jueves 19 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Esas personas que llegan a su vida

Promediaban las nueve de la noche. Llovía a cántaros. Genaro, un reconocido ejecutivo, impecable en su forma de ser y de vestir, hacía ingentes esfuerzos para no mojarse. Aspiraba a llegar hacia el parqueadero donde se encontraba su vehículo refugiándose, de calle en calle, debajo de los techos de las edificaciones.

A llegar a una esquina encontró un buen sitio para escampar. Se ubicó allí y, sin quererlo, pisó a una indigente que estaba dormida en ese lugar.
La mujer despertó y, antes que enojarse, le regaló una sonrisa. Al ver el afán de Genaro por no mojarse, esta señora le alcanzó una de las arrugadas hojas de papel periódico que ella había reunido para cubrirse de la borrasca.

- 'Tenga jefecito: con este papel no se mojará tanto', le dijo.

Genaro quedó impactado. No sólo por el noble gesto, sino porque esa humilde mujer, de tierna sonrisa, le recordó la cariñosa frase con la que su mamá, ya desaparecida, lo llamaba. Ella siempre le decía: ¡Q’hubo, mi jefecito adorado!

El ejecutivo jamás volvió a ver a esa pordiosera. Sin embargo, nunca la olvidó. Ahora, cada vez que llueve, va con unas hojas de papel periódico a la tumba de su mamá y le dice: 'Hola vieja, aquí está tu jefecito'.

Tal como le ocurrió a Genaro con esta indigente, se podría decir que nadie ha llegado a su vida por casualidad. Todas las personas, sin excepción, han tocado a su puerta para cumplir una misión especial.

Ese hijo que trajo al mundo, ese profesor que le enseñó las tablas de multiplicar, ese bebé que le regaló un simpático bostezo, ese amigo que le dio una ‘manita’ e incluso ese gamín que le pidió un mendrugo en la calle aparecieron en las escenas de su vida para enseñarle muchas cosas, más de las que usted imaginó.

Cada quien, sin siquiera notarlo, le ha ayudado a edificarse. Alguien que le sonrió, le reveló su capacidad de acogerlo; esa persona que le aceptó sus errores, le dio un ejemplo de benevolencia; aquel que le regaló una expresión de afabilidad le ayudó a recuperarse de su abatimiento; y hasta ese ser que lo despreció, probó en algún momento su capacidad de resistencia.

Muchos aparecieron para enseñarle algo, otros para medir su grado de tolerancia, algunos más calibraron su poder de resistencia. No eran malos ni buenos. Todos le permitieron aprender algo importante.

Algunos estuvieron o están a su lado más tiempo que otros. Lo cierto es que sólo un segundo pudo o puede ser suficiente para aprender la lección que esa persona le quiso o le quiere dar.

Échele cabeza y notará que todos aquellos que conoció y que ya no están a su lado por algún motivo, en determinado momento le hicieron percibir algo que usted no comprendía. Todos lo apoyaron, lo orientaron o lo cuestionaron.

¿Y sabe qué fue lo mejor?

Que todos ellos fueron regalos que Dios le envió para que creciera en algún aspecto. Le sirvieron para tomar una posición determinada, para dar algún paso y hasta para cambiar su forma de pensar.

Las relaciones con los demás enseñan lecciones para siempre. Su tarea consiste en aceptar la enseñanza, tolerar sus comportamientos y poner en práctica lo que ha aprendido en todas sus otras relaciones. Tales enseñanzas se quedan con usted para siempre, tal como le ocurrió a Genaro esa noche lluviosa con aquella pordiosera. 

Vea además en la edición impresa

  • Una historia que enseña
  • Juego de palabras

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