jueves 07 de febrero de 2019 - 12:00 AM

¡Prestémosles más atención a nuestros jóvenes!

Hace dos meses un joven, preso de la ansiedad y sumergido en una gran depresión por los problemas que lo atosigaban, estuvo en el consultorio de un sicólogo y se puso en tratamiento médico. Él me confesó que si bien no había sido fácil dar ese paso, poco a poco está venciendo sus angustias.

También me aseguró que tomó la firme decisión de enfrentar su vida con dignidad. Es más, se hizo el compromiso de mejorar su actitud para frenar el terrible estado de dicha depresión, la cual casi lo lanza al vacío. Había intentado suicidarse.

La suerte que corrió este joven no fue la misma para los cerca de 22 adolescentes que, según las autoridades, se quitaron la vida durante el año pasado en Bucaramanga.

Ciertos jóvenes, cuando no ven opciones en sus vidas, solo requieren de cualquier momento difícil para tomar la cruda decisión de suicidarse.

El tema es aterrador y no podemos darle la espalda.

Los expertos sostienen en decir que las causas que llevan a alguien a tomar la fatal salida del suicidio están ‘por dentro y por fuera’. Hay vacíos internos y también el entorno influye.

Desde mi visión, siento que todo esto se da, entre otras cosas, porque hay una especie de ‘carencia de todo’. Por ejemplo, los hijos ya no están casi con sus papás porque les toca trabajar; hay apuros económicos e incluso a los jóvenes les toca rebuscárselas. Además ellos son presas fáciles de las desilusiones en los asuntos afectivos.

Ni en los hogares, ni en los colegios ni entre los mismos clubes de amigos hemos aprendido a detallar el comportamiento de un muchacho con este tipo de problemas.

Entre las cartas que recibo a diario en mi buzón espiritual leo casos de jóvenes que no le encuentran sentido a lo que están viviendo y no ven un claro horizonte de posibilidades.

Ellos hoy hacen afanosamente sus cosas, no disfrutan el hecho de vivir y creen que todo está perdido.

Tal vez en el seno de sus hogares no han sido preparados para aceptarse tal y como ellos son, ni para asumir los obstáculos como parte natural de la existencia.

Además hay que agregar que mantienen un diálogo mínimo con sus padres sobre la manera como están llevando sus mundos.

Total: Atraviesan por una especie de ‘desánimo’ que les está dejando graves huellas.

Padres, abuelos, tíos, profesores y ciudadanía en general: ¡Encendamos las alarmas! Los momentos de la vida en que la depresión es más fuerte van desde los 15 hasta los 19 años; y en el adulto joven entre los 25 y los 29.

La situación es más preocupante si se tiene en cuenta que por cada suicidio en un menor de edad, hay entre ocho o doce que lo han intentado. ¡Tenaz!

Debemos recurrir al diálogo sincero para conocer el mundo de nuestros jóvenes y para apoyarlos.

Conversemos más con nuestros hijos, no para fiscalizarlos, sino para saber en detalle sus comportamientos y las motivaciones que tienen.

No los obliguemos a nada; es mejor comunicarnos permanentemente con ellos, entablando una relación de confianza. El contacto ameno, honesto y seguro son garantías de calidad de vida. ¡Créame que escuchándolos se disminuyen sus episodios depresivos!

Ojo: De pronto nuestros familiares jóvenes deberían buscar una persona de confianza para que los ayude a superar el drama que los ha llevado a deprimirse. Si es así, ayudémosles a buscar ayuda profesional. ¡Por favor, prestémosles más atención!

Una de esas cartas que me llegan

Testimonio: “Mi vida es una ridícula rutina. No le encuentro sentido a lo que hago y con el pasar del tiempo me hundo más en mi tedio. No paso por problemas económicos; sin embargo, no logro conectarme con los planes de mi existencia. No me tengo confianza y es obvio que no estoy mirando mi mundo con un claro horizonte. Todo esto me tiene demasiado angustiado. ¿Qué hago con mi vida? Quiero su consejo”.

Respuesta: Pienso que se encuentra en un momento en el que debe decidir qué paso definitivo debe dar para despercudirse de ese letargo.

Aunque suene como ‘cliché’, recuerde que todos tenemos un propósito en la vida y, en su caso, debe encontrarle ya ese sentido a su existencia.

No se angustie por el hecho de no haber identificado su misión. A muchos nos ha pasado; es más, hay quienes después de viejos ni siquiera saben cuál es la tarea que deben cumplir.

Eso sí, permítame darle una pista: La vida es amor y todo lo que haga deberá estar condimentado con ese ingrediente. ¿Sabe algo? En lo más profundo de su alma yace una energía que, si recurre a ella, lo impulsará y lo motivará a seguir adelante.

Creo que ha estado un tanto distraído. Analice de una manera detenida la situación por la que atraviesa, entre otras cosas, para que establezca su prioridad y pueda concentrarse en lo fundamental.

Le estoy planteando que camine hacia usted mismo.

Dedíquese a conocerse con amor y aceptación. Permítase ser el mejor explorador de su mundo, sin olvidar que necesita de al menos una dosis de autoconfianza.

No tenga prisa ni se afane más de la cuenta. Las respuestas emergen de la tranquilidad y de la serenidad.

Crea mucho en su intuición, ella pesa y de alguna forma podrá orientarlo.

Le planteo algo: en lugar de preguntarse ¿Qué hago con mi vida? pregúntese ¿Cómo podría contribuir a ser una mejor persona y ser feliz?

Piense en esas cosas que en determinado momento le permiten estar en paz con usted mismo. Comparta nuevas experiencias, viaje, ame de verdad, agradézcale a Dios por la vida, decida echar de su agenda la rutina y siempre tenga claro que la clave está en el camino, no en la meta.

Debe trasformar los problemas que la vida le trae en oportunidades para crecer. Arriésguese de una manera prudente, salga de esa zona de confort y tenga en cuenta que hay mucho más allá de la simple rutina. Nunca es tarde para empezar a caminar hacia un nuevo destino.

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