Cuando queremos ob-tener algún empleo, lo primero que pensamos es en presentar una hoja de vida impecable. Anotamos en ella nuestros antecedentes laborales, los nombres de las referencias influyentes e incluimos los mejores contactos.
Publicado por: Euclides Ardila Rueda / euclidesardila@hotmail.com
Nos refundimos tanto en formatos demasiado ostentosos y largos que, al final, nuestras postulaciones ni siquiera son tenidas en cuenta
Una hoja de vida, dicen los expertos, no debe ser demasiado extensa y en ella sólo se debe incluir la información relevante al cargo al que se aspira.
Así debería ser nuestra carta de presentación diaria: ¡sencilla!
Algunos, tras el afán de figurar, desean ser más que los demás; otros se quieren parecer a gente famosa; y no faltan quienes se esfuerzan por aparentar lo que no son, sin saber que no pueden ser nadie más que ellos mismos.
Con frecuencia creemos sentirnos cómodos en estilos ideados por los demás, sin pensar que nuestra realidad es muy distinta.
No sabemos exactamente porqué, pero hoy día giramos alrededor de un mundo de apariencias.
Las cosas, en lugar de ser más prácticas, se nos complican. Olvidamos que debemos aprender a perder con la cabeza erguida, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto.
Debemos refugiarnos en nuestros propios méritos y capacidades; nunca mostrar lo que no somos, para no adquirir la fea costumbre de caer en el vacío.
Nos vestimos con ropas de marca, pero a cada rato nos desnudamos ante lo evidente; conducimos carros modernos, pero nos congestionamos con la rutina diaria; sacamos pecho de nuestras riquezas, pero nos sumergimos en la pobreza de nuestros sentimientos.
Olvidamos, por ejemplo, que nos lleva mucho tiempo construir confianza, pero que en un solo segundo podemos destruirla.
Debemos aprender que no importa qué es lo que tengamos, sino a quienes tenemos en la vida; y que los buenos amigos se convierten en la familia que permitimos elegir.
Aunque no lo crea, podremos pasar buenos momentos haciendo cualquier cosa o simplemente nada, sólo por el placer de disfrutar la compañía de alguien valioso.
No nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queramos imitarlos para ser mejores personas.
Es cierto: conlleva mucho tiempo para llegar a ser la gente que queremos ser; pero también es cierto que el tiempo es demasiado corto como para detenernos en cosas superficiales.
El arte de vivir de una manera sencilla requiere de paciencia y humildad. Tiene que ver con aprender de las experiencias, pero también con la decisión de ser uno mismo.
Sólo así, entenderemos que si nos pasamos tratando de impresionar a los demás, nunca lograremos cautivar nuestro propio corazón. Y si no logramos conquistarnos a nosotros mismos, jamás seremos felices.
La vida vale cuando se tiene el valor de enfrentarla, de cuidarla y de amarla tal cual ella es. Es un don y seguirá siendo siempre un regalo de Dios. Por eso, que mejor hoja de vida que asumirla con la rúbrica de la sencillez; no con el cementerio de inutilidades que a veces nos inventamos.
¡esas tías que hay por ahí!
Cuando era un niño, me obligaban a visitar a una tía. En varias ocasiones preferí aguantarme el regaño de mis padres que ir a verla.
Su casa era inmensa y bien decorada. La recuerdo recibiéndome con la mirada altiva, acercando su cara para besarme sin tocarme la mejilla.
Las visitas eran insufribles. Sólo hablaba ella; mis papás y yo la escuchábamos. No nos preguntaba cómo estábamos, sino cómo nos habíamos portado. Sus historias estaban llenas de acusaciones, de reproches y de comentarios, tales como: la gente no hace aquello, Fulanito hizo esto y debió haber hecho lo otro, en fin...
Rara vez hablaba de sus problemas; era como si quisiera dar a entender que su vida era perfecta. Nunca reconocía un error suyo, sólo para no mostrar debilidades. No pedía perdón; decía que eso era humillarse. Sus odios eran repentinos, desproporcionados, profundos y eternos.
Cuando alguien sufría las consecuencias de haber cometido una falta le gritaba: ¡yo se lo dije!
Si ocurría algún problema en su hogar siempre se distanciaba, como si quisiera librarse de toda culpa. Según decía, lo que no funcionaba con sus hijos se debía a que no le hacían caso a ella. La verdad, no era consciente del dolor que su rigidez desataba en mis primos.
¡Pobre tía! Nadie quería estar con ella. Era el terror de sobrinos como yo; mientras que mis primos, o sea sus hijos, le temían hasta más no poder. Ellos, tan pronto crecieron, se alejaron de ella lo máximo posible.
Lo que ocurrió fue que todos terminamos aburriéndonos del egocentrismo extremo que su comportamiento reflejaba.
Ella creía que la gente se alejaba de ella, porque sentía envidia de su vida perfecta. Pensaba que se le tenía miedo debido a su honestidad al opinar.
Mi tía no se daba cuenta del dolor que se causaba a sí misma y a quienes la rodeaban. Yo diría que si ella pudiera leer este relato hoy, a lo mejor no caería en cuenta de que hablamos de su triste vida.
Ya hace años que murió. Y aunque muchos nos tocó ir al sepelio, recuerdo a un hermano bromista, quie ese día dijo: 'todos descansamos en paz'.
Debo confesarlo, mi tía no era una mala persona; hoy pienso que su intención era que las cosas le salieran siempre bien. Se esforzaba para que el mundo funcionara como ella pensaba; y estaba convencida de que sólo había una manera de hacer las cosas.
Creía que tener la razón era mejor que cultivar los afectos. La tía se condenó a vivir aislada, solitaria, amargada y detrás de las barreras de su estricta convicción.
A veces todos somos como mi tía: consideramos que no hay más que un camino correcto. Hoy le pido a Dios para que mis hijos y mis sobrinos sí quieran visitarme y que, si van a mi entierro, de corazón, sientan el dolor de mi partida.













