jueves 13 de diciembre de 2018 - 12:01 AM

¿Por qué pedimos y no se nos da?

¡Dios escucha a quienes lo buscan con un buen corazón! En las Sagradas Escrituras se lee que Él “atiende los ruegos de quienes están quebrantados” y que “cada solicitud tiene respuesta en el momento que corresponde”.

Muchos lectores, a través de sus cartas, me comentan que no entienden el ‘por qué’ Dios no les concede nada de lo que ellos le solicitan.

Incluso algunos cuestionan el hecho de que buscan y no encuentran, y que por más que tocan puertas ninguna de ella se les abre.

La inquietud es válida, entre otras cosas, porque todos de alguna forma solemos encontrarnos a diario con el gran misterio de la Voluntad de Dios y, de manera errada, terminamos flaqueando en nuestra fe.

Yo no plantearía el ‘por qué’ Dios supuestamente nos dice ‘no’, sino ‘para qué’ Él toma la decisión de no ofrecernos una respuesta ‘positiva’ a lo que le solicitamos.

Diría que hay varias respuestas al respecto: Tal vez solo pedimos y nos quedamos sentados a que todo nos llueva del cielo; de pronto lo que invocamos no es lo mejor para nosotros; es probable que nuestra fe no sea lo suficientemente fuerte, en fin...

Con el debido respeto que el tema me despierta, siento que el Señor sí sabe cómo hace sus cosas.

Como buen Padre que es, Dios nos complace siempre; solo que Él suele darles un trato estratégico a nuestras peticiones.

A veces le pedimos cosas que no corresponden a nuestras necesidades reales e incluso llegamos a solicitarle cosas que son perjudiciales o nocivas para nosotros mismos.

También hay que tener presente que, en ciertas circunstancias de nuestra vida, hay que ser pacientes y saber esperar.

Ojo: Dios maneja el tiempo, no somos nosotros los que decidimos cuándo es. Los afanes, las ansiedades y los desesperos hacen que queramos todo para ya.

Yo suelo recomendarles a todos los que se sienten ‘defraudados’ por Dios, porque en el papel no les cumple sus deseos, que jamás dejen de orar.

¡Claro! No se trata de repetir como ‘loras borrachas’ palabras sin sentidos. La oración es un proceso abierto y directo al corazón que, de entrada, debe partir de la sinceridad.

Es decir, hay que confiar no solo en nuestro Creador sino en nosotros mismos. No podemos pretender querer algo, si no nos esforzamos por conseguirlo.

Si la vida consistiera en ‘soplar y hacer botellas’ el mundo sería demasiado simple.

Muchos de nosotros hemos experimentado dificultades devastadoras en un momento y, aunque nos dolieron en su tiempo, más tarde entendimos ‘para qué’ nos sucedieron.

Todos crecemos desde la experiencia y desde la misma humildad. Y lo que es mejor, con cada amanecer siempre se abren oportunidades nuevas para nosotros; por ende, debemos aprovecharlas.

Por último, quiero hacer una precisión igualmente válida para el arte de pedirle a Dios: ¡No podemos ‘negociar’ nuestra relación con el Señor dependiendo de las necesidades materiales que tengamos!

Él no es un ‘dispensador automático’ ni un ‘cheque en blanco’. No obstante, sí atiende los ruegos de quienes le imploran de corazón.

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