sábado 08 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

El paisaje nace en el alma

El paisaje como tema ha sido indudablemente motivo de millares de instantes de inspiración para los pintores, al punto que hoy sobre el tema cunde la sombra del desprestigio, pues a punta de repetición y especialmente de haberse convertido en objeto comercial por excelencia, se ha venido a menos dentro de la mirada de críticos e inclusive de los mismos artistas, que prefieren abstenerse a ser señalados.

Ello por supuesto no implica que en medio del cúmulo de representaciones del paisaje, no puedan encontrarse excepciones que marquen la diferencia y en esencia, esas excepciones son las que por atribuciones propias o por la magia que le impregnan sus autores, que permiten que hoy el paisaje siga evocando emociones para observadores y cultores del arte de los pinceles y los bastidores.

Una artista sin pretenciones


Corrían los agitados años cuarenta, los campos colombianos se teñían de sangre y dolor a causa de la estúpida confrontación política entre liberales y conservadores. Cientos de familias huían de sus parcelas a las ciudades y en general podía decirse que los vientos que favorecieran cualquier tipo de inspiración hacia lo sensible, terminaba por ahogarse entre el viento seco de la maldad.

En ese contexto, la familia Céspedes Acero llega del entonces lejano (por la carencia de las actuales vías de comunicación) municipio de los Santos y se radica en Bucaramanga. Clenia, la segunda entre ocho hermanos, inclina sus pretensiones a favor del arte por razones que tienen que ver con la esencia espiritual que nace con el artista y porque los trazados del Gran Arquitecto Universal favorecen todas las circunstancias para que el destino de las personas sea tal.

Una mañana, recorriendo una cualquiera de las calles de la ciudad, se encuentra con la vieja casona ubicada en lo que hoy es el patio trasero de la Casa de Bolívar y que en ese entonces oficiaba como escuela de bellas artes, bajo la tutela del maestro Óscar Rodríguez Naranjo. Su mirada se pasma observando el trabajo de los alumnos empeñados en encontrar la esencia del paisaje a punta de fórmulas académicas. La decisión nace tras ese simple encuentro: 'quise volverme pintora'.

Una vida entre pinceles

El recorrido que inicia la artista daría para muchas páginas, pues a la fecha suman más de sesenta años, pues aún hoy a sus 86 años sigue trasegando en el oficio y no hay lugar para cesar en su intensión de dejar huella como una de las más fieles representantes de la pintura en Santander.

El nombre de Clenia Céspedes es probable que no esté consignado en los anales de la historia de la pintura local, razones que tienen que ver más con la humildad con que siempre ha revestido su oficio y que por muchos lustros la alejó de cualquier pretensión por exponer y llevar su obra a las galerías y las salas de arte.

Más esto no significa que el trabajo de esta artista diste de argumentos de admiración que justifiquen su reconocimiento, porque finalmente su verdadero interés es dejar que el hálito creador la siga embriagando de deseos de vivir, por lo que no descuida un solo día su oficio y allí, de frente al bastidor, de sus manos dotadas de energía creadora, siguen apareciendo como por arte de magia, sueños hechos color y belleza.

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