sábado 28 de marzo de 2009 - 10:00 AM

La perversa geometría del poder

La pirámide es una figura geométrica que se repite en diferentes culturas como símbolo de poder. Egipcios, mayas y aztecas la eligieron para sus construcciones monumentales como lo que en su momento fueron sus respectivos imperios.

En la tradición judeocristiana, Dios es representado como un imponente triángulo acompañado de un ojo vigilante, e incluso en los dólares de Estados Unidos aparece la misma forma acompañada del lema In god we trust. Quizás por eso Marx la usó para representar su esquema de base — estructura — superestructura con el cual planteaba que las condiciones materiales (base) determinan la organización política, social (estructura) e ideológica de un pueblo (estructura).

Hace poco vi el documental End game (Alex Jones, 2007), que postula que la élite de los más ricos y poderosos no concibe al planeta redondo sino como una gran pirámide en cuya cima estarían ellos confabulando el destino de la humanidad a través de lo que denominan el Nuevo Orden Mundial; plan de esclavitud global que funciona, entre otras cosas, por su estrategia de fragmentar a la Tierra en regiones y ubicar en ellas a diferentes lacayos de poderes medianos encargados de hacer cumplir sus designios a los demás.

Dicha élite se autodesignaría Grupo Bilderberg y habría sido fundada alrededor de 1945 por familias archimillonarias norteamericanas, como los Rockefeller y los Rothschild. Dentro de sus integrantes habrían estado mandatarios como Woodrow Wilson, John F. Kennedy, George Bush —padre e hijo—, la reina Beatriz de Holanda y Hillary Clinton, entre otros. Serían unos 125 manipuladores controlando la vida de seis billones de personas.

Según el film, el grupo se reúne secretamente por lo menos una vez al año para decidir los precios del petróleo, crear regiones económicas como la Unión Europea y organizaciones supranacionales como la ONU y, sobre todo, planear guerras como la de Kuwait (1990) e Irak (2003), infectar vacunas y promover hambrunas como la que padece África hace dos décadas, pues su objetivo final sería reducir la población mundial en 80 por ciento.

Especulación o paranoia, lo cierto es que la situación parece creíble, en avance y fue profetizada en la literatura del siglo XX en obras como Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), 1984, de George Orwell (1949), y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953). En la obra de Huxley, por ejemplo, todo los seres humanos son felices porque desde fetos se les aplica hipnopedia para que acepten su sino y cuando eventualmente se deprimen el gobierno les suministra 'soma', un sicotrópico que los mantiene alelados.

Orwell, en 1984, idea un 'gran hermano' supremo que vigila al resto de mortales y apoya su poder en cuatro ministerios: Paz, encargado de hacer la guerra; Amor, que tortura y castiga; Abundancia, cuyo propósito es propagar la miseria, y Verdad, que tiene la misión de falsear la historia. En Fahrenheit 451, Bradbury relata cómo en un lugar futuro el poder local ha prohibido la lectura por considerarla nociva y potencialmente subversiva. Los bomberos deben incendiar por ley las pocas bibliotecas que aún se conservan en la clandestinidad y la televisión es programada exclusivamente por la élite en pos de mantener a la gente dócil y enajenada.

La enajenación, ese despojo de la conciencia a manos del capitalismo al que Marx se refirió hace más de 200 años, es precisamente una preocupación constante en estas obras de ciencia ficción. ¿Ciencia ficción? Lo que se planteó en ellas es lo que parece haber descubierto Alex Jones en la realidad gracias a los medios alternativos de comunicación. La globalización y el neoliberalismo serían apenas la punta de esta pirámide, de este iceberg en cuya base nos encontraríamos los no poderosos, sumergidos en los fríos y profundos mares del automatismo y la ignorancia.

No sé si esta denuncia sea la verdad absoluta, pero por fortuna existen personas como Jones o como Michael Moore, o visionarios como Huxley, Orwell o Bradbury que por lo menos nos sacuden del peligroso confort y de la ingenuidad. En nuestro país están los calumniados y amenazados Hollman Morris y Daniel Coronel —entre otros—, valientes que con un ejercicio del periodismo serio e investigativo y con irrefutables argumentos de hecho al menos le están produciendo ronchas a lo que sería el sector intermedio de esa pirámide. Quizás y pese a todo esta perversa forma no sea de hierro sino de cera y podamos modificarla al cambiar la enajenación por la imaginación y la unión para que, como lo anhela el documental, ocurra el final de ese juego.

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