martes 18 de junio de 2019 - 12:00 AM

El perdón sana y nos limpia el alma

El perdón es un remedio que baja las olas gigantes de odio y de resentimiento que nos causan las personas que nos hacen algún tipo de daño.
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Aveces las heridas no cicatrizan. Los golpes y las decepciones que algunos nos provocan nos dejan huellas profundas en el corazón y en el alma.

Lo peor es que los rastros de las ofensas nos ahogan en ‘mares de resentimientos y amarguras’ que al final se convierten en estados de profundos odios. Y tales rencores son ácidos que nos arden y nos van carcomiendo por dentro.

También ocurre que solemos escoger el peligroso camino del desquite y ‘nos vamos lanza en ristre’ contra el mundo, como si esos afanes de venganza fueran los bálsamos que necesitamos. Jamás debemos devolverle a nadie ‘mal por mal’.

¡Por favor! Eliminemos esas acciones destructivas que, en más de una ocasión, son causadas por el fastidio que nos despiertan quienes nos han ultrajado u ofendido.

Debemos tener presente que cuando odiamos a alguien y no le ofrecemos esa ‘amnistía del perdón’, cada vez que vemos a esa persona, la herida se nos abrirá más.

Recalco que el hecho de no perdonar a alguien nos coloca en una situación permanente de congoja.

Yo sé que no es fácil perdonar. Y es que cuando alguien nos ofende ‘tejemos’ una cadena de resentimiento que va creciendo cada día más.

Dicha atadura es la que finalmente no nos permite eximir al que nos traicionó y, por ende, no somos capaces de otorgarle ningún tipo de absolución.

Para perdonar todos debemos tener la voluntad de hacerlo y mirar ‘frente a frente’ al que nos lastimó, sin que por ello tengamos que olvidar la agresión. La confianza no está implícita en el perdón.

Una cosa es ser prudente y consciente de lo que pasó, y otra cosa es odiar y estar resentido toda la vida por algo que nos hicieron.

Así las cosas, le reitero: Perdonar es recordar sin que le duela.

¡He ahí la clave de todo!

Además, el asunto también está atado a la medicina. Los propios profesionales de la salud nos dicen que si guardamos rencores por lo que nos pasó lo único que logramos es que la tensión, los tormentos y los disgustos se acumulen. Así el estrés se multiplica y nuestro estado de salud se complica.

¿Por qué no somos capaces de perdonar?

Yo creo que es porque no hemos aprendido a manejar esas situaciones de enojo y, en lugar de controlarnos, terminamos lastimándonos más. De igual forma vivimos ‘nutriendo’ la aflicción e insistimos en ‘maldecir’ por lo sucedido.

Concederle cierto grado de amnistía a quien nos causa dolor en nuestras vidas se convierte en una tarea impostergable, entre otras cosas, porque el perdón es medicinal y liberador.

Debemos comprender que cuando perdonamos de verdad a alguien hacemos las paces con la vida misma y nos sentimos en un estado de calma.

Cualquier resentimiento con una sencilla dosis de indulgencia se desintegra en un santiamén.

¡Esa fórmula nunca falla!

Perdonar es borrar, es soltar una carga pesada en la espalda y, sobre todo, es erradicar de tajo ese veneno que nos aflige.

También hay que decir que algunas veces este es un proceso que toma un buen tiempo.

¿Saben algo? El perdón no debería ser visto como una emoción, nos convendría experimentarlo como una oportunidad o como una opción para ser más nobles y, de paso, para evitar que nuestro pecho se nos llene de orgullos y soberbias.

Dicho de otra forma, perdonar es una decisión. Es no permitir que pensamientos de desengaño gobiernen nuestro corazón.

Decidamos acercarnos a Dios para encontrar ese consuelo que tanto requerimos cuando estamos ofendidos.

Estamos obligados a tomar el control de nuestras mentes y arrebatarnos esa absurda sed de venganza.

En estos casos es preciso no dejarnos llevar por los impulsos y, en ocasiones, no exagerar ni dramatizar aquellas situaciones con las que nos humillaron.

Al perdonar, el rencor se esfuma. Por eso, cuando el otro no se arrepiente es cuando es más necesario perdonar.

Las heridas que nos causaron no tienen por qué mantenernos esclavizados, ni mucho menos podemos darles el poder de menoscabar nuestra energía.

El perdón sana y nos limpia el alma

LA PREGUNTA DE HOY

Inquietud del día: “Vivo en una competencia con mis amigos, todo para destacarme entre ellos. Sin embargo, debo confesarle que lo que hago no me llena ni me hace sentir pleno. A veces trabajo de mala gana. El tema es que sí obtengo plata con eso y, de paso, les demuestro a los demás que sí puedo hacer lo que me proponga. No sé si estaré haciendo mal al actuar así. Me gustaría que usted atendiera mi carta y me contará en su caso qué haría”.

Respuesta: ¿No entiendo por qué para usted el hecho tener mucha plata y demostrarles a los amigos poder o solvencia son cosas relevantes?

A mí lo que más me da felicidad y plenitud es la pasión por lo que hago. Jamás tengo en cuenta lo que digan o piensen los demás de mis agendas o de mis preferencias laborales; tampoco me interesa lo que piensen de mis posibilidades u opciones económicas. Esas cosas son asuntos míos y de nadie más.

En su caso, por lo que leo, usted tiene toda la capacidad y el poder para hacer de su vida una obra de arte.

Debería dedicarse a lo fundamental y a darles rienda suelta a su dinamismo y a su creatividad. Deje de lado esa cantidad de tareas que hace de mala gana, pues no están aportando nada positivo a los principios que deben orientar su vida.

Entiendo que el dinero que obtiene por hacer esas labores lo ‘atrapen’. Es obvio que si no tiene ingresos, no podrá satisfacer sus necesidades básicas como refugio, alimentación y ciertas comodidades. Sin embargo, no debe permitir que el afán por la plata lo controle. Si se deja llevar por él, no encontrará felicidad y satisfacción.

En el fondo no le estoy diciendo que renuncie a esa solvencia económica, sino que le ponga pasión a su vida. No olvide que las riquezas no son lo más importante en el mundo, busque tener en su vida cosas que lo emocionen de verdad.

Si lo que hace hoy no le aporta nada nuevo ni valioso para su crecimiento personal, aprenda a renovarse. Sin tener que dejar ese trabajo, busque otras posibilidades alternas que sí lo llenen. Aprópiese de cosas que le satisfagan y no distraiga su atención y capacidades en la realización de labores aburridoras.

Si mira su vida, descubrirá que se está exigiendo demasiado por estar de lleno en el peligroso juego de las competencias.

Recuerde que la única competencia válida en el mundo es la que realizamos con nosotros mismos y ella tiene que ver con la meta de ser cada día mejores. Cada persona es un mundo propio, por eso ámese y decida hacer lo que le gusta.

Orar es una buena estrategia. La plegaria le permitirá distinguir las cosas verdaderamente valiosas de las puramente accesorias. Elija vivir con pasión, hágame caso. ¡Dios lo bendiga!

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