jueves 15 de abril de 2010 - 10:00 AM

Hay una ventana más allá de los problemas

Durante estos días, cuando el cielo de abril se torna gris y las nubes amagan con ‘derretirse’ con el soplo del viento, algunos tienden a sentirse algo melancólicos.

Se tildan estos tiempos como opacos. Es más, en el mundo de los pronósticos, el alma acostumbra a regirse por la llamada ‘ventana del desánimo’, que no es otra cosa que una época en donde arrecian la nostalgia y la tristeza.

Dicen que la cantidad de días nublados que llegan es proporcional al número de gente que se vuelve susceptible ante el más mínimo cuadro frío de nuestro mundo.

Cuando vemos relámpagos, esperamos detrás los rugidos de los truenos que, casi siempre, son más aterradores que los mismos rayos.

En el fondo, eso es lo que nos pasa cuando la vida nos pone frente a circunstancias desalentadoras.

¡A todos nos ocurre que nos asustamos más de la cuenta! Y no se trata de las lluvias propiamente dichas, sino de aquellos momentos en los que nada nos sale bien. Sentimos que todo y todos están en contra nuestra.

Esas son las borrascas que nos golpean y hacen que perdamos el entusiasmo. Muchas de ellas vienen con los nubarrones que se ciernen sobre nosotros en temas como las dolencias de la vida, la falta de plata, las situaciones amargas en el trabajo, en fin…

Pareciera que nuestras aflicciones trabajaran en contra de nosotros y se vieran traducidas en desilusiones.

Debemos admitir que una de las grandes desventajas de la actualidad es que, nos centramos demasiado en los problemas y no en la búsqueda de las soluciones.

Lo que sí hacemos es quejarnos de nuestra suerte. Dicen que si pudiéramos escuchar una grabación de las conversaciones que sostenemos cuando estamos con problemas, nos sorprenderíamos con facilidad. ¿La razón? comprobaríamos que es más el tiempo que le dedicamos a refunfuñar, que el que destinamos para salir del atolladero.

¿Qué hacer con estos tiempos difíciles?

Algunos se refugian en la fe y eso está bien; otros somos más lentos para acudir a Dios; y no faltan los que consideran, de manera arrogante, que Él ni siquiera presta atención a nuestras cosas.

La verdad es que hay diversas maneras de enfrentar un tiempo abrumador. Una de ellas, tal vez la ideal, es colocarse por encima del cielo gris de las circunstancias.

Los problemas pueden ser vistos como eclipses del estado de ánimo: cuando la luz del sol de nuestras vidas se eclipsa, viene un momento de oscuridad y de dificultad; pero también debemos tener la confianza de que todo tiene su tiempo y, después de las tinieblas,  reaparece la claridad.

Las soluciones vienen después de que tomamos la decisión de enfrentar nuestras afugias; poco antes de cavilar sobre lo que debemos hacer para salir del desolador panorama.

Cuando actuamos, aparece frente a nosotros una nueva perspectiva que levanta los corazones por encima de las dificultades.


¿CÓMO SOBRELLEVAR LAS PENAS?

Una señora tiene un grave dolor en el alma: la pena retuerce la garganta, pero en ningún momento hace visible su angustia.

Por otro lado, a un niño le falta una pierna y, pese a ello, sueña con ser el goleador del equipo del vecindario. Jamás habla de su deformidad; por el contrario, juega como si no tuviera discapacidad alguna.

Más allá hay un hombre de verdad. Hace poco sufrió una gran desilusión amorosa, pues su novia lo engañó con otro. Sin embargo, no deja de mirar hacia el frente y mantiene un semblante de dignidad.

Y también encontramos a Juan, quien sufre de esclerosis múltiple. Está ‘atado’ a una silla de ruedas, respira de una forma asistida, apenas musita palabra y recibe alimentación a través de una sonda. Aún así, cada vez que mueve sus labios, pronuncia mensajes de motivación.

La señora apesadumbrada, el niño, el hombre engañado y Juan, siguen adelante. Jamás se lamentan o al menos no lo hacen en público. Y no es que no hayan aprendido a llorar. ¡Todo lo contrario! sus lágrimas no han dejado de ser pedacitos de su corazón quebrados por dentro.

Ellos tienen en común algo más que un dolor en el alma: no se deshacen en lamentos.

Los invitados de hoy saben muy bien que las lamentaciones, sin quererlo, pueden convertirse en un obstáculo peor que las penas del alma, las limitaciones físicas, las desilusiones amorosas o las propias enfermedades.

Los dolores de los demás, en comparación con nuestras quejas habituales de que nunca hay plata, no dejan de ser insignificantes.

Para qué lamentarnos de nuestra pesada carga y vivir diciendo que la vida ha sido injusta con nosotros. Por qué estar descontentos de nuestra suerte y de los problemas que se nos presentan.

Todos tenemos al frente del camino la misma opción y esa no es otra cosa distinta a la de seguir con la cabeza en alto.

Si nos olvidáramos por un instante de nuestras penas y nos detuviéramos a compartir la carga de nuestros vecinos, nos daríamos cuenta de que podríamos sufrir menos.

 

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