sábado 02 de marzo de 2019 - 12:00 AM

El escritor bumangués Daniel Montoya presentó su libro, Mandarino, en España

El escritor bumangués Daniel Montoya presentó ayer, en el Centro de Arte Moderno de Madrid, su libro de poemas, Mandarino, bajo la editorial Amargord.
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Mandarino está inspirado en la muerte del abuelo, que fue una figura importante para Montoya cuando era niño.

“El libro está conformado a partir de las cabañuelas, que es la manera en la que los campesinos, basados en los primeros días de enero, organizan sus cosechas. Mi abuelo las hacía todos los años. Luego están también instrucciones para preparar el tinto, recoger mandarinas, obtener agua de la tierra y zocar los cultivos”, explica el escritor.

“En gran parte la estructura de valores que me conforma ahora son los suyos. Sin embargo, no podría decir cómo generó aquello en mí. Cuando murió, la sensación de haber perdido algo mucho mayor a la idea de abuelo me invadió. Sentí que se desvanecía una manera de vivir y que toda la configuración que había hecho sobre lo que soy se perdía con él. Cuando intenté recordar conversaciones que tuvimos no pude, probablemente porque no existieron. Este libro, a la larga, no es más que un esfuerzo por entendernos. Entenderlo a él y entenderme a mí. Ese amor tan íntimo y tan poco público que nos tuvo. Entender sus gestos, tan poco articulados en el habla, con el que nos entregó todo lo que él consideraba necesario para poder seguir con nuestras vidas una vez el no estuviera”.

Montoya se trasladó a Madrid en 2016, cuando comenzó el taller de poesía de Luis Luna en la Escuela de Escritores de Madrid. Luna se interesó por su trabajo y lo presentó con la editorial Amargord.

“Les presenté algunos poemas que les gustaron, pero aún tenía muy pocos. Estuve trabajando un año y les entregué el manuscrito completo. Les gustó y de ahí en adelante ponernos de acuerdo no fue difícil”, cuenta el escritor.

Actualmente, Montoya trabaja en su primera novela, que es parte del proyecto final de su taller.

Poema de Mandarino:

“Hay una ventana, la única en el cuarto, que está a tres metros de altura. Hay una pared de sonido que no tiene eco, que guarda la resonancia de dos campanas que marcan la hora de cada estirpe que pasa. Hay un ramal de nubes que escapan desraizadas, en bolsas formadas por huesos desencajados. Hay hortensias que florecen bajo tierra, levantando pétalos como brazos sobre el suelo, buscando su fuera por la raíz. Hay generaciones que se esconden en carreteras anaranjadas, por donde ancestros ajenos decidieron no volver a pasar. Hay quienes se quedan ahí, parados, aunque saben que ya no habrá de recogerles el camión.

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