martes 26 de octubre de 2021 - 12:00 AM

Esas verdades que jamás ‘posteamos’ en las redes

No podemos ser superficiales al punto de llegar a perder nuestra esencia; nos corresponde valorar lo que es fundamental para la vida. Lo externo o lo material no lo es todo. No es el flash de nuestra ‘lente’ el que refleja la realidad; es más importante cultivar nuestro interior, ese que enriquece los pensamientos y las acciones.
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¿Nos tomamos el tiempo necesario para reflexionar sobre lo que compartimos o lo que leemos cada vez que navegamos en las redes sociales?

Algunos estudiosos señalan que cada cosa que publicamos allí es una especie de reflejo de lo que ocurre dentro de nuestras cabezas y que, en más de una ocasión, toda esa información ‘desnuda’ de manera tácita lo que sentimos o lo que no hemos podido alcanzar.

En cierta medida, es relativamente ‘normal’ que cada uno de nosotros busque el mejor ángulo y que trate de mostrar la mejor imagen. ¡Eso no está mal! Ni usted, ni yo ni nadie quiere verse feo en las fotos. ¿O sí?

Además, la autoestima o una apreciación buena de cada uno de nosotros repercute en una entrega mayor hacia cualquier causa en la que estemos comprometidos.

Lo malo, hay que decirlo, es que tratando de buscar la aceptación nos olvidamos de nuestra esencia.

No en vano dicen que en las grandes cosas nos mostramos como nos conviene proyectarnos, pero en las pequeñas nos dejamos ver tal cual somos.

Las redes sociales nos están ofreciendo una peligrosa percepción de ‘falsa’ felicidad, pues gran parte de lo que allí se publica nos hace creer que somos más populares, cuando en realidad vivimos refugiados en cuarteles de tristezas, de angustias y de preocupaciones.

La verdad es que una cosa es la percepción de felicidad y otra muy distinta es la felicidad misma. Si entendiéramos mejor lo segundo, podríamos hacerle un uso más equilibrado a toda la información que publicamos o que recibimos.

Lo anterior es tal vez el lado complicado del manejo dado a dichas redes, pues nos hemos acostumbrado a mostrar una realidad que está muy distinta de lo que realmente somos. Gran parte de nuestra vida ‘perfecta’ que anunciamos y que vemos en cada una de las ‘posteadas’ es mera apariencia.

En más de una ocasión quedamos en evidencia y publicamos pálidos y tristes retratos de lo que realmente anhelamos ser en la vida.

Más allá de que los demás vean lo ‘bien’ que registramos en las fotografías, lo supuestamente ‘afortunados’ que somos en medio de nuestra cotidianidad y los planes que disfrutamos, jamás podremos endulzarnos la vida si estamos completamente vacíos.

Debemos valorar más la esencia que la apariencia. Y podríamos empezar por fijarnos en el corazón de las personas más que en sus aspectos físicos.

Como si fuera poco, solemos dejarnos llevar por lo que otros dicen y caemos en la trampa de seguirles la cuerda haciendo lo mismo. Si dejamos avanzar esta manía de ‘cacarear’ lo que no somos, estaremos cada vez más carentes de valores e iremos dejando de lado los buenos sentimientos.

Mucho cuidado con la importancia que les damos a las cosas materiales; ellas tienen un precio monetario, pero suelen carecer totalmente de esencia y de espiritualidad.

EL CASO DE HOY

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. Pero con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que hoy lo afectan? Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá. Veamos el caso de hoy:

Esas verdades que jamás ‘posteamos’ en las redes

Testimonio: “No sé por qué, pero en las últimas semanas me he impregnado de una tristeza que me hace llorar con cierta frecuencia. Es como si estuviera debajo de una nube y la lluvia solo me cayera a mí. Tal vez sean las decepciones vividas las que me tienen así. ¿Qué opina de lo que vivo?”

Respuesta: La verdad es que esa nube gris que le hace ‘llorar’ y ver el alma alicaída podría ser relativamente ‘normal’, siempre y cuando no sea un estado permanente.

Cuando se permite llorar usted logra que su alma se desahogue y toma un nuevo aire; es decir, llorar no es malo, lo grave es hundirse entre las lágrimas.

Es fundamental enfrentar eso que le está maltratando su estado de ánimo. Y así me escriba que ‘no sabe’ por qué se siente así, en el fundo usted sí tiene claro lo que le sucede; solo que no quiere admitirlo.

Escudriñe en su interior e interprete la gran razón de ese abatimiento, acepte esa emoción y proceda a sacudirse de ella.

Le corresponde recuperarse de las decepciones o de los fracasos vividos. Céntrese en lo que necesita trabajar e inténtelo de nuevo.

En este momento de quiebre y de frustración, póngase en las manos de Dios a través de la oración; con cada plegaria, Él le dará sabiduría para actuar.

Le reitero que jamás saldrá de ese atolladero si no tiene la fuerza de voluntad para asumir y encarar la situación.

¡Piense en positivo! Realice tareas que le ayuden y que eviten que su abatimiento lo impregne por completo. Traiga a su memoria las cosas buenas que ha vivido, téngase confianza, crea que puede mejorar y verá un mejor horizonte. Contemple formas de erradicar ese estado ‘lúgubre’ y le garantizo que hallará una salida y se sentirá más seguro.

Si no logra ‘bajarle el tono’ a esa tristeza, debe consultar un sicólogo; él le hará un diagnóstico certero y le planteará terapias claves. ¡Le mando un abrazo!

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Euclides Kilô Ardila

Periodista de Vanguardia desde 1989. Egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y especialista en Gerencia de La Comunicación Organizacional de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del equipo de Área Metropolitana y encargado de la página Espiritualidad. Ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

@kiloardila

eardila@vanguardia.com

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