sábado 01 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

Entre Sambras y Cumbias Revivió la Tradición

Nicolás Maestre es un hombre que vive en y para el folclor, aunque en sus raíces resuenan al compás de sus emociones la tambora y el millo, no hace oídos ajenos a otros ritmos por cachacos que sean, de manera que la cumbia, el mapalé y el fandango, le resultan hermanos de sangre al pasillo, el torbellino y el bambuco; al fin y al cabo, asegura el cultor, son hijos de un mismo padre: el folclor patrio.

Por eso, cuando se le indaga en las razones que lo han llevado a organizar cada dos años el Festival Binacional de Danzas y Tradiciones Folclóricas, su alegato adquiere la honrada dimensión de lo hecho con el corazón: 'se trata de mostrar que el folclor y la cultura raizal, son dos factores comunes a todos los pueblos y que independientemente de la geografía, de la historia particular de cada país, de sus avances o sus estancadas en materia de desarrollo, esas manifestaciones permanecen vivas porque son como la sangre misma del pueblo'.

Primero Venezuela y ahora Hungría

Desde que se inició este Festival en el 2006, Nicolás Maestre ha mantenido incólume su visión de hacer de este evento la plataforma sobre la cual se construya el revivir de la consciencia que, para la cultura regional, debe tener la defensa de las tradiciones y del folclor, pues como asegura, el mejor ejemplo nos lo dan países como el invitado de este segundo encuentro, en el que su ascendencia europea no ha sido óbice para que en medio del desarrollo y el devenir de tantos siglos de historia, la música y la danza ancestral sigan vigentes y las muestren con orgullo ante el mundo.

Hace dos años el festival inició con Venezuela, país donde el canto llanero es un himno patrio que a manera de bandera lo identifica ante el mundo, pues desde los extensos morichales el grito de la vaquería, las vueltas, el zapatiado y la copla acompasada al ritmo de cuatros, arpas y los capachos, ha trascendido todas las fronteras y canciones como 'Carmentea', 'Canto al llano' y 'Caballo Viejo'. Esos, hacen ya parte de las partituras de orquestas filarmónicas de talla mundial.

Para esta segunda versión y gracias al apoyo de la Universidad Industrial de Santander y la Unesco, se logró concretar la participación del grupo folclórico Somesul – Napoca, procedente de la región central de Transilvania, la mítica tierra en la que el escritor de origen húngaro Bram Stoker, edificó el mítico personaje del Conde Drákula.

Danzas pastoriles para honrar tierra

Una geografía llena de magia y misterio es la primera referencia que se podría tener de Transilvania, región de donde proviene el grupo Somesul, conformado por veinticinco artistas entre músicos y bailadores, que con sus coreografías reviven especialmente el ambiente campesino de los cultivadores de trigo y pastores de ovejas, dos de los principales renglones socioeconómicos de esta mítica región del centro de Europa.

Sonidos que en un principio resultan ajenos a nuestros oídos y que provienen de instrumentos de similar condición inundan el escenario que muy pronto se impregna de movimiento al compás de palmas y taconeos, giros y voces masculinas y femeninas que van y vienen y que a modo de símil, podrían equipararse con la de una versión europea del tradicional 'moño' de Jesús María.

Y son ajenos no solo por la condición idiomática que se asegura no es una barrera cuando de música se trata. Son ajenos porque se corresponden con una recuperación de las más viejas tradiciones folclóricas campesinas de este país, donde a manera de ejemplo, se ha logrado revivir instrumentos como el taragot y la flauta pastoril, el primero de ellos utilizado por el Ejército Real Húngaro en épocas de las avanzadas bárbaras y la segunda, de fiel usanza campesina elaborada por los cuidadores de ovejas a partir del cacho de estos ovinos.

Reconocimiento de esta exitosa versión que además del auditorio Luis A. Calvo, llevó este encuentro musical y folclórico de dos mundos a escenarios como los parques de Floridablanca y Girón en donde el torbellino y las simbras; la cumbia y el briu; la danza de las pilanderas y el plugarul, la primera construida a partir de las vivencias de las recolectoras de arroz en el Cesar y la segunda de los cosecheros de trigo en los montes Cárpatos, se hicieron hermanas e hicieron su fiesta en tierras santandereanas.

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