Espiritualidad
Jueves 22 de diciembre de 2011 - 12:00 AM

La cosecha del alma

Las horas, los días y los años vienen y van. Y, con relativa frecuencia, muchos no los aprovechamos. Deberíamos tener presente que Dios también tiene reloj y que, con el paso del tiempo, Él nos dará cosechas reales sólo en la medida que sembremos las semillas del bien.

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Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

“Tanto trabajar y no tengo nada”; ese es el coro de una de las tantas canciones bailables de fin de año que se escuchan por estos días.
Tal melodía, de manera desafortunada, nos puede pegar a muchos; pero también nos podría servir para reflexionar.
La idea no es bailar porque no se logró nada; la clave es analizar cómo las experiencias y vivencias de este 2011 que finiquita, de alguna manera, condicionan nuestras formas de actuar en el presente.
Y aunque a estas alturas no es tiempo de “resolver el pasado”, analizar sobre ello puede resultar una experiencia enriquecedora.
¿Por qué?
Porque pensar en ello nos permite conocernos un poco más y nos ayuda a descubrir las causas de nuestros problemas actuales.
¿Trabajamos mucho y no tenemos nada?
¡Algo nos pasó!
 A lo mejor no fuimos disciplinados; de pronto estuvimos laborando en el sitio equivocado; o es probable que lo que hicimos no fuera lo suficientemente rentable para nuestras necesidades… En fin, hay muchas respuestas que pueden aparecerle a este interrogante.
Indagar sobre lo que hicimos mal o lo que dejamos de hacer nos ayuda a encontrar la forma de solucionar parte de nuestros problemas.
Además, revisando el pasado, conoceremos los vericuetos de nuestra alma y, de paso, podríamos entender qué es lo que nos pasa.
Sabemos hoy que nuestros errores, nuestros conflictos emocionales, los problemas de consciencia, los miedos que nos acosan, los temores que nos asaltan y los complejos de culpabilidad que nos rodean pueden examinarse desde nuevos puntos de vista, más lógicos y racionales, para liberarnos de ellos y de sus nefastos influjos y efectos.
Tener presente los errores que cometimos este año es fundamental, no sólo para pedir perdón por lo que hicimos mal, sino también para tener una gota de serenidad y recomponer así el camino.
Con la serenidad podemos conservar la cabeza fría, el corazón caliente y la mano lo suficientemente abierta como para saber cómo emprender el reto del nuevo año.
No hay que esperar a ser viejos para enamorarnos, ni tener el suficiente dinero para gozarse la vida. Tampoco se debe esperar a que estemos bien enfermos para ir al médico o esperar a que nuestros seres queridos estén en un ataúd para rezarles y, ahí sí, decirles que los queremos.
Si afinamos el oído, tendremos la capacidad para sintonizarnos con cada uno de los momentos bellos que Dios nos regala.
Hoy no nos quedemos sentados esperando que las horas hagan de las suyas, para acordarnos de que tenemos que vivir.
La campana del tiempo se escucha de manera incesante y, por supuesto, cada año que pasa ella suena con más fuerza; no para recordarnos que llegan las arrugas, sino para avisarnos que la flecha del ajuste de cuentas, ya está a punto de ser lanzada.
Puede caer la tarde, pero si sabemos sacarle provecho al bienestar del crepúsculo, las difíciles situaciones que nos lleguen se verán como un delicado velo.
Un poco de serenidad, ese puede ser uno de nuestros grandes propósitos para los nuevos tiempos. Aprender a estar serenos nos resultaría de mucha utilidad para enfrentar lo que el 2012 nos deparará.
Es una sencilla, pero válida petición. Al menos con esa tranquilidad, jamás nos quedará el dolor de haber desaprovechado las grandes oportunidades que estuvieron frente a nuestras narices.

EL PERDÓN
Si quiere vivir una vida feliz y
poder amar y ser amado, aprenda a perdonar y a perdonarse. Aquello de que “yo perdono pero no olvido”, no es perdonar.
Su alma, sus sentimientos, su espiritualidad y sus mejores afectos e intenciones podrán realizarse felizmente, si usted
aprende a perdonar, a perdonarse y recordar lo malo sin dolor.
Todos y cada uno de los seres humanos que habitamos este planeta, estamos aquí cumpliendo una misión.
Algunos tienen la misión de ser comerciantes, profesores, soldados, periodistas, diseñadores o conductores de busetas.
Además su misión puede incluir la responsabilidad de ser madre, esposo, vecino, fotógrafo, poeta...
Cada uno merece respeto y consideración en lo que hace; y todos tenemos la responsabilidad moral de ser excelentes en lo que hacemos.
Al despertar en la mañana, hágalo con serenidad y cancele los afanes, pues estos provocan desorden y confusión.
Cuando se actúa con afán, se duplica el esfuerzo y se corren mayores riesgos de
equivocarse.
Cada cosa a su tiempo y a su ritmo. Con calma podrá encontrar más oportunas soluciones.

La vida está en lo sencillo
Hay gente que dice que ama, pero hace todo lo posible para hacer sufrir a su pareja; hay gente que dice que ama la lluvia, pero usa paraguas cuando llueve; hay que gente que dice que ama el sol, pero siempre busca una sombra cuando el sol brilla; hay gente que dice que ama el viento, pero cierra las ventanas cuando el viento sopla.
Hay personas que creen que las hojas de los árboles siempre están quietas y ni siquiera les agrada una ligera ráfaga de aire frío sobre sus frentes.
Se acuestan nada más para ver si logran ‘asesinar’ al insomnio o simplemente dejan que la noche pase con tristeza ante la ausencia de un esquivo sueño que, a decir verdad, hasta avanzadas horas de la madrugada logra confundirlos con el aterrador silencio.
Para estos seres humanos, sus tiempos están llenos de trabajo, de angustias ‘porque el dinero no alcanza’ o, en su defecto, se la pasan ‘fustigando’ el nombre de Dios, sólo por el aburrimiento que les ‘toca’ afrontar.
Mejor dicho: se la pasan contando los dolores, sin detenerse a pensar que es el tedio el que los hace contabilizar las largas horas.
Por eso, le viene bien al espíritu el hecho de no darle tanta importancia al fastidio o a las preocupaciones que nos asedian y, en cambio, dedicarle más tiempo a esas cosas sencillas que no cuestan mucho y, en cambio, sí alimentan las ganas de vivir.
La vida se basa en disfrutar las pequeñas cosas que lo rodean y, de manera especial, la clave consiste en encontrar paz en esos lugares donde la magia de la naturaleza nos reconcilia con el alma.
Haga su propio inventario y analice aquellos sencillos placeres que le proporcionan felicidad.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

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