martes 23 de abril de 2019 - 12:00 AM

Nos ahogamos en el ‘mar de la indiferencia’

No hay nada más dañino y desconcertante que sentir la indiferencia de quienes nos rodean; sobre todo si esa fea actitud proviene de las personas que más amamos.

Si algo difícil le pasa a alguien, en más de una ocasión, solo atinamos a decirle: ¡De malas!

Hoy, de manera desafortunada cada quien vela por lo suyo. En últimas, casi todos optamos por dejar que los demás sobrevivan como puedan.

Ojo: No hay nada peor que nos dé exactamente igual que alguien sufra o no.

¡Eso duele mucho!

Y el tema es más grave cuando ese ‘mar de indiferencia’ viene de un ser querido o de alguien muy cercano.

Cada día que pasa encontramos menos apoyo. Vivimos en medio de demasiada gente egoísta y nos acostumbramos a recibir ‘zarpazos’ de desidia.

Las garras cotidianas del ‘nada me importa’ nos están dejando heridas dolorosas en el corazón.

Estamos sumergidos en la insensibilidad, en la frialdad, en el alejamiento, en la poca generosidad y en el abandono.

Tales procederes son ‘agresivos’. Lo menciono porque a veces duelen más los silencios prolongados que ni las mismas groserías.

¿Por qué nos ocurre esto?

La dificultad para reconocernos en el otro; la inexistencia de un espíritu solidario y la mentalidad egoísta, que hace que cada cual se preocupe por defender únicamente lo propio, menoscaban nuestras vidas.

Yo le pregunto a usted: ¿Qué ha hecho en su oficina, en su vecindario o en su hogar para generar acciones o cambios reales de actitud que contribuyan al bienestar de todos?

Aunque no se trata de dar la respuesta a una encuesta para determinar su valor ciudadano, esta sencilla inquietud solo le apunta a hacerlo reflexionar sobre esa indiferencia social en la que estamos inmersos.

Evidenciamos una terrible incapacidad de reaccionar frente a lo que le pasa al otro; tanto que ni siquiera tenemos sentido de pertenencia por nuestra empresa, por nuestra ciudad e incluso por nuestra familia. ¡Eso es lamentable!

No nos sentimos parte de una colectividad; y la confianza y la credibilidad en los demás están en ceros. Todo ello explica el ‘por qué’ muchos de nosotros no consideramos ni siquiera darle una mano a alguien necesitado.

Nos acostumbramos a preocuparnos solo por nuestros asuntos y punto. ¿Y el prójimo?

Por ser individualistas no establecemos lazos de solidaridad en los que, como ciudadanos, a través de la palabra y de la cordialidad expresemos y diseñemos acciones tendientes a hacer realidad los intereses de la mayoría de la comunidad.

Reitero: ¡Cada uno va por su lado!

Nos limitamos a ser espectadores de la realidad de otros, mientras las personas que nos necesitan se convierten en víctimas de nuestro desinterés.

Con cierta frecuencia preferimos las medidas arbitrarias o las decisiones radicales con tal de lograr nuestros objetivos y a costa de las consecuencias que esas medidas pueden generar en la tranquilidad y en la vida de nuestros semejantes.

Casos así hay mil: los gobernantes de turno toman decisiones soberbias, más allá del daño que les causan a los ciudadanos; las mujeres y los hombres les dan la espalda a sus parejas, con tal de no comprometerse; los jefes de los diferentes departamentos de muchas empresas prefieren no escuchar a sus subordinados, con tal de mantener sus prestigiosos cargos, en fin...

Olvidamos que esas actitudes provocan una profunda inseguridad, generan incertidumbre y abren ‘de par en par’ las puertas del abandono.

¡Es hora de mostrarnos más solidarios!

¿Cómo hacerlo?

Aunque pareciera el camino más difícil de tomar, es preciso ver nuestro mundo con un mayor grado de comprensión y servicio.

También son claves unas buenas dosis de amor, de bondad, de generosidad y de misericordia.

EL CASO DE HOY

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian en la actualidad? Hábleme de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíeme su testimonio al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, le responderé. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Estoy tan fastidiado con tantos problemas, que estoy que ‘mando todo a la porra’. Perdone la expresión, pero es que nada me sale bien y vivo aturdido con las duras situaciones que afronto. A veces también pienso ‘hacerme el de la vista gorda’ y dejar que el río siga su cauce; pero en el fondo siento que me voy a ahogar de manera definitiva. ¿Por qué mi cabeza tiene que estar llena de tormentas? ¿Qué hecho para vivir en medio de esa zozobra? Quisiera que me ofreciera, a través de esta columna, un consejo o una salida para todo lo que hoy padezco”.

Respuesta: Tenga especial cuidado y no actúe de manera precipitada. ¡Mucha serenidad! Tomar una decisión como la de escapar de todo ‘sin ton ni son’, podría generarle errores que le causarían ‘dolores de cabeza’ más fuertes de los que padece. Actuar así es descalibrado, insensato y contraproducente. Cuando se procede así, sin una estrategia bien definida, usted mismo desecha el abanico de alternativas que la vida misma le ofrece.

Lo anterior no implica que tenga que seguir fastidiado haciendo lo mismo. ¡Tiene que sacudirse y actuar!

Como no es explícito en su carta y no me da detalles de las cosas que le agobian, le sugiero tomar un papel y hacer una lista de los embrollos en los que está y escribir posibles salidas viables.

Solo le estoy solicitando ‘gotas de prudencia y de autoreflexión’, en lugar de recurrir a la huida o ‘hacerse el de la vista gorda’, como lo menciona en su carta.

Debe prestarles una abierta atención a todas aquellas cosas que trata de ocultar o de escapar.

Si sigue evadiendo la vida, tarde o temprano todo se le devolverá contra usted y eso hará que las situaciones se le tornen más difíciles.

Es posible que en un principio su indiferencia lo invite a darle ‘largas al asunto’. Ojo: ¡No caiga en esa trampa, por muy cómoda que le parezca”

Considero que debe enfrentar de una vez y para siempre aquellas cosas que quiere evitar. Recurra al tesón, a la dignidad y a la valentía que suelen salir a flote cuando estamos al borde del abismo.

Los problemas no resueltos al final se multiplican. Así las cosas, resuelva cada angustia que lo atosiga. Tratándose de esas situaciones que lo fastidian, podría empezar por dejar de quejarse y no inventar excusas. Deje de pensar que vino a este mundo a sufrir, pues mientras más se lo repita más se lo creerá y eso le hará su entorno más gris.

Mis recomendaciones son: Ore, abra su mente, sea propositivo, reflexione y después supere uno a uno todos sus obstáculos.

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