sábado 04 de enero de 2014 - 12:01 AM

La escritura del desenfado

En Lavallol, localidad de Lomas de Zamora, en la zona sur del Gran Buenos Aires, vive el poeta argentino Jorge Boccanera. Su casa es fascinante como su vida.
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En la sala, una silla de barbería recuerda su infancia, la peluquería de su abuelo italiano por la que vio desfilar toda clase de personajes, la mayoría inmigrantes que llegaban al Puerto de La Esperanza –más conocido como ingeniero White– en la provincia de Buenos Aires. “Me crie allí, en la peluquería de mi abuelo italiano ubicada entre el bullicio de un restaurante griego y el despelote del bar Americano”. El puerto llenó de asombros sus primeros diez años de vida y le infundió el gusto por la música –su padre cantaba tangos– y la pasión por el viaje presente en su escritura: La selva es inminente, eso que está por desencandenarse./ Es lluvia detenida./ Espuma a punto de plumaje./ Urgencia./ Estar y devenir en una misma boca./ Lo que se viene./ Pronta./ Y se va a desatar./ Telegramas que ruedan por el aire./ Mi oficio es recibir eso que vive de anunciarse./ Ser la rama de aquello que no se posa nunca.

La dictadura argentina lo obliga a exiliarse en México en 1976 y a trabajar como periodista en distintas agencias noticiosas, diarios y revistas. La sensación de estar dividido entre dos mundos resulta desgarradora: “El exilio es una máquina de moler, una dislocadura; reduce un lugar a puñados de polvo que solamente adquieren algún paso en la palma abierta de la nostalgia”, expresa. Sin embargo, su visión del exilio no es desesperanzadora; para Boccanera también es el “no lugar” de la solidaridad y el aprendizaje: Un hombre enterrado en las arenas del exilio/ donde se hunden sin chistar mujeres rojas y tiendas de lentas humaredas,/ y una espada se emperra y una silla en desuso./ Un hombre enterrado allí donde Tarafa ofrece una copa de vino,/ por las llamas del sol que lo despedazaron./ Y va a pique la mesa donde alguien escribió/ Moriré tal vez muy lejos de mi idioma/ Y Artaud canta parado en un caballo blanco./ Entonces ese hombre es polvo de su voz.

Un coro de voces habita su biblioteca, que van desde Francisco de Quevedo, César Vallejo, Luis Cardoza y Aragón hasta Olga Orozco y Juan Gelman. En uno de los costados de su segundo hogar (“el hogar está donde se guardan los libros”), irrumpe una suerte de objeto-poema que invita a pensar en desbandada o rebelión: se trata de una jaula para pájaros que tiene la puerta cerrada, y está vacía. En el centro, sobre una mesa rectangular, se encuentran notas manuscritas dispersas, habanos y libros abiertos con páginas señaladas. Este, su taller de escritura –como lo llama– ocupa varios cuartos de la casa.

En 1989 viaja por Centroamérica donde permanece ocho años para luego trazar la que será su ruta de ida y vuelta: Buenos Aires – San José de Costa Rica, experiencia que le permite profundizar en la poesía centroamericana y asumir la dirección de la cátedra abierta de poesía latinoamericana Cuba y América Central en la Universidad Nacional de San Martín en Buenos Aires.

Su trayectoria incluye los premios Casa de las Américas, Cuba, 1976; Nacional de Poesía Joven, México, 1977; Casa de América de Poesía Americana, 2008; y Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde, México, 2012. Al deslumbramiento que producen los reconocimientos, el poeta se anticipa: /¿Premio?/ Me presento a concurso/ y gana este dolor./ Por unanimidad.

Lo cierto es que en cada uno de sus libros, Boccanera define una voz singular en la que cabalgan imágenes plenas de contenido: Este es un poema tirado por caballos,/ voy de pie, voy aullando,/ una palabra brilla sobre mi lengua seca,/ polvorienta,/ quiere trazar sus círculos concéntricos en un/ agua que cante./ ¡Arre caballos!/ Llevo “todo el hocico en llamas como un feroz ladrido”/ (bendito Mallarmé)/ Yo soy el payador sobre cubierta/ apretando una viola frente a la ciudad en ruinas./ Dejen libre la calle,/ no canto porque sí,/ yo busco un mundo, otro./ Yo no enumero la cristalería,/ quiero hacerla pedazos…

Telúrica, sarcástica y paradojal, así es la poesía de Jorge Boccanera que retumba en su poema Marimba, del libro Polvo para morder, revelando un lenguaje radicalmente distinto al de sus contemporáneos. El poeta sacude el árbol de las palabras porque “hay que incendiar la poesía/ y cantar luego/ con las cenizas útiles.

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