jueves 14 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

¿Por qué solemos reclamarle a Dios?

Antes que reclamarle a Dios por nuestra supuesta ‘mala suerte’, debemos hacernos responsables de nuestras tareas y de las decisiones que tomemos.
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Cuando atravesamos por momentos difíciles, de esos que no somos capaces de resolver, solemos decir que ‘Dios nos ha abandonado’ y casi que de inmediato lo criticamos porque supuestamente ‘no escucha nuestras plegarias’.

Muchos nos hemos atrevido a hacer tal acusación. Lo grave del asunto es que sentimos enojo por ello y, en algunos casos, comenzamos a perder la fe.

En estos tiempos, cuando las angustias nos atosigan, nos preguntamos: ¿Por qué Dios permite que vivamos episodios duros?

A nadie le agrada el sufrimiento. Obviamente no queremos estar mal, ni física ni moralmente.

Es claro que anhelamos que las situaciones que nos provocan malestares siempre estén lejos de nosotros y de los nuestros, lo cual solemos pedir a Dios en oración.

Lo que muchas veces nos pasa es que nos quedamos solo en conjugar el verbo ‘pedir’ y no movemos ni un dedo para solucionar nuestra crisis, como si Dios tuviera que resolverla “sí o sí”. ¡De ahí la frustración y las recriminaciones!

Puedo entender que nos impacientemos, ya que las angustias nos asfixian; pero las soluciones que esperamos de Él son realmente acciones que deberíamos ejecutar con nuestras propias manos.

No podemos olvidar que Dios nos ha dado capacidad e inteligencia para esforzarnos por nuestros sueños.

Además de esperar que Él nos dé sus Bendiciones, podríamos invocarle mejor serenidad, claridad o incluso una pista que nos muestre el camino a seguir para luego ponernos manos a la obra.

Desde mi perspectiva, en lugar de preguntar ¿Por qué nos pasa eso a nosotros? deberíamos intentar responder este cuestionamiento: ¿Para qué ocurren tales situaciones?

Recriminar a Dios por esa frustración que sentimos, además de ser una actitud soberbia, también demuestra el sentimiento de soledad y de desconcierto que vivimos con nuestras preocupaciones.

A lo mejor el problema no es que Dios esté o no cuando más lo necesitamos; de pronto lo que pasa es que no tenemos la precaución de vivir o de tomar las decisiones acertadas para que los planes no nos salgan tan ‘mal’ como pensamos.

La verdad es que vamos por la vida sembrando de espinas nuestro camino, sin pensar que algún día regresaremos y nos encontraremos en el mismo trayecto, viviendo el viacrucis de errores que hemos cometido.

Hagamos este ejercicio:

Mirémonos al espejo y descubramos en el reflejo de ese vidrio a un testigo mudo, a una especie de confidente helado de lo que nosotros realmente hemos hecho con nuestra vida.

Ojo: el espejo no es embustero, ni tampoco Dios es el responsable de esa imagen que vemos. O sea que no le podemos ‘echar la culpa’ por algo que Él no nos hizo.

Nuestros destinos, acciones y, en general, todo lo que nos ocurre es un árbol en flor que nosotros balanceamos, no con el aire que nos regala el Altísimo, sino con el vaivén de nuestras propias iniciativas.

A Dios hay que darle su crédito de bondadoso, porque Él siempre es sensible al corazón y, al menos bajo su Voluntad Divina, Jesús jamás permitiría que algo malo nos ocurra.

El milagro o la ‘ayudadita’ que le pedimos a Él siempre llega. Eso sí, no hay que esperarla sólo con la voz de ‘levántate y anda’; hay que tener fe para creer que las cosas se nos puedan dar.

Se necesita talento para ser el apóstol de nuestras propias ideas, de tal forma que si soñamos algo debemos trabajar duro para conseguirlo y, por supuesto, a su debido tiempo.

La fe sin acción no existe, la fe sin amor por lo que se hace se extingue y obviamente la fe sin una carta de navegación se extravía.

Es ahí, justo en el momento en el que perdemos la brújula, cuando nos atrevemos a decir: ¿Dónde está Dios cuando más lo necesitamos?

Respondamos esta pregunta: ¿Dónde estará hoy Dios? La verdad es que lo encontraremos en ese camino que nosotros mismos sembremos a lo largo del día a día y al cual regresaremos durante el próximo amanecer justo cuando nos miremos al espejo.

Sea como sea, hay que tener fe en que el trayecto no estará lleno de espinas; y aunque así fuera, recordemos que los hombres siempre batallan, pero al final sólo Dios da la victoria.

VEAMOS LA CARTA DE HOY

¿Por qué solemos reclamarle a Dios?

Testimonio: “Soy de los que odia el día lunes. Vivo en un ambiente muy rutinario y me desespero en medio de ese terrible tedio laboral. Me pasan cosas tan aburridoras, que siempre estoy ‘bajo de nota’. Lo peor es que, dadas mis circunstancias económicas y mi poca suerte, no tengo más chance que vivir en este letargo, casi que insufrible, de levantarme todos los días a ‘camellar’. Tengo que trabajar y ya no sé qué hacer con esta prisión en la que me mantengo ‘muerto en vida’. Vivo frustrado y desanimado. La verdad, comienzo cosas y finalmente todo se me queda a la mitad de camino, pues siempre desisto y me quedo en ceros. No sé, con la mala vibra del ambiente que me asfixia desisto de todo. Ayúdeme, por favor”.

¿Por qué solemos reclamarle a Dios?

Respuesta: Usted no odia al lunes, al que detesta es a su trabajo. Y si se queda renegando por lo que hoy ‘le toca’ realizar, estará condenado a vivir así de triste.

No lo tome como un regaño, sino como una reflexión. Mire las cosas con asertividad y encontrará que tiene muchos elementos para sentirse optimista.

Detrás de las cosas que le parecen ‘comunes y corrientes’ y de lo que considera como “una vida tan rutinaria”, palpitan otras realidades que pueden levantarle el estado de ánimo.

Relájese y aprenda a enfrentarse a su realidad, en lugar de quedarse con los brazos cruzados.

Leo en su carta que, “dadas sus circunstancias”, le toca seguir así. ¡No creo que eso que escribe sea cierto!

Lo más probable es que usted sufra de lo que los sicólogos llaman como ‘procastinación; es decir, falta de voluntad. ¿Sabe algo? Eso es algo que, de manera desafortunada, afecta a muchas personas. Creo que a usted le hace falta tener más disciplina, cultivar un sueño y ejecutarlo con meticulosidad.

No puede perder las esperanzas.

Porque si continúa con ese ‘modus operandi’ de no hacer algo por salir adelante, se deprimirá más.

No justifique su falta de voluntad con la excusa de que “le toca”. No llegar nunca a terminar lo que se proponga no tiene porque ser su “sino trágico”; usted puede luchar contra ello.

El primer paso es remplazar el “tengo que” por “quiero hacer”, para convertir el nuevo propósito en un deseo más que en una obligación.

¿No cree que el tedio que hoy siente es una señal de que es hora de cambiar para mirar las cosas desde otro punto de vista y descubrir nuevos lados amables de su existencia?

Cuando logre armonizar sus impulsos con sus metas, estará más seguro de cómo es que debe actuar. Pero dar rienda suelta a su negatividad y dejar que sus palabras lo llenen de mala vibra, como usted dice, lo ahogará más.

Ponga su mente en positivo, de lo contrario, atraerá más episodios aburridos o amargos.

Así todas las cosas le parezcan oscuras e imposibles a su alrededor, tenga fe. Nada podrá impedirle el desarrollo pleno de sus planes, siempre y cuando usted se mantenga fiel a ellos y a sus ideales.

Relájese y disfrute las cosas bellas de la vida. Eso sí, aprenda a aceptar aquellas situaciones que son irremediables y a comprender que la vida no está hecha únicamente para satisfacer sus antojos y deseos.

Acepte que siempre es mejor adaptarse a la realidad, y aprender a gozar y a disfrutar de la existencia.

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