sábado 02 de enero de 2010 - 10:00 AM

La verdadera historia de la Mona Li…

Algunos postes distanciados con su lúgubre luz dejaban al descubierto la soledad de aquellas calles. Por unos segundos contemplé el azote invernal; me serví otro tinto bien caliente. Al poco estaba frente al gran ventanal.

En ese momento mis ojos parecieran que fueran a salirse de sus órbitas. Mi mano tembló ligeramente: allí frente al poste de mortecina luz que iluminaba parte de mi casa había alguien que miraba justo en mi dirección. Me quedé de una pieza. Qué demonios es esto, pensé, mientras la miré por unos instantes. Me retiré con premura. Pasaron unos segundos. Di un sorbo al café. Me quemé. Nuevamente me asomé. Entonces descubrí para mi temor que seguía mirando a mi ventana. Como si alguien me hubiera empujado de esta, me adentré y terminé el contenido de mi café.

¿Como huir de esta presencia?

Me asomé como si estuviera jugando y ¡pum!, me descubrió, me escondí… entonces bajé por las escaleras encendiendo todos las luces que encontré en mi camino.

Pensaba cómo alguien podía estar allí y por qué demonios estaba corriendo. Aminore la marcha; abrí la puerta. Una ráfaga de agua y granizo me golpeó el rostro. Me quedé en el umbral. Sentí un escalofrío por el cambio tan repentino de temperatura. Le miré; no retiró su mirada. Llegué a su lado y después de cruzar unas cuantas palabras de protocolo, me siguió. Llegamos empapados. Presto alcancé unas toallas y comenzamos a secarnos. Ofrecí un té bien caliente con unas gotas de brandy; entonces cómodamente sentados me aclararía lo que al comienzo no entendí muy bien:

– Llevo unas horas perdida. Vine sola. Antes de la lluvia lo buscaba. Después empezó la tempestad y perdí el papel, y recordé algunas indicaciones de su casa; por eso me quedé mirándolo… no había alguien más a quien pedirle ayuda. Alabo que lo encontré, maestro; que usted me encontró. Pues verá, sólo quiero que haga un gran retrato mío; nunca me han gustado las fotos: son frívolas, no tienen vida, en fin, no me gustan. Me enteré de que usted es un gran retratista. No había tenido la oportunidad de venir antes; por eso estoy aquí.

Descubrió una sonrisa, que dio a su rostro una belleza particular.

Aquello me pareció de película. La conduje a mi antrillo, mi estudio; le mostré el lienzo que estaba preparado. Ella aceptó, y como si fuera una modelo de alta pasarela, posó.

Los días se sucedieron uno tras otro. Disfrutábamos de deliciosas charlas. Alguna vez quise acompañarla, pero me dijo que su esposo pasaba a recogerla. Creo que estaba tan concentrado en mi labor que no me esforcé mucho por acompañarla. Pronto descubrí que había terminado el gran lienzo. Ella lo contempló una vez más, y muy complacida terminó de cancelarme el precio acordado, y agregó que su hija pasaría por la obra.

Preparaba mi próxima exposición cuando alguien tocó a mi puerta. Bajé, y descubrí que allí había un rostro familiar. Ella me extendió un recibo. Yo lo tomé. Invitée a la mujer a mi estudio. Descubrí el gran lienzo; entonces ella se dejó caer sobre la silla. Su rostro se contrajo. Yo quise ayudarla, pero ella me detuvo poniendo su mano frente a mí. Se quedó observando la pintura. En su semblante había emociones encontradas. No dijo nada; sólo miraba. Ofrecí un vaso de agua, que ella apuro. Me senté a su lado. Después de larguísimos minutos, se pronunció.

–Por favor, ¿quiere bajar el lienzo hasta mi auto?

Al rato, la obra estaba en la gran camioneta. Puso el motor en movimiento. Me tomó de la mano y dijo:

–Maestro, ¿se le debe algo?

–Claro que no; su señora madre ya canceló todo.

–Sólo quiero decirle que ha hecho usted el mejor regalo del mundo a mi padre, a mi hermanito y a mí. Mi madre murió justo hoy hace un año en un accidente automovilístico, y esta mañana desperté y en el nochero descubrí el recibo. Por eso he venido. No lo puedo creer: es ella, exacta como era.

Quise explicarle, pero de sus ojos escapó un par de lágrimas, y se marchó. Yo quedé como la primera vez, quieto, de una sola pieza, asaltándome el recuerdo; cosas que ahora comprendía: su impecable puntualidad, tanto de llegada como de partida; siempre modeló con el mismo vestido (era de su agrado); sólo aceptaba un pequeño carajillo –cada día que posó para mí–, té con brandy, justo fueron nueve días. Escuche un ruido en mi antrillo. Cerré. Subí. Entonces…

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