Espiritualidad
Jueves 21 de julio de 2011 - 12:00 AM

Ser buena gente

Una palabra amable, un solidario apretón de manos, un cálido abrazo, una sonrisa dibujada en su rostro o unos simples gestos de cariño en el momento preciso cautivan a cualquiera. Ver a los demás con los ojos de la sencillez nos permite observar a las personas de la misma forma como Dios nos ve a todos.

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Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

Cuando miramos a la gente por encima del hombro o con prejuicios, nos comportamos de una manera insensible. Además, juzgamos muy duro y cometemos grandes injusticias.
Desde los más humildes lustradores de zapatos hasta los mismísimos presidentes o gerentes de las empresas, deben comportarse cordialmente.
Nadie debe ampararse en una chequera, en un apellido, en una cualidad física o intelectual para menospreciar a quienes le rodean. Si usted ocupa un cargo superior en una determinada organización, le corresponde ser más noble, más allá de sus éxitos. A veces las metas alcanzadas se convierten en vendas para sus ojos y lo hacen ver algo arrogante.
A decir verdad, el cielo de la fama no es ni tan grande ni tan azul como lo pintan. Por el afán de figurar, se puede llegar a perder el decoro.
¿Cuántas cosas corruptas han comandado los políticos de turno? ¿cuántos juegos sucios se han fraguado? o ¿cuántas mentiras se han dicho?
Sus logros profesionales, más allá del dinero que gane, no pueden ser herramientas para maltratar. Usted conserva su don de gente con acciones, no con transacciones.
Un buen nombre, de esos que dignifican un apellido, un trabajo, una profesión y la vida misma, siempre valdrá más que las riquezas o los ‘negocios’ que deja la fama.
Por la búsqueda del reconocimiento exterior, olvidamos reconocer nuestro interior y no miramos más allá de los aplausos de los demás.
Sería bueno ser el más famoso de nuestra casa, de
nuestra relación de pareja, de nuestra empresa, de nuestro círculo de amigos… ¡Claro! se debe obtener esa fama con la rúbrica de la sencillez.
Usted requiere del don de gente para lograr que el brindis que haga, con el vaso de su personalidad, suene más fuerte en el corazón de los demás.

No sea arrogante, ¡respete a los demás!

Sea agradecido con los que le ayudan.

El hombre afortunado no es un egoísta; su principal deseo consiste en ayudar a los demás.

Aunque usted no lo crea, la solución está en el problema mismo; la respuesta está dentro de cada pregunta. Y la inteligencia infinita le responderá cuando la sepa invocar.

Sea usted mismo, ¡no se preocupe por lo que se diga de usted! Sea auténtico y obre siguiendo sus voluntades e impulsos sanos.

Aunque no lo creamos, somos los gestores de lo que nos pasa.

Adiós a las críticas, hasta esas que llaman ‘constructivas’; al fin y al cabo no son otra cosa que recriminaciones. Eso sí, sepa diferenciar la crítica del consejo.

Salga de la rutina. Aunque El Sol brille durante el día y La Luna surja por entre las estrellas; un día nunca será igual a otro.

¡Decídase! Desde hace mucho tiempo está postergando la solución a su problema.

Sienta que su casa es su templo. No importa que sea lujosa o humilde; allí es donde usted encuentra acogida y refugio.

Si alguien es grosero con usted, no le conteste con otro insulto. A las palabras se las lleva el tiempo.

No les exija actitudes a las otras personas. Cada cabeza es una sentencia.

Sienta su cuerpo, ámelo, conozca sus centros de energía y armonícelos a través de la meditación y del movimiento.

La casa de tesoros está dentro de usted. Mire hacia el interior y hallará una respuesta a los deseos de su corazón.

Nunca use la frase: ‘Yo no puedo hacerlo’. ¿Por qué? porque si dice “no”, su mente subconsciente lo acatará de manera literal y le impedirá realizar cualquier cosa.

Los nobles pensamientos con los cuales se conviva, se convierten en hechos.

Usted tiene el poder de seleccionar: escoja la alegría y la felicidad. Puede elegir ser amigable o cascarrabias, entusiasta o deprimido, valiente o cobarde, celoso o seguro, en fin...

Si ama a alguien de verdad y es correspondido, viva intensamente ese amor. ¿Para qué buscar otro?

Toda enfermedad se origina en la mente; nada aparece en el cuerpo que no haya sido concebido por la cabeza.

Siempre persevere. Recuerde que la fe es como la semilla sembrada en la tierra; crece según su clase. Abone una idea, riéguela y fertilícela con la suficiente confianza.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

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