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Espiritualidad
Sábado 10 de febrero de 2024 - 12:00 PM

La vida es muy bella como para que vivamos aburridos

Si sentimos que estamos aburridos esa es una clara señal de que tenemos que hacer algo diferente para mitigar dicho tedio es decir debemos experimentar un cambio en la conexión que tenemos con el entorno en el que nos encontramos

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Cada vez que le escucho decir a alguien que “no sabe lo que le pasa” y que “está aburrido”, me sorprendo. Lo menciono porque uno siempre sabe lo que le está sucediendo, lo que pasa es que no es capaz de decirlo ni mucho menos lo admite.

Yo le pregunto: ¿Está aburrido? ¿De qué? No será que vive mirando al cielo esperando encontrar allí una respuesta, cuando todo lo que busca está en su interior. ¡No puede permitir que sus pensamientos sigan autosaboteando su felicidad! La verdad es que muchas personas se dejan sumergir en una sucesión vertiginosa de emociones sin sentido, que nacen en un hoyo en la barriga y que luego se traducen en bostezos y malas caras.

Algunos dicen que eso es “angustia existencial”; otros atribuyen ese estado al estrés y a la ansiedad. Lo cierto del caso es que, con relativa frecuencia, esos pensamientos confusos aparecen como arrugas en el alma, en el ánimo y en el aire mismo.

La amargura que ‘reina’ por muchos rincones de nuestra cotidianidad se refleja en la falta de entusiasmo de los empleados, en el poco interés por realizar una actividad y en la pereza de levantarse. Lo cierto del caso es que, quien vive aburrido, no siente ganas de hacer nada, tiene una pasividad extrema y se le ve entre bostezos, como gritándoles a todos la estrechez de sí mismo y la ausencia de deseos por aprovechar cada día que Dios le da.

No podemos seguir cultivando esa sensación de fastidio por todo o esa insatisfacción por cada cosa que vemos o hacemos.

Y aunque no existe ningún estudio al respecto, casi que se podría decir que el aburrimiento sigue ganando terreno. No caigamos en la monotonía; no permitamos que todos los días resulten iguales, porque esa rutina es una sepultura en vida.

Ojo: esa forma de amargarse la existencia es, hoy por hoy, una de las cicatrices modernas, de aquellas que estamos en mora de desterrar. ¿No le parece?

Permítame hacer una precisión: a veces, cuando el aburrimiento es prolongado, es probable que la persona pueda estar padeciendo de depresión, de la cual quizá no tenga registro. Suele suceder que ese desgano, que parece un episodio de amargura, es una profunda tristeza. En esos casos es preciso acudir a un especialista.

REFLEXIONES CORTAS

En su cotidianidad o en medio del agite diario, a veces usted se olvida de apreciar las pequeñas cosas; es como si tuviera todo el tiempo del mundo y por eso deja todo para ‘después’. Cuide lo que tiene porque los recuerdos no se pueden abrazar. ¡Aproveche cada momento que Dios le regale!

Cada día tenemos la esperanza de que el sol vuelva a salir. Ese deseo nace en nuestra mente y nos permite tener algo a lo que agarrarnos, entre otras cosas, para seguir caminando en el sendero de la vida. Mantener esa llama encendida nos ayuda a no desfallecer. a pesar de los obstáculos.

Cuando sabemos que un ser querido que está enfermo ‘en su fase terminal’ nos abandonará, empezamos a sentir nostalgia de él. Es por eso que como personas, como hijos, como novios, como esposos o como amigos nunca podemos dejar de dar abrazos.

A todos nos han herido en algún momento con un secreto, una verdad distorsionada, una mentira o el descubrimiento de algo de lo que se debería haber hablado abiertamente. La deshonestidad duele porque socava la relación, rompe la confianza y también hiere susceptibilidades.

EL CASO DE HOY

Testimonio: “Soy un hombre que está conectado con Dios; sin embargo, veo mi entorno gris y cada día pierdo más la fe. El mundo es muy hostil y percibo que ya no hay nada qué hacer, pues cada día que pasa somos más frívolos y vivimos en medio de apariencias y de necedades. Desde su perspectiva espiritual, ¿qué cree que nos espera? Gracias por sus consejos”.

Respuesta: Muchas personas perciben lo mismo que usted, pues crece el desconcierto ante lo que se está viviendo a diario. La violencia, la desazón y la incertidumbre en nuestra sociedad han hecho que muchos vayan perdiendo la fe.

El miedo está conquistando hasta los corazones más optimistas y fieles. Tiene razón en su tesis: las confusiones que enfrentamos se deben a que nos hemos lanzado a lo superficial y a aplaudir la grosería y la ociosidad.

Eso ha afectado nuestra vida mental y emocional. El chisme, las cosas negativas, el morbo y la pereza fluyen con tal celeridad, que ni siquiera entendemos que nos estamos inundando en un ‘mar de mediocridad’. Nos hemos dejado impregnar de la pereza y nos hemos alejado de la luz que solo Dios puede dar.

Algunos han optado por encerrarse dentro de una cápsula insonora y viven ajenos a lo que ocurre. No podemos ser indiferentes a la crisis de sentido en la que estamos inmersos.

En su carta me dice que “está conectado con Dios”, pero al mismo tiempo siente que “no hay nada qué hacer”. Le sugiero que nutra su alma y aporte su granito de arena, desde sus posibilidades. Debe seguir apostándole a los valores y, en general, a los frutos del espíritu, tales como el amor, la paciencia, la bondad, el servicio a los demás, la humildad y, sobre todo, el dominio propio. ¡Sólo así recuperará su fe en el mundo!

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Publicado por Euclides Kilô Ardila

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