viernes 21 de diciembre de 2018 - 9:27 AM

La mente y el corazón

Nadie será feliz razonando todo al 100% ni tampoco quedándose al vaivén de sus emociones. Debe existir un sano equilibrio entre la mente y el corazón.

Los ‘encontronazos’ entre la mente y el corazón casi siempre nos dejan en el plano de la indecisión. No todos logran el equilibrio perfecto entre el pensamiento y sus emociones.

¡La verdad no es fácil lograr tal armonía! El que es muy analítico en el momento de tomar una decisión al final se queja por no haber escuchado lo que su interior reclamaba a gritos; y quien se deja llevar por la pasión y solo prioriza sus emociones suele arrepentirse de haber actuado de forma ciega.

Si bien la razón es clave en la vida y debemos recurrir a ella para actuar, considero que nadie puede alejarse de la percepción del corazón y de sus grandes elecciones.

Total: ambos, la mente y el corazón, tienen sus propios pesos. Obviamente lo malo es volcarse por entero a solo un lado, dejando al otro desprotegido.

Pensar bien es clave, pero también le apuesto al corazón, entre otras cosas, porque él no juzga severamente a los demás ni a sí mismo y, por el contrario es comprensivo y sabe ponerse en cada caso en el lugar del otro.

Es fundamental utilizar al máximo nuestra capacidad de raciocinio, a fin de diseñar cuidadosamente lo que serán nuestras acciones. Pero una vez hayamos decidido la forma de actuar apliquemos la debida fuerza de voluntad para evitar trayectos dubitativos, esos que son productos de los caprichosos giros que dan nuestras emociones.

Ahora bien, yo sé que no siempre el corazón gana las batallas; pero sí es claro que en cada una de las situaciones de la vida, la intuición nos suele llevar por el camino más acertado.

De mi parte siempre le agradeceré al corazón el haberme orientado para proceder de la mejor manera posible.

¡Claro! También reconozco que algunas decisiones coherentes, pensadas con la cabeza, me han salvado de más de un embrollo, sobre todo en el plano sentimental.

Sea como sea, a todos nos falta mucho por vivir y por aprender. En ese sentido el corazón puede ser la brújula, sin perder la seguridad que nos dan la coherencia, la lógica y el sentido común.

También es esencial que profundicemos en nuestro mundo espiritual para alejar dudas, tristezas, apresuramientos y tedios.

Es vital esperar con calma el momento más propicio para actuar. Claro está que siempre se deberá establecer un sano equilibrio con la dureza de la realidad y el palpitar de nuestros corazones.

Sigamos una buena estrategia que nos permita encontrar el equilibrio en nuestra cotidianidad. No permitamos que se eche a perder algo hermoso por culpa de nuestras inseguridades, angustias o desconfianzas.

No nos quejemos tanto y trabajemos con tesón y firmeza.

Evitemos escondernos de nosotros mismos y no les huyamos a las decisiones fuertes y críticas.

Siempre habrá algo en nuestro interior que debemos sacar a flote para madurar, pero cada quien tiene el deber de descubrir su propia misión.

Hay que imprimirles entusiasmo a nuestros proyectos. De esta forma comprenderemos que los problemas que salgan en el camino se irán resolviendo paso a paso y con serenidad.

Aunque nos parezca que la vía que conduce a la cima está llena de piedras, descubriremos que al enfrentarlas esas mismas barreras se convertirán en oportunidades para avanzar y crecer.

Y aunque en ese ‘ir y venir’ angustiante se nos van a dificultar el ‘vivir’ y el ‘oír’ nuestra propia interioridad, concentrémonos en lo que hacemos sin distraernos en lo que ‘podría pasar’.

Dicho ejercicio nos dará nuevas enseñanzas y nos ayudará a madurar y a sobreponernos a cualquier adversidad.

Tendremos que tomar decisiones que pueden cambiar el rumbo de nuestra vida. Pero si miramos más allá de las apariencias, sin relegar nuestra intuición, elegiremos el camino apropiado.

No importan las distancias, siempre podremos llegar a la meta con una gota de razón y con un gran corazón.

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