martes 02 de abril de 2019 - 12:10 PM

Nos aman y aún así insistimos en hacerles daño... ¿Por qué?

La agresividad con nuestros seres queridos va en aumento. Es una pena que esto ocurra.

Dicen que los seres que amamos o que Dios nos pone en el camino son auténticos ‘regalos’ para el alma. Algunos de ellos vienen envueltos en formas decoradas y otros no tanto; pero todos son presentes para nuestra alma.

Es una pena que no hayamos aprendido a valorar a esas personas. Si bien decimos que las amamos, no sabemos expresarles ese bello sentimiento. Es más, algunas veces les hacemos daño de manera inconsciente.

Si esos seres son tan valiosos e importantes, ¿Por qué terminamos maltratándolos?

He conocido a grandes seres humanos que, por las feas formas y necias de ser de quienes les rodean, terminaron minimizados, ultrajados y relegados justo por los que más amaban y querían.

¿Qué será lo que nos pasa?

No hay nada más complejo que entender el comportamiento humano.

Qué triste es saber que teniendo personas de grandes sentimientos a nuestro lado, terminamos alejándolas. Debemos desterrar la fea frase de que “si te quiero, te aporrio”.

¿Qué estará mal en nuestra vida para seguir al pie de la letra semejante refrán tan horrible? ¿De dónde saldrá esa rebeldía y necedad? ¿Qué ocasiona que adoptemos esos comportamientos tan desobligantes? ¿Lo adquirimos en la niñez o en la vida adulta?

Para reconocer un patrón de comportamiento debemos entender primero la raíz de ello, y luego trabajarlo para romper con esa cadena que cargamos del pasado.

Una solución para finiquitar esto es reforzar el amor propio y reconocer que las conductas negativas hacia las personas queridas son una vulgar manifestación del odio que nosotros sentimos hacia nosotros mismos.

Una vez nos demos cuenta de dónde viene esa actitud, debemos empezar a ponernos retos con los que podremos asumir una postura diferente a la de maltratar u ofender.

Por ejemplo, si vamos a contestar con enojo sobre algo tratemos de hacerlo de una forma cordial, así el impulso nos dicte lo contrario.

Sí, yo sé que es difícil ser serenos en medido de una rabia. Pero, es posible controlarnos. Aunque nos va a costar al principio, nos sorprenderemos de los cambios y de las respuestas que la gente empezará a tener con nosotros.

Cuando entendamos que no todo puede ser como nosotros queremos y que se vale ser y pensar diferente, comprenderemos que se puede diferir sin tener que recurrir a una mala actitud.

No tiene sentido perder seres queridos ni las grandes amistades por un mal comportamiento nuestro.

Pensemos en lo que el otro siente, lo que quieren expresarnos y sobre todo lo importantes que somos para ellos.

Una persona no es bella por su cuerpo ni mucho menos por sus cuentas bancarias, sino por la arquitectura de su alma.

Nos corresponde amar a las personas por quienes son hoy, con virtudes y vicios, con cualidades y defectos, con todas sus áreas de oportunidad y no por lo que nosotros queremos que sean o por lo que pensemos que puedan ser.

La vida con amigos es mucho más linda y divertida. Y todo es más bello cuando amamos, respetamos y queremos a quienes más nos aman. ¡Un abrazo a todos!

El caso de hoy

Las inquietudes asaltan a nuestro estado de ánimo. Pero con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíeme su testimonio al siguiente correo electrónico: eardila@vanguardia.com En esta columna le responderé y le daré algunas luces. Veamos la carta que llegó a este buzón espiritual:

Testimonio: “¿Por qué le ocurren cosas malas a la gente de buen corazón? Le cuento que me considero una buena persona y servicial, pero siempre me maltratan. Eso me da mucha rabia. ¿Acaso Dios me abandonó? Quiero que me explique por qué tengo que sufrir el desprecio. Le agradezco su consejo”.

Respuesta: Reconozco que tiene razón cuando dice que hay muchos que maltratan a los ‘buena gente’, tal y como hacen con usted. Sin embargo, no me gusta que se sienta triste por ello. Yo jamás dejo que la fea actitud de los demás me defina o sea el termómetro de mi estado de ánimo.

Tener capacidad de empatía, generosidad, nobleza y amabilidad es algo que ya pocos tienen, pero que sigue siendo indispensable en nuestra sociedad; de lo contrario ya estaríamos más que acabados. ¿Sabe algo? Son precisamente esas personas -como usted- las que le dan una luz a un mundo lleno de mala energía y oscuridad.

¿Por qué existen tantos individuos con malos sentimientos?

Desafortunadamente ellos han recibido mucho rechazo en sus vidas y tienen problemas emocionales; tanto que lo único que saben hacer es destilar veneno, entre otras cosas, porque eso fue lo que les enseñaron a tener en su corazón.

Usted, por el contrario, tuvo la fortuna de tener otra experiencia de vida y es lo que es hoy gracias a que es un afortunado y bendecido por Dios. ¡No se le olvide eso!

Quizá se distraiga por la actitud de otros y pueda perderse entre tanta ‘mala vibra’, pero lo importante es que tenga en cuenta que lo de ellos nunca será una vida sana.

A pesar de que puede ser difícil chocar con tanta gente de ese estilo, no hay nada como tener la satisfacción de ser una buena persona. La sensación de hacer las cosas bien desinteresadamente, con generosidad y ayudando a los demás es algo que no se lo quita nadie, ni siquiera el que esté en contra de su personalidad porque ese simplemente se llenará de energía negativa cada vez que vea que a otros les va bien.

Ponga las situaciones en contra a su favor y recuerde que las personas que actúan mal nunca serán felices. Nunca encontrarán paz interior. Mientras que usted, así tenga decepciones, siempre será una persona feliz, pase lo que pase. Eso es lo importante. Ánimo, que la vida es bella y aún falta mucho por vivir y compartir. ¡Dios jamás lo abandonará, ni hoy ni nunca!

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