sábado 16 de mayo de 2009 - 10:00 AM

Encuentro en tres episodios con Fernando Vallejo

I

Paseábamos por las angostas y enfáticas calles de la ciudad vieja, similares a los costillares de la mayoría de sus habitantes.

El calor se dejaba disimular con la experiencia de una peregrina brisa, como también se disimula el vasto color negro entre el fugitivo blanco. Extraviando el tiempo. Arañando imágenes. Sumando y jurando. Nos dejábamos. Y, de repente, ahí estaba. En frente. En la otra orilla. Extraño. Incierto. Parecido a él mismo, pero diferente. Le enviamos un heraldo, pero éste nunca volvió. ¿Azar? Nos acercamos. Cruzamos curiosos. Y ahí seguía. Vivo. Respirando, sudando y aguardando. ¿A qué? La  frente amplia aún no marchita, los flancos cenizos, la nariz chata y la faraónica barbilla coronaban un cuerpo flaco, alto y esmirriado, transfigurado en una voz bronca y acompasada. Tenía abierta la mirada y cálida la palabra. Un pacto. Y estábamos.

II

Atrás quedaban la noche, la algarabía, el cansancio, el sueño, el despertador, la limpieza, el atavío, la puntualidad, la cita, la soledad, la resignación, las conjeturas, la justificación, la aceptación, en suma, todos los rudimentos de la continuidad. De nuevo a la encrucijada con su impaciencia de libros. La excusa para poder reiniciar. Esta vez, en un teatro. El de Heredia. ¿Nos dejamos caer en su interior? No. Era el refugio. El acuerdo. El espejo. Y en su espectro, ahí estaba. En frente. Cruzado. De costado. Inmóvil. Gestando. Empezaban a crecerle las ideas. Se las veía gatear; luego, dar pasitos tembleques hasta llegar a un andar lento, y fue entonces cuando resolvió echarlas a correr. Todas se aporrearon, no sin esmero y precisión, en los órganos de la arrogancia. Entretanto, algunos intentaban agazaparse y otros huir. Resistíamos. Él pasaba saliva del tamaño de hojas. Solitario. Apertrechado. Fulminante. Casi monótono. ¿Qué más hacer? Rezongar. Fingir reflexión. Asentir. Vitorear. Estar.

III

Escuchamos el martilleo del nuevo día. No todo permanecía igual. Nos había brotado un poco de dignidad y libertad. Y nos resplandecía un poquito la inconformidad; esa que los esbirros del hierro, el oro y el hambre siempre intentan opacar. Era justo agradecer. ¿Cómo? ¿Excediendo la imaginación, denunciando homúnculos, ejercitando la vergüenza, alimentando la memoria? Tal vez. Y encima, debíamos seguir. Caminar. Intentar. Lo repetíamos en voz baja. Buscando eco entre la muchedumbre. Y entonces recobramos el sentido sordo de la sed. Parar. Elegir. Entrar. Y de paso por el mismo mundo, ahí estaba. En frente. Sentado. Reposando. Satisfecho. Dulce. Mostrando gratitud. ¿Destino? Tenía remojando varias historias, bregando con algunos planes, sonsacándose tiempo. Esperándonos. Como todos los días. En el mismo lugar de siempre. En sus libros.

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