jueves 19 de septiembre de 2019 - 12:00 AM

¡No más palabrotas!

Utilizar palabras groseras no tiene ningún mérito, ya que el dirigirse con expresiones obscenas en todo momento representa una falta de respeto. ¡Ojo con el vocabulario que manejamos!
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Hay personas que hablan demasiado; otras, no tanto; algunas ‘se pasan de la raya’ y, por otro lado, no faltan esas a las que hay que sacarles las palabras casi que a juro.

Sea como sea, está comprobado que si transcribiéramos todo lo que decimos podríamos llenar con nuestras palabras, en promedio diario, hasta 30 hojas de papel oficio.

¡Bueno! La estadística es lo de menos. Lo realmente importante es saber qué de todo eso que decimos nos permite unir, servir o progresar.

De manera desafortunada, en estos tiempos modernos, hablamos por hablar y en muchas ocasiones lo hacemos sin pensar.

Las comunicaciones cada vez son más ociosas, grotescas e intrascendentes.

De igual forma, no solemos medir el alcance de nuestras palabras y, en más de una ocasión, pronunciamos frases imprudentes que destruyen relaciones, castran ánimos, dañan corazones y afectan las susceptibilidades de compañeros y seres queridos.

También nuestras bocas están llenas de quejas, chismes, reclamos, insultos, frivolidades, en fin...

No hemos entendido que a través del arte del buen hablar podemos construir, liderar e incluso motivar a otros a ser mejores seres humanos.

Desde el día que se perdió el decoro, las groserías pasaron a ser parte de nuestros diálogos cotidianos y hasta oficiales.

Incluso estamos tan acostumbrados a escuchar malas palabras que ya a algunos ni les molesta participar en conversaciones soeces, atrevidas e injuriosas.

Quienes vociferan cualquier necedad que se les ocurre terminan contagiando a los demás con sus improperios.

Dicho de otra manera: hoy día impera la gente maleducada, que habla sin clase y, peor aún, que invita a la chabacanería.

Ojo: El lenguaje vulgar contamina nuestra mente y, de paso, multiplica las reacciones indecentes.

Un feo vocabulario nos conduce a discusiones graves, es un mal consejero y, además, nos deja ver como una persona sin el menor grado de compostura.

Lo anterior sin mencionar que en nuestro idioma toda grosería no solo es negativa, sino que además induce a comportamientos violentos.

Parece ser que necesitamos más vocablos para describir nuestros sentimientos con tacto, ternura y comprensión.

Esta es una campaña para promover lo que yo denominaría una ‘limpieza verbal de nuestro medio ambiente’.

Hay que hacerlo ya, no solo para sentirnos bien sino para darles buenos ejemplos a nuestros hijos.

Las propias Sagradas Escrituras lo dicen: “Que no salga de su boca ninguna palabra sucia” (Efesios 4:29).

Es preciso que mejoremos nuestro vocabulario. No permitamos que las conversaciones sigan siendo perezosas, vagas y sin imaginación.

¡CUÉNTEME SU CASO!

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíeme su testimonio al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, yo mismo le responderé. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Andaba despreocupado y un tanto desordenado. He mantenido hasta cuatro relaciones amorosas de manera simultánea, no les presto atención a mis hijos y me he dedicado a hacer lo que se me antoja, sin pensar en las responsabilidades que tengo. Suena cínico, pero la he pasado bueno. Pese a esa forma de ser, estoy algo entrado en años y empiezo a darme cuenta de que no me he comportado bien. Claro está que sigo siendo loco y fresco. De pronto creo que debo recomponer el camino, pero al otro día me levanto con ganas de seguir libre en mi mundo. ¿A estas alturas podré cambiar? Me gustaría que me diera su punto de vista. Le agradezco que tenga en cuenta mi carta, más allá de que yo sea tan cómodo al actuar. Gracias”.

¡No más palabrotas!

Respuesta: Las personas, al igual que los armarios, los escritorios o las habitaciones, también nos ‘desordenamos’.

Sin embargo, el desorden que ha venido acumulando a través de los años irrumpe hoy de manera fuerte en su cotidianidad. Ojo: No estoy hablando del caos que vive a su alrededor, sino del ‘desgreño’ que está viviendo en su interior.

¿Cuatro relaciones simultáneas? ¿Qué le pasa? ¿Cómo así que no ha estado atento a la crianza de sus hijos?

Esa vida amorosa desenfrenada y eso de ir esquivando la responsabilidad de ser un padre de verdad son puntos muy negativos. ¡Es obvio que debe cambiar!

Todas esas feas facetas que confiesa, más allá de que sienta que ‘la ha pasado bueno’ o que es ‘libre’, deben parar.

El desorden que lleva, así no lo perciba del todo, es considerado como un sinónimo de ‘confusión’, ‘alteración’, ‘perturbación’, ‘exceso’ e incluso ‘abuso’.

Cualquier clase de desorden crea un obstáculo que obstruye el flujo de las energías positivas que, de paso, no le permitirán crecer.

Y más allá del juego de palabras que le digo, solo podrá comprender el ‘orden’ cuando haya investigado el caos que vive dentro de usted mismo.

¡Bueno! No todo es negativo. Al menos percibo que la voz de la conciencia comienza a susurrarle al oído. Si no fuera así, no se hubiese propuesto escribirme.

No posponga la tarea inmediata que hoy tiene: Hablo de mejorar su vida y poner las cosas en su lugar.

¡Solo así sabrá cómo seguir!

¡Claro! Eso no lo hará de la noche a la mañana. El orden se hace de a poco, de tal forma que vaya solucionando cada situación en la debida proporción y en el momento preciso.

Lo estoy invitando a que examine aquellas áreas de su vida que necesitan recomponerse.

Cuando se disponga a ordenar su vida sí ‘la pasará bueno’ de verdad y despejará muchas áreas que hoy lo tienen extraviado.

Verá cada cosa ubicada en su debido lugar y habrá más espacio que será utilizado para los valores, las responsabilidades y sus proyectos de vida; es más, gozará de la Presencia de Dios.

Lo importante es que está a tiempo de corregir.

Una aclaración: Con estos consejos que le doy no le estoy sugiriendo que se niegue a ser feliz o que se vuelva aburrido. Usted tiene derecho a vivir a su antojo; solo que debe asumir que esa libertad no puede afectar el bienestar de los demás, menos el de sus seres queridos.

Hágame caso, ordene su vida y sea una mejor persona. Dios lo bendiga.

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