jueves 04 de marzo de 2021 - 12:00 AM

Damos ‘vueltas y vueltas’ y no cambiamos de verdad

Ante las duras circunstancias que afrontamos en la actualidad nos sumergimos en una espiral y, al final, no somos capaces de darle un giro certero a nuestra vida.
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Muchos hombres y mujeres, a cualquier edad y por situaciones particulares, llegan a un punto en el que quieren cambiar los rumbos de sus vidas pero no saben cómo hacerlo.

Algunos se sienten estancados, otros entran en profundas angustias existenciales y hay quienes se resignan a vivir apesadumbrados a pesar del tedio en el que están inmersos.

¿Por qué se encuentran así? Porque muchos se acostumbran a transitar por el mismo sendero, tras una falsa comodidad. De esta forma se van oxidando y cuando intentan reaccionar ya no son capaces de arriesgarse a seguir otros trayectos.

Veo, con relativa frecuencia en mi entorno, a individuos que se enfrentan a un deseo de cambio pero, por alguna razón, no mueven ni un solo dedo para salir de esos baches y se sumergen en espirales sin fin.

Lo peor de esta situación es que estas personas comienzan a dudar sobre sus propias capacidades y, casi sin notarlo, van deteriorándose en sus quehaceres diarios. Total: convierten sus vidas en auténticos bostezos.

Si es su caso, déjeme decirle que esa sensación de no avanzar y de percibir que da vueltas una y otra vez para llegar al mismo sitio, se ha vuelto recurrente durante este prolongado tiempo de pandemia y de incertidumbres.

A usted, a mí y a todos los que nos sintamos así nos corresponde reflexionar al respecto y dedicar un tiempo prudencial para realizar una tarea introspectiva que nos permita averiguar en esencia qué queremos hacer con nuestras vidas.

Una vez sepamos qué queremos hacer, hay que trazar la nueva ruta para alcanzar dicha transformación.

Ojo: como todo cambio obedece un proceso individual que comienza con uno mismo, cada quien debe convertirse en el conductor y al mismo tiempo en la guía hacia los nuevos pasos que se deben dar.

Aquí es preciso admitir que se puede tener miedo, que hay momentos en los que uno siente que puede flaquear y en general que van a aparecer ideas que podrían distraernos de las metas.

Lo anterior no quiere decir que sea válido ‘tirar la toalla’ cuando algo no nos salga bien, sino que debemos estar preparados para superarnos.

Hay que aprender a detener ese ‘parloteo mental’ que nos restriega los baches. Es preciso demostrarnos que podemos adaptarnos a los cambios. Así las cosas, hay que aplicarse una buena dosis de fuerza de voluntad; lo que implica estar dispuestos a perseguir esos nuevos destinos a través de perseverancia, tesón y esfuerzo personal.

Obviamente hay que tenerse la fe suficiente y mantener los pies en el piso. Es decir, llevar a cabo el proceso de cambio no implica lanzar todo por la borda, sino ir asimilando paso a paso las estrategias del cambio.

Por eso es importante estar en ‘el aquí y el ahora’, conectados con la realidad y enfocados con lo que se está haciendo. Y en todo este proceso siempre hay que pedir la Bendición de Dios; pues sin su Venia nada podremos lograr.

REFLEXIONES CORTAS

* Aproveche cada uno de los momentos que Dios le brinda y no se preocupe tanto por poseer riquezas. Que nada de lo que cree que le pertenece lo detenga. ¡Viva el ahora! Ser feliz es lo único que realmente vale la pena. Las cosas materiales y todo lo demás por lo que luchó se quedarán aquí cuando deba partir. ¡Cuando muera nada se llevará!

* Cuando alcance la victoria o lo asciendan a algún cargo importante en la empresa, sea como el bambú. Él es un árbol que entre más alto crece, más se inclina.

* Valore a quien lo valora, no pierda el tiempo con alguien que no tiene ni un minuto para usted. Encuentre a esa persona con la que pueda tomarse una taza de café y que no saque el celular cuando comparta con usted o que al menos le pida permiso para contestar si lo llaman.

* Al caer la noche, antes de acostarse, agradezca por todo lo vivido. Las cosas que le hayan ocurrido eran necesarias para aprender algo que no sabía.

* Si alguien le dice que algo es “imposible” y que “Dios no lo va a ayudar”, no le haga caso. Esa persona habla de sus limitaciones, no de las suyas.

* Cada persona afronta situaciones: algunas grandes, otras pequeños, otras importantes y otros superfluas. Sea como sea, todos debemos ser auténticos y sobre todo ser capaces de mirarnos al espejo para reconocernos con nuestras ‘luces’ y con nuestras ‘sombras’.

¡CUÉNTENOS SU CASO!

Anímese a escribirnos sus inquietudes: pueden ser unas cortas frases en las que nos diga qué aflige su estado de ánimo. La idea no es solo que se desahogue, sino que pueda compartir con nosotros unas sanas estrategias para recomponer su espíritu. El objetivo es claro: que pueda mitigar los efectos de esas solitarias angustias por las que pasa su vida en la actualidad. Envíe su testimonio al correo eardila@vanguardia.com y en esta columna Euclides Kilô Ardila le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “A mis 23 años estoy soltero y a toda hora percibo pensamientos e impulsos sexuales. No sé si eso sea un impedimento en mi camino espiritual o si ellos podrían restar mi energía vital para acercarme a Dios. ¿Será que me estoy convirtiendo en un pecador? No soy religioso, pero tampoco me considero un depravado; le garantizo que soy un hombre que sigue los dictámenes de la fe y no pienso que sea bueno ir por ahí siendo promiscuo. ¿Qué consejo me daría? Le agradezco que me dé una respuesta”.

Respuesta: El tema del sexo está envuelto en normas sociales y tabúes morales, de los cuales no pretendo debatir en esta breve columna. Respeto el punto de vista de cada quien y, en ese sentido, no pretendería por ningún motivo dictar cátedra al respecto; sobre todo sabiendo que hay ideas fanáticas sobre este asunto tan puntual.

Debo aclararle, eso sí, que pensar en el sexo no reduce la energía vital que podría utilizarse para el crecimiento espiritual.

Si es soltero, tal y como me lo dice en su carta, y si tiene claro que no es bueno ser promiscuo y además es sincero con su relación con Dios, no veo qué hay de malo en pensar en su vida íntima.

No necesariamente es un pecador porque tenga impulsos sexuales que, en su condición de hombre joven, son relativamente normales. El tema es ser equilibrado y no llegar al punto de convertirse en un tipo obsesionado o cometer excesos.

Según dicen los expertos, la supresión de los impulsos sexuales en una persona común produce diversos efectos nocivos y ellos podrían manifestarse de otra forma y generar problemas tales como ansiedad, depresión, insomnio, etc...

Si usted no es un sacerdote, no se requiere ni el celibato ni el control de las necesidades sexuales para progresar espiritualmente.

Le aplaudo el hecho de que practique con constancia y con devoción su fe; sin embargo, eso no tiene por qué prohibirle su actividad sexual.

No pierda el equilibrio y mantenga la confianza puesta en el Señor. Nunca haga nada que pudiera llevarlo a una transgresión sexual y trate a los demás con respeto, no como objetos para satisfacer deseos lujuriosos.

Me gusta que ponga atención a los susurros de su espíritu para que pueda ser honesto y limpio; pero al mismo tiempo respete a su cuerpo y entienda que él siente y tiene necesidades.

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