jueves 27 de junio de 2019 - 12:00 AM

¿Quién no ha tenido un día gris?

Lo grave no es estar triste porque nos levantamos con el pie izquierdo; lo realmente preocupante es quedarse en ese estado y no ponerle el ‘pecho a la brisa’. Un mal día se neutraliza con una sana actitud y con una dosis de motivación y fe.
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Muchas personas, incluso aquellas que hacen gala de un gran dominio emocional, suelen tener malos días. También ellas, por más que conozcan de técnicas de relajación o que hayan leído miles de textos de superación personal, no logran eliminar de tajo esos bajones anímicos.

La verdad es que todos tenemos días grises, la diferencia radica en la actitud que cada quien asuma ante ellos.

A mí también suele pasarme. Le confieso que paso por ese tipo de situaciones opacas más veces de las que usted podría imaginar.

No obstante, tras cada descalabro en mi entusiasmo. evito deprimirme y en cambio decido sonreír.

¿Cómo puede uno asumir un semblante ameno cuando está con el agua hasta al cuelo?

Pues de entrada hay que entender que se tiene que lidiar con esa mala vibra que se cierne sobre nosotros.

Por eso creo conveniente diseñar estrategias que disipen la tristeza y de alguna forma logren que los problemas nos afecten lo menos posible.

Usted me preguntará: ¿Acaso la idea es tapar el sol con las manos y esquivar las difíciles situaciones por las que atravesamos?

¡No, de eso no se trata!

Siempre he creído que de los momentos más difíciles siempre se extraen los mejores aprendizajes.

Usted debe convertir las cosas en contra a su favor y, en ese orden de ideas, tiene que aprender a transformar el mal día que tuvo para convertirlo en uno muy bueno. ¡Es eso o deprimirse!

Hay una cosa cierta: Ni a usted ni a mí ni a nadie nos gusta estar tristes o deprimidos. No hay nada más aburridor que hacer algún trabajo abrumado o molesto, sobre todo cuando sentimos que las cosas van mal.

Lo primero que debemos hacer, después de aceptar ese estado, es tratar de menguar la situación.

¿Cómo? Cambie el enfoque, deje de pensar en lo malo que está ocurriendo, haga algo en pro de usted o de alguien más; en fin... debe tratar de reconciliarse con el día.

Obvio que para hacer todo esto debe ponerle el pecho a la brisa. Es decir, si hay que pedir disculpas a alguien, hágalo; si es preciso recomenzar, pues dé ese primer paso más allá de que sea tortuoso; y, en la medida de lo posible, aprenda a llevar la carga con la menor culpa posible.

¿Sabe algo? La tormenta pasará y una vez vuelva a salir el sol, ni usted ni nadie más recordará ese día gris; es más, es probable que ni siquiera recuerde cómo se las arregló para sobrevivir en ese momento.

¡Borrón y cuenta nueva!

Eso sí, tenga presente que cuando pase esa nube gris usted no será la misma persona, porque la borrasca se habrá cargado con ella toda la basura de ese día.

Otro consejo que le debo dar es que no se ponga a pelear con Dios cuando el día no se le vea tan bonito como lo esperaba; Él no tiene la culpa de lo que le pasa. Es mejor poner las cosas en sus manos.

A pesar del momento difícil, estoy seguro de que la Bendición del Altísimo le permitirá superar la tribulación en un santiamén.

Finalmente quisiera transcribir una oración que yo suelo leer y que puede ser un bálsamo para estos días. La plegaria podría sentarle bien si atraviesa por un momento difícil.

Ella dice así: “Señor, aunque no entiendo lo que estoy viviendo, quiero decirle que me alegraré y me gozaré este día. Y esperaré con fe su Santa Bendición. Amén”.

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