Jueves 20 de Septiembre de 2018 - 12:01 AM

El poder de actuar bien

Tenemos el poder de actuar, de servir a la gente e incluso de hacer ‘lo que se nos venga en gana’. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado de cómo utilizamos nuestro poder.

El poder puede ser utilizado para servir, para hacer cumplir la ley o, como erradamente algunos lo usan, para hacer ‘lo que se les da la gana’.

El primer uso es el que nos dictó Dios. Ese es, a mi juicio, el lado más bello del poder: ayudar a los demás convirtiendo nuestros trabajos, valores y riquezas en bendiciones para los demás.

La segunda opción del poder, que es muy común en Colombia, consiste en ‘sacar tajada propia’. Cuántos funcionarios de turno llegan a ocupar cargos solo por el famoso CVY ('Cómo Voy Yo'), embolsillándose parte del erario.

Existe otro poder que se da cuando asumimos el libre albedrío y actuamos según nuestras formas de ver la vida. Dicha perspectiva, de manera desafortunada, casi siempre es confundida con la irresponsabilidad.

No vaya a creer que estoy hablando solo de funcionarios o de políticos determinados. También me refiero al poder de cada uno de nosotros; o sea, el suyo y el mío.

Porque no solo quienes ejercen el poder público sino también cada ser humano, desde cualquier lugar en donde esté, se encuentra de manera constante ante la disyuntiva de servir o servirse. ¿Anteponemos el propio interés a la necesidad ajena?

De manera desafortunada no hemos aprendido a aprovechar nuestro poder. A veces tenemos mentalidades irresponsables, libertinas, cómodas e incluso sacrificadas.

Para algunos el poder de actuar está regido por la autoridad. Si su superior no le da una orden específica o no le hace cumplir el reglamento de la empresa, no actúa correctamente.

Conozco a mucha gente que siempre espera la presencia del jefe en la oficina para cumplir sus deberes; hay ciudadanos que respetan las señales de tránsito solo si observan a su alrededor a un alférez; muchos solo son fieles a sus parejas dependiendo de las custodias que ellas mismas les hagan; y hay alumnos que están atentos en clase solo cuando el profesor les llama la atención.

Podría seguir dando varios ejemplos al respecto. Lo cierto del caso es que cuando dependemos de otros para actuar de manera honesta, al final terminamos siendo esclavos. Es esclavo aquel que actúa por la norma y no por la convicción. Lo propio le pasa a quien se comporta de determinada forma por temor al castigo o por la posibilidad de acceder a un premio.

Mientras no tengamos convicciones y no cultivemos los valores nos tocará tener a nuestro lado una cámara de monitoreo que vigile nuestros pasos.

Si utilizáramos el poder para actuar bien, desaparecerían los celos en nuestras relaciones sentimentales, los jefes no nos pasarían memorandos y la movilidad vehicular fluiría, por citar solo tres ejemplos.

Incluso, siendo más literales, organismos de control tales como la Fiscalía, la Procuraduría y Contraloría sobrarían. ¡No tendrían razón de ser si estuviéramos entre personas de principios éticos!

Lo mejor es que siendo transparentes y utilizando nuestro poder para bien seríamos realmente libres.

Pero hacemos todo lo contrario, somos libres para lanzarnos a los excesos, para desordenarnos y para aprovechar el poder para nuestro beneficio propio.

Nos comportamos así sin el mayor asomo de cinismo y, pese a ello, exigimos respeto y confianza.

Asumamos nuestro poder para ser dueños de nosotros mismos y para entender que podemos servirles a los demás de una forma desinteresada.

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