martes 03 de septiembre de 2019 - 12:00 AM

Si cometimos un error,

Debemos aceptar que somos humanos y que podemos equivocarnos. Lo que vuelve dañina la equivocación no es el falta en sí, sino la incapacidad de repararla.

Usted, yo y en general muchos solemos sentirnos culpables por algunas equivocaciones que cometemos y vivimos ‘achantados’ todo el tiempo.

Si bien debemos enmendar o asumir las consecuencias por lo que haya pasado, no deberíamos recriminarnos a toda hora.

No lo digo porque pretenda invitarlos a ser unos ‘frescos’ e irresponsables, sino porque deberíamos comprender que la culpa es una de las emociones más paralizantes que existen.

Si bien el sentirnos culpables por algún error nos conmina a recomponer el camino, ese pesado cargo de conciencia nos hace tanto daño que a veces caemos en el abatimiento.

Conozco personas que ante faltas cometidas no han sido capaces de salir de esos estados de tristeza, entre otras cosas, porque se la pasan pensando en lo que sucedió, en lo que debieron hacer o en lo que dejaron de hacer.

Mientras más pensamos en nuestras faltas más culpables nos sentimos, pero usualmente seguimos sin hacer nada al respecto.

No me gusta la culpa porque es una ladrona de la tranquilidad, del presente y de nuestra serenidad emocional.

¿Qué hacer?

Es preciso comprender que el tiempo nunca retrocede y el curso de los acontecimientos no es modificable. El ayer no se puede cambiar, pero el hoy sí está en nuestras manos dirigirlo.

Si no hacemos algo adecuado para sacar de nuestro pecho los remordimientos, podríamos seguir inmovilizados y sentirnos cada vez peor.

Liberémonos de esos sentimientos de culpabilidad que hemos venido acumulando desde hace mucho tiempo. ¡Necesitamos serenidad para actuar!

Es fundamental aprovechar nuestras energías, no para llorar sino para inspirarnos en soluciones a cada una de esas faltas cometidas y darles tonos esperanzadores.

En ese orden de ideas es clave un momento de silencio para poder reencontrarnos con nosotros mismos y analizar cuál es la ruta para salir adelante con la mayor dignidad posible.

Lo anterior sugiere que encontremos espacios y tiempos para la meditación y para la interiorización.

La idea es que descubramos la verdadera razón de esa culpa que nos invade y que paraliza nuestra capacidad para actuar.

Es algo así como buscar en nuestra alma la luz y la ayuda superior que necesitamos para perdonarnos a nosotros mismos y retroalimentar la vida.

Es fundamental identificar las razones que nos causan esa culpabilidad y averiguar si son generadas por nosotros o nos son ajenas. Esto último lo digo porque, con cierta frecuencia ni siquiera tenemos ningún tipo de responsabilidad.

Obvio que es clave poner en orden nuestros pensamientos. Y en esto será fundamental ser honestos y analizar lo sucedido de una manera objetiva.

Si le hemos fallado a alguien, vale la pena que dialoguemos ampliamente con la persona afectada y hagamos las paces, sanando aquellas heridas que hayamos causado. No hacerlo es erróneo, porque acumularíamos más tensiones.

Ahora bien, jamás carguemos con el peso de la responsabilidad por otros ni tampoco nos humillemos eternamente ante nuestro dolor.

Saquemos nuestros sentimientos encontrados y nuestras dudas para encontrar la vía que nos permitirá recuperar la tranquilidad emocional y dejar de sentirnos culpables por todo.

Si actuamos con sinceridad y corazón generoso, podremos aclarar las cosas y esto será un paso decisivo en nuestra vida.

Los invito a dejar atrás aquellas situaciones que nos hacen sentir culpables y a que mantengamos nuestra mente y nuestro corazón en calma y en paz.

EL CASO DE HOY

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian hoy? Hábleme de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíeme su testimonio al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, yo mismo le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio:

“Trabajo en promedio 14 horas al día en la oficina. Tengo 48 años y quiero crecer laboralmente. ¡No me va mal en el tema económico! Sin embargo, las quejas de mis hijos y de mi esposa, con sus cantaletas, no se han hecho esperar. Me reclaman por el poco tiempo que paso con ellos y porque no asisto a eventos sociales. También he empezado a dormir menos. No sé si deba bajar la guardia, pero la verdad es que me metí en una gran inversión y no puedo dejar mi proyecto a la deriva. ¿Qué consejo me daría para no sentirme mal y no descuidar mi empresa? Le agradezco su colaboración”.

Respuesta:

No crea que las 'cantaletas' de su mujer, como usted mismo califica sus quejas, son injustificadas. ¡Mucho cuidado! Por lo que percibo usted hace parte de esa clase de personas que se han multiplicado en nuestro medio: la de las adictas al trabajo.

Si bien no se puede hablar de que por actuar así padezca una enfermedad, su caso requiere de una debida atención.

Por supuesto que el trabajo es una bendición del cielo, más en tiempos como los actuales en nuestro país. Pero de ahí a hacer la vida en torno únicamente a esta actividad, hay un riesgo muy grande.

No puede sacrificar su relación de pareja, ni sus hijos, ni su vida social. No aborte todas las demás cosas que puede haber en la vida y que hacen parte de su cotidianidad.

Ojo con lo que podría sufrir si no se da un tiempo para tener calidad de vida: hablo de agotamiento, depresión e insomnio; de hecho en su carta leo que en las últimas semanas ya no concilia bien el sueño.

El estrés y la falta de descanso le pueden estar pasando sus propias cuentas de cobro.

La actividad laboral excesiva puede causar problemas cardiovasculares y deterioros en las funciones cognitivas y físicas, las cuales comienzan con el referido estrés y el insomnio.

Podría también comenzar a sufrir crisis nerviosas y, en el peor de los casos, sentir que su vida no tiene sentido.

¡Encienda las alarmas!

Por estar tan atrapado en su trabajo ha dejado de vivir cosas importantes, conocer otras

actividades y relacionarse mejor con su familia.

No le estoy pidiendo que deje su trabajo o su proyecto laboral. Sepa dedicarle el tiempo necesario, pero no más.

Le solicito una gota de equilibrio. Le recomiendo hacer actividades de sano esparcimiento, compartir más en casa y llenarse de serenidad. Pero sobre todo, la mayor de las recomendaciones es aprender a vivir con calidad.

REFLEXIONES SUELTAS

¡Tome aire!

Tenga calma y respire. Deje el afán. La vida es como el alimento; el provecho no está en proporción de lo que se come, sino de lo que se digiere.

Aprendamos de ellos

Los niños no tienen pasado ni futuro; por eso gozan del presente.

¡Viva ya!

El esfuerzo por estar vivo debe ser de toda una vida y no debe darse en el último suspiro.

Deudas

Las deudas del alma no se pagan en un confesionario, pero ponen freno para no endeudarse más.

Adiós al abatimiento

La depresión es una batalla iniciada por la mente, solo viviendo

logramos vencerla.

Sería ideal

El dinero no debiera marcar diferencias entre los hombres.

¡Libérese!

El yo debe ser el conductor y no el carro, en esto se basa la liberación espiritual.

Dedicado a cierto ‘pastor’

El menosprecio no es gratis, se gana gracias a nuestras ofensas. ¡Trate bien a la gente!

Nuevos trayectos

Cambiando de camino se conocen nuevos paisajes.

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