jueves 17 de octubre de 2019 - 9:39 AM

Un recorrido por los 85 años de cañonazos bailables

En la década de los años veinte la compañía cartagenera Laboratorios Fuentes hacía ruta a lomo de burro por las boticas de los pueblos de la costa Atlántica para repartir su Jarabe Antitísico, el Específico Indio, la Pomada Maravillosa y la Píldora Antianémica, productos estrella de la empresa de la familia Fuentes López-Tagle.
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Uno de los seis hijos, Antonio Fuentes, fue a estudiar Química en Estados Unidos pero en lugar de laboratorios, “Toño” frecuentó estudios de grabación y emisoras. De regreso a Colombia comenzó a “chapucear con tecnología de grabación rudimentaria en su propia estación de radio, dando lugar a Discos Fuentes”, cuenta el antropólogo Peter Wade en su estudio Música raza y Nación (2000).

Antonio “Toño” Fuentes (1907-1985) consideró necesario rescatar la música de su tierra. Sus primeras grabaciones fueron de músicos del litoral que luego se conocerían en el interior, como José Barros. “De la misma manera que vendía frascos vendían la música”, recuerda Tony Peñarredonda, gerente general del sello.

El inquieto emprendedor decidió tener su propia prensa para hacer discos. El primero grabado y fabricado en el país lo hizo en 1943, con un acetato de Buitrago, que incluyó “Las mujeres a mí no me quieren” y “Compae Heliodoro”. Entre 1943 y 1949 Buitrago grabó unas 150 canciones para esta casa disquera, hasta su misteriosa muerte cuando tenía 29 años.

Bonanza de Medellín

Explica el historiador musical Alberto Burgos Herrera que el sonido costeño estaba prácticamente vetado en Antioquia. “Los blancos de Medellín y el interior no veían bien la música de la costa, se pensaba que era de negros y tambores. El primer costeño aceptado en el país fue Buitrago (que era blanco, rubio y tocaba vallenato en guitarra)”, comenta el autor.

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En la década de 1950, la capital antioqueña tuvo un buen momento industrial, especialmente en el sector textil y siderúrgico. Por eso, el empresario “Toño” Fuentes y su esposa, la paisa Margarita Estrada, decidieron mover los estudios a la prominente Medellín de 1954. La sede principal la montó en una esquina del barrio Guayabal, seis años después. Allí estuvo el mítico estudio de grabación y la planta de producción durante casi 60 años.

El traslado a Medellín tuvo consecuencias sobre la música que se produjo. Aunque el sonido costeño conservó su identidad regional, los límites se desvanecieron en lo que se llamó “música tropical”. Don Antonio comenzó a fusionar los “corronchos” de la costa y los paisas de Medellín. “Atreverse a traer esos artistas raizales para mezclarlos con los del interior dio, culturalmente, grandes orquestas”, comenta Ángel Villanueva, gerente artístico de Discos Fuentes, hijo de Isaac Villanueva, compositor de canciones como “El ausente”, que cantó Joe Arroyo para la orquesta Fruko y sus Tesos.

A la bonanza comercial de la disquera se le sumó el olfato innato de “Toño” Fuentes para darle oportunidad a artistas y descubrir talentos. Cuenta el historiador musical Hernán Darío Usquiano que el maestro Aníbal Ángel, de Los Teen Agers, agrupación de Medellín nacida en 1957, llevó a grabar a un joven de 15 años una canción para el primer compilado de Los 14 Cañonazos. El cantante necesitaba un banco para alcanzar el micrófono pero se cansó durante el registro, exhaló y su suspiro quedó grabado. “Don Antonio no permitió que se borrara ese suspiro porque lo iba a comercializar como parte de la canción “La cinta verde”. Ese niño era Gustavo “El Loco” Quintero”, recuerda Usquiano.

Los cañonazos

El mismo olfato llevó a Fuentes a una de las innovaciones más importantes de la disquera. Con varias prensadoras, estudio y un catálogo vivo de artistas, Antonio Fuentes vio la oportunidad de hacer un variado musical con lo mejor del año, algo que no se había hecho en el país. En los long play, que se comercializaban desde los años 50, se podía grabar hasta 12 canciones, 6 por cada lado. “Para grabar más música había que apeñuscar el surco (ranura) del disco. Su proeza fue lograrlo”, comenta Tony, orgulloso del “hackeo” tecnológico que hizo don Antonio.

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Solo faltaba el nombre. No serían “hits”, ni golpes o impactos. El señor Fuentes pensó en los cañonazos de su Ciudad Amurallada. Así nació Los 14 Cañonazos, el primer variado de Colombia y el primero con 14 temas que hubo en el mundo. Usquiano cuenta que fue una “revolución en el mercado mundial” de disqueras porque le entregaba al público una selección y más tracks (pistas). Todos querían uno.

“Se volvió tan popular que cuando llegaba Navidad, junto con la natilla, el buñuelo y los villancicos para las novenas, había que echar el disco en la canasta, porque era con lo que bailaba Colombia”, señala Villanueva. Para Usquiano, esto revolucionó el mercado, tanto que años después otras disqueras (Codiscos, Victoria y Sonolux) sacaron también sus mejores del año.

Una rica historia

Con el tiempo, la compañía seguía adaptándose al negocio musical y promoviendo talentos. Toño Fuentes creó Los Corraleros de Majagual, la universidad de la música tropical, y descubrió a músicos como Julio Ernesto Estrada “Fruko”, que empezó haciendo recados, recogiendo cables y como corista “ayhombero” (el que canta los “ay hombe” en el vallenato).

Cuenta el investigador Juan Diego Parra, autor de La revolución sonora tropical urbana antioqueña (2014), que en 1965, para competir con las orquestas venezolanas Billo’s Caracas Boys y Los Melódicos, Fruko propuso un cambio de los sonidos corraleros: insertó el bajo eléctrico y sustituyó la caja vallenata por las congas con el golpeteo del güiro. El sonido de este último era como un “chucu-chucu”, onomatopeya –a veces despectiva– que sería distintivo del “sonido paisa”.

Un año más tarde, cuando tenía 20 años, Marco Tulio Aicardi, nombre original de Rodolfo Aicardi, salió de Magangué hacia Medellín. Como otros artistas, buscaba una oportunidad en Medellín y su sello disquero. Todavía con su cabello esponjado, oliendo a jabón de tierra, se paraba a mirar y sonreír a los que entraban al estudio, quería que lo dejaran ensayar y cantar algún tema. Saludaba a Los Corraleros, entre ellos a Fruko. Todos los días tocaba la puerta. Lo apodaron “Marquito, el cansón” o “Pegapega”, por lo insistente.

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Un día de 1968, el Sexteto Miramar fue a grabar en Fuentes un disco de 12 temas. Ahí siempre estaba Marquito, esperando, observando en un rincón. En la grabación de la última canción, Johnny Moré, cantante de la agrupación cartagenera, se reventó. Dijo que no cantaba más, sus cuerdas vocales no aguantaban. Fue la puerta que abrió el joven Aicardi.

–Tírese un número Marco, usted puede– dijo uno de los músicos, más en broma.

–Yo me la sé. Si quieren, se las canto ya– expresó Rodolfo.

Con los nervios de punta, su delgada voz entonó la que sería su primera grabación: la balada “Qué quiere esa música esta noche”, ante la mirada atónita de Moré. Sin saberlo, le había cedido su puesto al costeño de 22 años, luego convertido en leyenda.

Golden Agers

Para muchos la época dorada de Discos Fuentes (1961-1978) fue en la que hubo una bonanza de artistas de la talla de La Sonora Dinamita, Afrosound, Alfredo Gutiérrez, el Sexteto Miramar, Los Hispanos, Gustavo “El Loco” Quintero y Los Graduados, Joe Arroyo, Fruko y sus Tesos, Los Latin Brothers, Los Corraleros de Majagual, Los Golden Boys, Los Teen Agers y Rodolfo Aicardi. Pero la lista es larga (ver recuadro). También estuvieron artistas internacionales como Celio González, Alfredo de Angelis, Daniel Santos, Los Hermanos Visconti, Pastor López y Nelson David González (de Nelson y sus Estrellas).

El investigador Juan Sebastián Ochoa, autor del estudio sobre la música tropical Sonido sabanero y sonido paisa (2018), cree que en perspectiva la apuesta de Fuentes fue arriesgada. “Sin Antonio Fuentes la historia hubiera sido otra. En un alto porcentaje le mostró al país la música sabanera”. Aunque el fuerte del sello fue la tropical, también grabaron otros géneros como el rock –por sus estudios pasó Kraken, Estados Alterados, El Pez–.

El sueño de “Toño” Fuentes de encontrar los sonidos de la región, terminó escuchándose todos los años en el grito vagabundo de Buitrago, los sonidos de Majagual y los sabanales inmortalizados por Los Corraleros; Adonay, Daniela y la colegiala coqueta de Aicardi; Fruko y sus Tesos, con el Joe en la voz cantando al ausente, ese que volvió lleno de cariño, con ansias de amarte y querete más.

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