sábado 25 de octubre de 2008 - 6:05 AM

El Falso Lector

Sentado solo en su habitación, con un cigarrillo en la mano y otros tantos esperando a ser vividos, lidiaba con el Elogio de la dificultad, un discurso de Estanislao Zuleta.

Cada párrafo lo obligaba a hacer mil y un apuntes al respecto. Ojeaba el texto y, a la vez, se rascaba la cabeza debido a esa piquiña incómoda que sólo la verdadera lectura produce y que además causa una que otra herida en el cuero cabelludo – de aquí la renuncia del literato a la inútil tarea de peinarse -.

Se ponía de pie, se sentaba, salía y miraba al cielo y se devoraba por dentro.

Cada palabra lo llevaba a maldecir tiempos pasados para luego repensarlo y decidir que no se arrepentía de estos. Así se pasaba algunos días y todas las noches, gozando con el rehacerse a diario y el esculcarse cada segundo.

Ahora, a todo le cabía un gran signo de interrogación. Cedía ante lo escrito en aquel libro y se dejaba moldear, sin darse cuenta, por sí mismo. Creyendo, en principio, estar siendo acorralado por Zuleta cuando lo que en realidad ocurría era que él mismo se ponía espadas en el cuello, mientras apoyaba su espalda en la pared movediza que el Tiempo, con un poco de ayuda de la Represión, había construido.

Cada compás le marcaba la muerte de un ídolo y cada paso que daba lo llevaba por caminos que, aunque antes recorrió, había olvidado en el cuarto de San Alejo. Maravillado ante el rápido desarrollo de sus capacidades, decidió asomarse a la terraza. Así es, la terraza, de la que vale la pena decir que no era nada común.

Encendió un cigarrillo más y apoyándose en el muro vio pasar muchas historias encerradas en personas:

Todas las historias se esconden dentro de las personas, concluyó apresuradamente.
También, notó que un indigente se hallaba recostado en una pared, donde el sol no llegaba, y sostenía en sus manos un pequeño libro, que reconoció por la carátula. Era La odisea.

—    ¡Ja! ¿Cuál odisea? Ese tipo no ha vivido una odisea, pensó. Él está allí, sin mayores complicaciones, y yo aquí, teniendo que trabajar y, como si fuera poco, escarbando dentro de mí a ver si doy con algo. Es que definitivamente…
Arrojó la colilla de cigarrillo y regresó a su casa, mientras que el indigente, sin que nadie se percatara, seguía arrancando hojas del libro para luego permitirse un vuelo.

Ya adentro, en su cómoda habitación, optó por comerse, una a una, las hojas del célebre discurso.
—    A ver si así el organismo se ilustra y me colabora, porque solo es muy arrecho.
De repente, como ocurre en las películas, tembló. Él se quedó quieto mientras sentía sus pensamientos moverse levemente y veía las persianas mecerse cariñosamente, curiosa levedad que apacigua el alma y consolida mediocres.

—    ¡Mierda; tembló!, dijo. A lo que en seguida su pensamiento respondió: ¿En serio?
Recordó la estocada final del texto, aquella que dijera Fausto, y no dudó en decirla con una voz altiva:
¡Tierra, también esta noche permaneciste firme, y ahora renaces de nuevo a mi alrededor…!
¡Claro!, pensó; ahora entiendo. Todo se trataba de un terremoto.

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