Hay bastantes primeros planos a esta niña talentosa, con esos ojazos. Ademas, hubo una búsqueda como el color, nos fuimos por los colores cálidos, amarillos, verdes, pero hay que respetar la época un poco y darle un concepto.

La gaita nos inspiraba, el nombre del árbol, con cafés, verdes... Y por ahí se fue dando el concepto visual de la película”.

¿Por qué el árbol rojo?

“La película se llamaba El Son de Eliécer al comienzo y ese nombre no funcionaba. Cuando salimos a encuentros de internacionales el nombre era enredado para la gente, decían “el sol”, incluso los hispanoparlantes españoles. También “Eliécer” les costaba un poco de trabajo. Tampoco era que estuviéramos convencidos. Entonces dijimos: vámonos al fondo del universo de la gaita. Y como teníamos esta investigación que habíamos hecho porque una de las fuentes que tiene el proyecto es que hubo un intento un documental de la de la gaita, que no se hizo, con la anterior generación de gaiteros, teníamos horas de grabación de entrevistas y siempre estaban esas historias de estos narradores del Caribe, que no se sabe en qué momento pasan de la realidad a la fantasía, y en esa búsqueda aparecieron cosas maravillosas, siempre aparecía la narración, digamos bucólica, de la vida rural.

De hecho, dicen que los sones de gaita vienen del canto de los pájaros y así lo escuchan y sobre eso se inspiran para componer la melodía.

Entonces, en la vereda La Verde, aparece el árbol como un símbolo y significa, también, el árbol genealógico. Las raíces como símbolo nos parecieron maravillosas... El “rojo” todavía me lo pregunto, pero creo que tiene que ver con una singularidad que tiene el árbol y que sea rojo. Dentro de esa narración de estos viejos gaiteros, el padre les echó el cuento de que había un árbol rojo”.

¿A qué atribuye el éxito de la película?

“Es una película que trata un tema universal, finalmente a todos nos es inherente como seres humanos la familia, la necesidad de descubrirnos en las raíces y en el afecto. Es indiscutible para todos como seres humanos, sea la familia que sea, tenga la experiencia que tenga. Hay un tema universal que conecta.

La manera como está contada la película, con unos personajes entrañables, hace que la gente se conecte también en lo emocional y viva el hecho de las relaciones humanas en la vulnerabilidad.

Ese rasgo de humanidad que tiene la película hace que conecte y que la gente se sienta identificada y emocionalmente conectada.

Fuimos a varios festivales y culturas como las del norte de Europa, Estonia, India, Cuba, Oriente, Estados Unidos y Francia, y en todos había una recepción muy de corazón, muy emotiva con la película”.

¿Cómo ve los cambios que se darán para las artes con la reforma tributaria? ¿Es todavía muy difícil hacer cine en Colombia?

“En general, la Ley de Cine posibilitó que hagamos cine, pero sigue siendo complejo, a tal punto de que, por ejemplo, al fondo de cine colombiano se presentan en ópera prima, que es mi caso, 100 películas a la convocatoria y luego al ‘pitch’ pasan 12 como máximo. Luego premian seis, cinco o cuatro, dependiendo de cómo está el fondo.

Últimamente con la pandemia han sido menos, pero en general ese es el número. Sigue siendo un ejercicio complejo, hay demasiado talento, hay demasiado cine por hacer. Se está haciendo un cine de un nivel increíble y variado, pero en el imaginario del espectador promedio colombiano todavía está ese cliché de un cine con los mismos temas y que, además, está encasillado en una sola cosa y que no tiene este tipo de historias como la que yo hice o películas como las que vienen, como Los reyes del mundo o Las Jauría, hasta Un parcero Nueva York.

Se demora un montón de años conseguir la financiación, así que la Ley de Cine, efectivamente, fue la salvación tanto en el modelo de lo que entrega el fondo, como en la posibilidad de la inversión privada. Nosotros usamos el ‘mix’ entre las dos cosas: entre el fondo, que lo recibimos ya en post producción, pero lo recibimos, y el Fondo Iberoamericano, Ibermedia.

Todavía no somos industria. Cuando hacemos cine aún somos artesanales con pretensión de industria y se llama industria por la cantidad de cine que estamos haciendo pero creo que una industria debe ser autosostenible para llamarse industria y nuestro cine todavía no es autosostenible porque el espectador no viene a las salas”.

También se transformó el consumo del cine...

“En las 10 plataformas que hay ahora, porque ya no es solo Netflix, se tiene todo el consumo de todo el cine del mundo, de todas las series del mundo, entonces el cine como tal se transformó, así como la manera de consumo.

Afortunadamente, el cine sigue siendo una experiencia. La sala de cine, el silencio, el sonido, el sentarse con una complicidad, con crispetas si gusta, es un plan. Afortunadamente aún se mantiene, pero es complejo”.

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Paola Esteban

Comunicadora social - periodista egresada de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Desde 2005 hace parte del equipo de Vanguardia, trabajando en crónicas y reportajes premium, los cuales se enfocan en temáticas culturales, población Lgbt, y mujer y género.

Ganadora de un premio Luis Enrique Figueroa en 2007 con ‘Aquí estamos pintados’ y un premio CPB con ‘Diario de una bulimica’ en 2008.

@paola_esteban

Besteban@vanguardia.com

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