martes 19 de marzo de 2019 - 12:00 AM

‘Ángel de mi guarda, mi dulce compañía’

Aunque no lo crea usted jamás está solo, hay personas que nunca lo desamparan. Esos seres son ángeles que Dios le destina para protegerlo y para ayudarlo a restaurar.

Quién no ha pronunciado alguna vez: “Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampare ni de noche ni de día, hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María”.

Si ha recurrido a esta plegaria dirá junto a mí: ¡Amén!

Desde pequeño me acostumbré a recitar esta linda frase y sé que muchos de ustedes hacen lo propio.

¿Sabe algo? Siempre que me acuesto elevo esta bella oración al cielo. Y sin exagerar, eso me permite dormir en paz.

Sé que esta costumbre, según las creencias católicas en las que me criaron, pretende invocar a un ser al que Dios le da la misión de protegerme.

Tal vez si alguien es escéptico difícilmente coincidirá conmigo. No obstante, debo aclarar que este tema de los seres celestiales no es un asunto eminentemente católico.

Se sorprenderá al saber que el Hinduismo, el Islamismo, el Judaísmo y el propio Cristianismo coinciden en que los ángeles son seres de luz que evolucionan mediante el servicio y que incluso también son denominados Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Principados y Arcángeles.

Todos ellos viven en el mundo del pensamiento, a la espera de que se les invoque y se les dé una súplica para ayudarnos.

Es decir, no es preciso pertenecer a una religión determinada para creer en ellos y gozar de sus beneficios.

Dicen que los ángeles existen desde el principio de los tiempos. Otros más aseguran que son espíritus esculpidos por Dios para guiarnos.

Son portadores del Mensaje Divino, consejeros, testigos y protectores. Vistos así, ellos son como una energía espiritual que no podríamos definir con palabras.

Interpretado desde el diccionario, el término ‘ángel’ se traduce como “mensajero”. Viene del latín ‘Ángelus’, que se aplica a una categoría de espíritu celestial que denota un ente sobrenatural, pero de instintos bondadosos.

He oído a muchas personas, incluso ateas, que dan fe de haberse encontrado en la vida con algún ángel. Todas ellas, después de vivir experiencias maravillosas, concluyeron que existen seres de nobles sentimientos que les dieron una mano en momentos difíciles.

Yo creo que muchas veces esos ángeles son de carne y hueso. En mi vida diaria siempre han aparecido estos ángeles, con ropaje humano, que salen a mi encuentro para animarme cuando estoy ‘bajo de nota’ o para recordarme que sí puedo salir adelante y que, a pesar de los problemas cotidianos, siempre contaré con ellos para levantarme.

Hoy quiero preguntarle a usted, amigo lector, ¿Cuántos ángeles ha podido detectar en el trasegar de su vida?

Algunos dirán que han visto a miles de ellos, tal vez en el rostro de un niño, en esa persona que apareció en sus vidas para salvarlo de algún problema, en ese profesional que supo asistirlo en el momento preciso, en ese papá o esa mamá que jamás lo desprotegió, en fin...

No me pregunten si creer en el ángel de la guarda es suficiente. ¡Eso va en cada quien! Pero sí permítame decirle que lo único que necesita es tener fe en usted mismo, en las obras del universo, en Dios o incluso creer en la buena fe de los demás.

El caso de hoy

Las inquietudes asaltan a nuestro estado de ánimo. Rodean los pensamientos, los atosigan y logran intoxicarnos; tanto que no encontramos respuestas satisfactorias. Pero con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o empleando terapias de saneamiento mental. ¿Cuáles son esos temores que le atacan el alma? Escríbame a través del correo: eardila@vanguardia.com ¡En esta columna le responderé! Leamos la carta de hoy:

Testimonio: “He sido una persona muy desordenada y todavía me comporto de una manera irresponsable con mis quehaceres: he sido vago, desobligante con mis padres, infiel, desprendido de mi terruño, mal empleado. O sea que no soy lo que se puede decir un ‘dichado de virtudes’. Tengo 31 años y, de un tiempo a la fecha, me asalta el presentimiento de que es preciso cambiar, aunque no encuentro la voluntad para hacerlo. Sé que he cometido muchos errores en el amor, en el trabajo, con mi familia y en mi cotidianidad. Hace unas semanas lo leí y me gustó lo que escribió. Por eso hoy le pido su consejo”.

Respuesta: Siga sus propios presentimientos, pues ya es hora de corregir los errores del pasado para poder proyectar de mejor forma el presente y el futuro. ¿Apenas tiene 31 años? Es obvio que está a tiempo y, por lo que veo, tiene la oportunidad de rectificar los métodos que ha venido utilizando en su día a día.

No todo es tan ‘malo’, solo ha sido un ser de carne y hueso. Además, por lo que percibo en sus líneas, el hecho de que sienta que debe tomar correctivos es un gran avance. Deje atrás el pasado y tómese un tiempo para meditar su forma de ser y de actuar. Piense en cómo corregir esas erróneas actitudes y esos comportamientos.

Si analiza bien sus cosas, descubrirá que ha venido por una cuerda floja. Agradezca que a sus 31 ya comienza a darse cuenta de la peligrosa realidad de las circunstancias vividas. No es tiempo de recriminaciones, ni tampoco para autocensuras o complejos de culpa. Considero que, en el fondo, está madurando y comienza a entender su vida. ¡Eso nos pasa a muchos!

Me dice que no tiene voluntad para cambiar, pero creo que sí la posee. ¿Sabe cómo lo logrará? ¡Poniéndose manos a la obra!

Tener voluntad es llevar a cabo acciones claras, definidas y concretas, basadas en sus deseos y en sus decisiones.

Nadie carece completamente de esta capacidad, pues no podría sobrevivir sin ella. Si no recurre a su voluntad, jamás podrá redireccionar su vida en ningún aspecto.

La fuerza de voluntad está íntimamente relacionada con lo que le motiva, con su autoestima y también con la madurez.

Debe meditar de una manera profunda y objetiva sobre su mundo y, con base en este análisis, tomar las decisiones de corrección de rumbo que se vean como las más necesarias y benéficas para usted. Haga esa reflexión y si puedo ser de ayuda más adelante, no dude en volver a escribirme. Le deseo éxitos. ¡Dios lo bendiga!

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Euclides Kilô Ardila

Periodista de Vanguardia desde 1989. Egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y especialista en Gerencia de La Comunicación Organizacional de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del equipo de Área Metropolitana y encargado de la página Espiritualidad. Ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

@kiloardila

eardila@vanguardia.com

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