martes 11 de febrero de 2020 - 12:00 AM

La serenidad alimenta al espíritu, sobre todo en tiempos de crisis

Más allá de las afugias, hay que apostarle a la calma, al autocontrol y a la sana reflexión.
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Muchos están atiborrados de compromisos, cargados de afanes, llenos de trabajo, asfixiados por las angustias económicas e incluso desanimados por ciertas dolencias.

Y si bien han sobrevivido a esas afugias, se la pasan ‘gritando los dolores’ a todos los vientos sin pensar que el tedio en el que viven los hace desperdiciar sus vidas.

A todos ellos les vendría bien el no darle tanta importancia a ese ‘fastidio cotidiano’ que sienten ni a las preocupaciones que los asedian. Es mejor dedicarles más tiempo a esas cosas sencillas que no cuestan mucho y que, en cambio, sí alimentan las ganas de vivir.

Deberían aprender del silencio y de la serenidad. También, en algunos momentos, pueden disfrutar del verdadero poder que se adquiere en la intimidad de la soledad.

Usted, yo y en general todos estamos en la obligación de manejar nuestra vida sin quejas. El que vive lamentándose por todo, finalmente atrae la lástima.

Una posición más decidida frente a la realidad, que además se puede ver de una forma más clara con una dosis de calma, les permitirá ser más cautos a la hora de enfrentar la cotidianidad.

Algunas personas en momentos difíciles se refugian en sus propias almas para sacudirse del bullicio de los problemas. Dejan atrás los escenarios de las preocupaciones y se entregan a la sencillez del ‘día a día’.

No se trata de huir, sino de aprender a enfrentar cada cosa en su momento y en su hora; no antes ni después.

Es cuestión de regalarse un momento a solas. Recuerden que la vida se basa en disfrutar todas las circunstancias y, de manera especial, podrían encontrar paz en esos lugares en donde usted y yo nos reconciliamos con el alma.

No estoy hablando de manera precisa de alejarse a la montaña a meditar, tal y como hacen algunos monjes, sino de aprender a disfrutar espacios sencillos con los que puedan reconectarse con la cotidianidad: tal vez disfrutar más de sus hogares, ver una buena película, ir de paseo un fin de semana al campo e incluso, sin fanatismo, contagiarse en el espacio de fe que escojan según sean sus credos.

Hagan sus propios ‘inventarios anímicos’ y analicen aquellos sencillos placeres que les proporcionan sano esparcimiento, calma y felicidad.

Debo aclararles que esto no siempre se alcanza en un lugar específico; muchas veces ese sitio está muy cerca de usted, justo en un rincón de su corazón, allá donde la vida tiene la forma de un vaso sagrado lleno de sus propios secretos.

Los estoy invitando a vivir de una manera más sosegada, atendiendo los hechos de la vida de una forma práctica y sin descuidar los asuntos de la espiritualidad.

Dejen que sus corazones se expresen con naturalidad. Aunque por ahora atraviesen por momentos difíciles, desen la oportunidad de ‘mantener a raya’ todas esas situaciones para encontrarse de frente con su bienestar emocional.

Recuerden que la felicidad no se puede comprar con dinero. Traten de analizar las cosas con calma, porque las emociones negativas jamás los dejarán pensar correctamente.

Un poco de descanso les permitirá recobrar fuerzas y de esta forma llegarán la seguridad y la lucidez mental que necesitan.

La oración y una actitud positiva también serán claves en este proceso. A mí, por ejemplo, me funcionan las plegarias que pronuncio en los llamados tiempos de crisis.

Aunque al llegar a esta parte del texto me aleguen que sus excesivos compromisos y sus múltiples áreas de acción les impiden tener en cuenta este sano consejo, por física salud les recomiendo atender esta sugerencia.

Tal vez viven de forma simultánea con el caos y no han tenido claridad para establecer prioridades y eliminar de sus agendas las cosas sin importancia.

CUÉNTENOS SU CASO

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. Pero con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio:

“Vivo abatido por una mala decisión que tomé hace algunos años. Fui un tonto, de haber elegido bien mi vida hoy sería otra persona. Me recrimino porque no abrí bien los ojos y perdí una gran oportunidad. Me da rabia y cada vez que pienso en eso me frustro más. Esa tremenda equivocación me hizo ir en el sentido contrario de lo que siempre había soñado. ¿Usted qué hace cuando da un paso en falso? Me gustaría mucho saber su punto de vista. Mil gracias”.

La serenidad alimenta al espíritu, sobre todo en tiempos de crisis

Respuesta:

Todos nos equivocamos a lo largo de nuestras vidas. Es decir, hemos tomado alguna decisión poco acertada y ya cuando nos hemos adentrado en ella comprendemos que no era lo que nosotros pensábamos.

Lo complicado de eso es que, al entender que erramos, nos dejamos invadir de una dosis de inseguridad, miedo y rabia. En algunos casos nos dedicamos solo a maldecirnos por la estupidez cometida.

Así las cosas, permítame decirle que nada saca con renegar por ‘lo que pasó’ o por ‘lo que pudo ser’. Puede ser relativamente 'normal' que se sienta abatido por lo sucedido, pero supere esa etapa. Según me cuenta, eso pasó hace varios años. ¿Qué saca con llenarse de culpas y seguir estancado?

Pasada la etapa del desahogo, evalúe en qué radicó su error, no para culparse, sino para tomar precauciones en el futuro y reivindicarse. Es como volver a tomar las riendas de sus asuntos, tomando precauciones.

No se trata de borrar y hacer como que nada pasó, sino de hacerse responsable por su error, aceptar las consecuencias y seguir su vida con dignidad y de manera especial con una dosis más esperanzadora.

Yo siempre he creído que de todo paso en falso queda un aprendizaje valioso.

En algunos casos, tras una mala decisión, finalmente salí más fuerte. La razón: aprendí cosas que me fueron útiles después. Y he asumido esa actitud porque he comprendido que una mala decisión no es el fin del mundo.

Usted debe superar el trago amargo y sobre todo buscar una salida a ese estado.

Es imprescindible que sea resiliente y se levante de una vez por todas. ¡Perdónese!

Nadie es perfecto. No lo sabemos todo y, en ese orden de ideas, es probable que cometamos errores.

Aunque no me da detalles del por qué tomó la decisión errada, de seguro en el momento de optar por tal paso consideró que valía la pena y lo hizo con las mejores intenciones.

Aleje de su mente las recriminaciones, corrija y siga adelante. ¡Dios lo bendiga!

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