Espiritualidad
Jueves 17 de febrero de 2011 - 12:00 AM

El trato de Dios

Los problemas nos pulen. Muchas veces ellos son sólo retos para crecer. Casi siempre olvidamos que hay cosas de nuestra personalidad que Dios nos debe pulir. ¡Claro! lo hace a su manera, en su tiempo y con el método que Él disponga.

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Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

Antes de leer esta página, lea en voz baja la siguiente plegaria:
"Señor, trate con mi vida, tal como el alfarero moldea al barro, hágase en mi su Santa Voluntad".
¿Ya lo hizo?
Ahora analice el contenido de esa oración. ¿Qué quiere decir?
Significa que por muy estropeados que nos vea, Dios es el único que nunca nos tira a la basura. Más allá de los problemas, una parte de Él siempre se mantendrá en nosotros y morará por siempre en nuestra interioridad.
Esa parte de Dios tiene la sublime misión de orientar nuestras acciones. Por más fondo que hayamos tocado, si tenemos fe y le ofrecemos a Jesús  nuestros sufrimientos, Él no sólo nos sacará a flote; sino que además nos guiará por el camino que nos corresponda atravesar.
¿A qué viene el tema de hoy?
A que debemos reconocer el trato benevolente que siempre tenemos de Dios. La presencia del Espíritu en nosotros es una confirmación y una garantía de su amor Divino.
Si deseamos sinceramente encontrar al Padre, incluso en las circunstancias más adversas y en los ambientes menos propicios, nada puede impedirnos salir adelante.
Un viejo consejo de nuestros abuelos reza que en los momentos difíciles de la vida nos corresponde acudir a nuestra interioridad, porque allí se nos orientará sobre las mejores alternativas de acción; siempre en concordancia con lo que Dios quiere de nosotros.
Una precisión: esa  orientación interior no debe confundirse con la "conciencia", que es una función de la mente humana, producto del recuerdo de pasadas experiencias, 'buenas' o 'malas', asimiladas por nuestra cultura, de la educación y del ambiente familiar. De hecho, muchos son conscientes de que actúan mal y de todas formas proceden de una manera incorrecta.
La guía de Dios es distinta: es una señal clara y diáfana. Es como tener los lentes precisos para ver qué tan 'bien' o 'mal' nos  portamos.
Es la correcta señal de lo que nos corresponde hacer; es como esa intuición que nos dice cuál es el camino a seguir.
El trato que Dios nos da tampoco es pura teoría, es práctica. No pasa lo mismo con nosotros, quienes casi siempre somos excelentes expositores de la fe, pero muy pocos la llevan a la vida real. Es decir, hablamos de fe todo el tiempo, pero al momento de ponerla en práctica, fallamos.
El trato de Dios hacia nosotros es distinto. Jesús nos da en la justa medida lo que merecemos, siempre y cuando tengamos la suficiente fe en Él.
En nuestra vida somos protagonistas de numerosos episodios en donde nuestra fe se pone a prueba. No podemos olvidar que, cuando todo parezca fallar a nuestro alrededor; lo único que nos resta es confiar... Y cuando lo hacemos, Dios responde.
Mejor dicho, cuando nuestra búsqueda de Dios es sincera, Él nos busca o se deja encontrar por nosotros; aún siguiendo los caminos más inesperados de la vida.

No se deje llevar por los problemas

Tenemos la costumbre de quejarnos y, lo que es peor, culpamos a los demás por nuestros errores. Algunos, no todos, le echan la culpa a Dios, como si la misión exclusiva de Él fuera la de agradar a todo el mundo.
Es cierto que en nuestra vida tenemos días terribles. Muchas veces la frustración llega porque no sabemos a quién acudir y nos invade una sensación de amargura.
Aunque no lo creamos, somos los gestores de lo que nos pasa. Queremos resultados, pero no nos detenemos a pensar en los procesos.
Un niño en una escuela se queja porque el profesor lo rajó, pero olvida que su prueba la perdió sólo porque no estudió lo suficiente.
Hace poco tiempo un joven se suicidó porque sospechaba que tenía Sida. Antes de tomar la dura decisión de quitarse la vida, asumió una posición de rebeldía con su familia, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo e incluso con Dios.
Fue entonces cuando decidió echarles la culpa de lo que le pasaba a los demás; nunca levantó su mirada, ni jamás decidió ir adelante a enfrentar las cosas. Tampoco pensó en él.
¿Resolvió su problema al fallecer? ¡No!
¿Qué pudo vivir mucho más?  Tal vez sí, tal
vez no.
De pronto si hubiese dedicado lo mejor de su tiempo y hubiese hecho ingentes esfuerzos en llenar su mente y su espíritu de cosas positivas; aún en su condición de enfermo, podría haber encontrado el sosiego que su vida exigía.
"El hombre es lo que piensa". El muchacho de esta historia pensó en que con quitarse la vida, todo pasaría. No cuidó sus pensamientos, no tuvo en cuenta a los demás, tampoco pensó bien de él mismo y optó por actuar con la peor de todas las respuestas: Quejarse de todo, ... hasta de vivir.
Echamos en balde nuestros clamores cuando nos quedamos sólo en las quejas. La clave está en no dejarse llevar por el tedio, pues siempre hay tiempo para reiniciar.
No mire sólo sus fracasos, usted se puede dar el tiempo suficiente para consentirse e incluso para enfrentar las más difíciles situaciones que la vida le muestre. Rebelarse contra el sufrimiento o quejarse por todo, sólo empeora las cosas.
Ojo: la idea no es resignarse, la clave está en no dejarse llevar por lo 'malo' que le pase. Asuma esa actitud y verá que su vida cambiará.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

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