domingo 07 de noviembre de 2021 - 12:00 AM

Nuestra vida sin ellos

Nunca olvidaremos a las personas que se nos adelantaron en el camino; sin embargo, ellas seguirán brillando en nuestros corazones y con sus recuerdos seremos capaces de sanarnos.
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A todos los que hemos pasado por la dura experiencia de la partida de un ser querido nos resulta difícil pensar en el hecho de que la vida continúe. La verdad es como si el mundo se nos detuviera de repente.

¡Y no es para menos! Nos queda un tremendo vacío y en el fondo siempre sabremos que nada volverá a ser igual. Se trata de una profunda tristeza que parece no tener fin y que se podría decir que ni el tiempo logrará borrar.

Cuando nuestros parientes se nos adelantan en el camino comprendemos que una vida diferente está frente a nosotros, una en la que debemos aprender a sobrellevar nuestro entorno sin ellos.

Por mucho que las personas nos den sus voces de consuelo e intenten compadecernos, no hay palabras que puedan hacernos sentir mejor.

Lo más fuerte es que nos toca ‘sí o sí’ seguir adelante, así no tengamos ni la más remota idea de cómo hacerlo.

En estas circunstancias será preciso cumplir con las etapas de la asimilación de lo sucedido, de la aceptación y, la más dura de todas, la de la adaptación.

Antes de estos procesos debo decir que estamos en todo nuestro derecho de permitirnos llorar, así como de experimentar otras emociones que esta dura situación nos genera.

Debemos desahogarnos y por ningún motivo hay que dejar que otras personas nos digan cómo debemos sentirnos.

Claro está que ese dolor no se sanará de un día para otro; de hecho unos necesitarán más tiempo que otros. ¡Todo esto implicará tener unas buenas dosis de fe y esperanza!

También debemos tenernos misericordia y perdonarnos por todas las ‘culpas’ o remordimientos que sintamos por este tipo de adiós. La compasión y el perdón para nosotros mismos y para otras personas son vitales en este proceso de sanación del alma.

Después de que las lágrimas hayan logrado apaciguar un tanto nuestro corazón, debemos aferrarnos a esas cosas bellas que compartimos con nuestros seres queridos, sin quedarnos anquilosados en ellos.

Hay que honrar la memoria de aquellos que partieron agradeciendo cada momento, cada alegría y cada situación compartida.

Es decir, podemos mantener vivos en nuestras mentes y corazones sus recuerdos, sin que ello implique que sigamos ‘naufragando’ en nuestra impotencia de no poder volverlos a ver.

Hay que admitir, eso sí, que seguiremos sintiendo ráfagas de abatimiento en el pecho. Ellas serán relativamente normales y nos corresponderá asumir estas emociones de manera simultánea con el proceso de emprender una vida restaurada, en la que tendremos que retomar las responsabilidades en todas las áreas claves de la cotidianidad.

El duelo es una experiencia humana por la que pasamos todos cuando sufrimos la pérdida de un ser querido. En cierta forma es un homenaje póstumo y un sencillo indicador de amor hacia la persona que ya no está con nosotros.

Ojo, rehacer nuestra vida no quiere decir que nos olvidemos de las personas que partieron. De eso no se trata este texto. El propósito de estas líneas es invitarnos a vivir un duelo sano que, entre otras cosas, nos permita encontrar la forma de recordar a nuestros seres queridos sin tanta aflicción y, sobre todo, adaptándonos a nuestra vida sabiendo que ya no estarán físicamente a nuestro lado.

De todas formas, en este proceso siempre podremos contar con el consuelo que Dios nos ofrecerá en su debido momento y con el que finalmente encontraremos el pasaporte para nuestra nueva vida sin ellos.

¡CUÉNTENOS SU CASO!

Nuestra vida sin ellos

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo afectan en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Tengo sueños, los idealizo y, por alguna razón, jamás logro cristalizarlos. En algunos casos los dejo sueltos y al final me arrepiento de quedarme a medio camino. No me tengo la suficiente confianza y tampoco sé por qué me pasa todo esto. Pienso a cada rato sobre lo que debo hacer, pero al mismo tiempo me da miedo emprender algo por la posibilidad de fracasar. Lo que sí sé es que me mantengo en una prolongada decepción y eso hace que mi estado de ánimo sea opaco y gris. ¿Qué consejo podría ofrecerme? Gracias”.

Respuesta: Al parecer el mejor ‘enemigo’ que tienen sus sueños es usted mismo. ¡Por favor! Crea más en sus propias capacidades.

Apuéstele a realizar sus sueños dándoles plazos razonables. Recuerde que cada vez que deja ‘sueltos’ sus propósitos y no se esfuerza de manera decidida por ellos, incrementa los fundamentos de sus propias frustraciones.

Lo invito a que dedique un poco de su tiempo a examinar con total objetividad y sinceridad qué es lo que su corazón está sintiendo y qué es lo que realmente quiere hacer con su existencia.

Desde lo que puedo interpretar en el contenido de su carta, considero que ha estado gastando demasiada energía en ideas pesimistas y no ha pasado a la necesaria y conveniente fase de acción.

Esa inseguridad, que siempre desencadena en ideas fatalistas, no le ha servido ni le servirá de nada. Piense que puede y logrará todo lo que anhela.

Le propongo que, en lugar de seguir agotándose con todas esas divagaciones mentales, tome rápidamente las decisiones que sean del caso. Es más, así no tenga todas las herramientas que a veces desearía para actuar, corra riesgos razonables y actúe en consecuencia.

Pídale una dosis de claridad y de sabiduría a Dios para que pueda conducir sus pasos por los trayectos acertados. Claro está que nada logrará si no tiene fuerza de voluntad. ¡Decídase a actuar ya!

Disminuya los factores que les generan tensiones y decepciones. Dele curso a su deseo de superación automotivándose y buscando nuevas oportunidades. ¡Hágame caso y me cuenta cómo le va!

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Euclides Kilô Ardila

Periodista de Vanguardia desde 1989. Egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y especialista en Gerencia de La Comunicación Organizacional de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del equipo de Área Metropolitana y encargado de la página Espiritualidad. Ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

@kiloardila

eardila@vanguardia.com

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